Dignidad de los no aceptados

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Opinión
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Ellos y ellas son los que pasan.

No se quedan. Recorren un largo camino. Vienen de lejos. Algunos se desprenden de los que aman con la esperanza de ayudarlos. Otros buscan reunirse con los que un día se fueron. Sufren asaltos, privaciones, rechazos en el avance lleno de riesgos.

Algunos los tratan bien. Les proporcionan albergue, descanso, seguridad, trato humano, alimentación y abrigopara que sigan adelante. Ellos y ellas van soñando en la utopía del libre tránsito. Saben que se van a encontrar con un muro, con una vigilancia armada. Con una tecnología de acuciosa inspección, con aguas traicioneras y contaminadas ahora, con un coyotaje que los deja despojados y abandonados, con la dureza de un clima que los congela en la noche y los tuesta en el día. Saben que pueden toparse con serpientes y francotiradores y que la migra puede atraparlos.

La carencia de papeles les da en el país vecino la condición de delincuentes. Han sido esposados, aislados y después deportados en número creciente a sus países de origen. Es un rebote repetido para muchos, en intentos sucesivos de poder quedarse y trabajar allá. Van para que no los dejen pasar y los devuelvan. Las leyes migratorias actuales son drásticas y excluyentes y las fronteras se han vuelto cada vez más impenetrables.

Las familias han quedado separadas. Es una situación de lesa humanidad cuya solución ha sido aplazada allá por los legisladores republicanos. Se da prioridad a otra problemáticas internas.  Siguen esperando acuerdos y aceptación las amnistías para los que ya están allá. Y el ingreso documentado de trabajadores temporales.

Seguirán las oleadas humanas de estos países que huyen de sí mismos para encontrarse con puertas cerradas y muros de contención. La solución se relaciona con la dignidad humana y los derechos que la acompañan.

Una oferta de empleo en trabajos necesarios a los países emergentes en próxima vecindad, con visas controladas de trabajo temporal y justa remuneración, con trato digno, evitaría la violencia institucionalizada, tan poco inteligente, que hoy permanece.

Ellos y ellas son los que pasan. Se desesperan y empiezan a caminar. No hay hospitalidad jurídica que los reciba allá. Es como una navegación hacia un puerto en que no se puede desembarcar. Algunos lograrán pasar y quedarse, muchos serán apresados y deportados. Mientras no caigan los muros y se abran las leyes es imprescindible que, en el trayecto, se les reconozca su dignidad humana y se respeten sus derechos básicos Eso acaba de suceder en Saltillo con responsabilidad del régimen y solidaridad pastoral de la comunidad eclesial




El autor de Claraboya, quien ha escrito para Vanguardia desde hace más de 25 años, intenta apegarse a la definición de esa palabra para tratar de ser una luz que se filtra en los asuntos diarios de la comunidad local, nacional y del mundo. Escrita por Luferni, que no es un seudónimo sino un acróstico, esta colaboración forma ya parte del sello y estilo de este medio de comunicación.

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