Vicente Leñero: In Memoriam

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Opinión
/ 4 diciembre 2014

Desde la publicación de aquella Serie del Volador de la antigua y queridísima editorial Joaquín Mortiz, data mi conocimiento de la adaptación teatral de “Los albañiles”, de Vicente Leñero (1933-2014), quien había escrito una novela homónima poco tiempo atrás(1963). Lo mismo en esta obra que en muchas otras, Leñero revela que es un católico ferviente, uno un tanto angustiado por los caminos que la Iglesia ha recorrido desde hace unas décadas.

Para muchos de nosotros hablar de Vicente Leñero es hablar de un escritor de obligada referencia, por distintas razones. Mi caso es extraño: mi relación con él como lector-autor siempre fue ambigua. Lo admiré por ser un hombre de trabajo y de disciplina, pero su modestia me pareció siempre tan excesiva que por momentos, suponía, rayaba en alguna forma de la soberbia. Si fue así, ya no podré saberlo.

En la época de “Los albañiles” andaba en la adolescente aventura del teatro. El director que montó esta obra era (¿es?) de un marxismo recalcitrante y se suponía que esta obra de Leñero era en extremo “comprometida”. Poco después se montaría “Pueblo rechazado” (1968), una obra que exploraba la aplicación del psicoanálisis entre los frailes de un convento… Leñero continuaba con su preocupación religiosa, como de hecho lo haría el resto de su vida.

Periodista, narrador, dramaturgo, guionista de cine, el autor de “Estudio Q” (1965) mantuvo un estilo inconfundible a lo largo de su obra, aunque trataba de explorar formas “nuevas” que nunca estuvieron en concordancia con lo que las circunstancias demandaban. Escribió esta novela entre metafísica y teológica en un momento en que el mercado empezaba a requerir más de “realismo mágico” que de este tipo de quimeras, según él mismo dijo. Así sucedió casi siempre: nunca dio en el clavo, pero siempre fue un escritor certero.

Asocio su trabajo con el de Jorge Ibargüengoitia y el de Ricardo Garibay, a pesar de que son autores tan diferentes. Los tres, sin embargo, ejercieron el periodismo y los tres se las vieron con la narración de una historia a través del diálogo, ya se tratara de cine o de teatro. Hasta aquí las similitudes: Garibay era de una acidez adictiva; Ibargüengoitia, de un humor hosco y tierno al mismo tiempo. Leñero es intermitente: aparece y desaparece como autor, está y no está… aunque siempre está.

Lo vi una vez en una de las muestras de teatro, ¿en Xalapa? Fue una noche en la que se representaría “El jinete de la Divina Providencia”, del sinaloense Óscar Liera, si la memoria no me traiciona. Iba tocado con una bonita gorra de ferrocarrilero color gris claro y lo rodeaba un grupo de personas, de ésas que organizaban la muestra. Sonreía cordialmente y saludaba a unos y a otros. ¿Se presentaría “La mudanza” en esa edición? No lo recuerdo, pero recuerdo que esa vez él era un invitado especial y su “Teatro completo” –en dos volúmenes- se vendía en un stand colocado en el vestíbulo de aquel teatro.

Años después, algunas películas exitosas escritas por él, otras novelas, otras obras teatrales y su idea del “teatro-documento” o “teatro testimonial”, que es una suerte de extensión de su vocación y de su trabajo como periodista. En cierto sentido, este “teatro-documento” resulta algo muy cercano de lo que Brecht llama “teatro épico”, es decir, teatro que quiere hablar a las masas desde una perspectiva denunciante e ideológica. Por ideológica hay que entender “democrática”, no necesariamente “socialista”.

Abrí muchas veces los dos volúmenes de “Vivir del teatro” (1982, 1990), donde cuenta las peripecias que lo embarcaban en la escritura y el montaje de una u otra obra dramática. Recorro ahora, una vez más, estas memorias teatrales: ahí está Vicente Leñero trabajando duramente en la construcción de un texto, luchando por llevarlo al escenario, en pleno estira y afloja ante Adam Guevara, Luis de Tavira o cualquier otro director. Ahí está no el orfebre ni el estilista, sino el artesano, el albañil del lenguaje y de la ingeniería literaria.

Creo que es en “Vivir del teatro” donde afirma que él es “un escritor sin imaginación”, por eso debe circunscribirse a lo que la vida y la realidad le ofrecen. ¿Se puede ser un escritor sin imaginación? Sí, Leñero lo fue, pero también fue un artista que supo hacer de su trabajo con la realidad una manera de enfrentarla, de enriquecerla, de mejorarla. Nadie sabe qué permanecerá de su obra. Sé que, al margen de las opiniones que hoy puedan mantenerse en torno de ella, lo que sobrevive es la voluntad de trabajo y el empeño incansable de un escribidor a prueba de indolencia y de sobornos de cualquier índole.







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