A un siglo de distancia, las asignaturas pendientes para la mujer

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Las actividades en las que incide la mujer hoy en día nos hablan de una importante transformación habida, aunque lentamente, a lo largo de las décadas. Nadie se sorprende ya de encontrarse, en la vida cotidiana, mujeres a cargo de un vehículo, taxi, camión, tráiler o jeep. Nadie, tampoco, si la ve ocupando puestos directivos, en las organizaciones públicas y privadas generalmente antes negados para ellas o asumiendo responsabilidades como cabezas de familia.
Sin embargo, persiste, aun pasadas tantas vicisitudes, una atmósfera que la oculta o la calla; aun siendo figuras públicas conocidas. Un ejemplo reciente de ello lo mostró la cantante Alicia Villarreal cuando al final de un concierto hizo con su mano la señal de auxilio.
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En las primeras décadas del siglo XX, se gestó la libertad femenina luego de que la Primera Guerra Mundial se llevara a los hombres al campo de batalla, y algunas mujeres hubieran de ir a él asistiendo en labores de estrategias y de enfermería, y muchas más se quedaran al frente de los hogares.
Dejaban atrás la época victoriana que les obligaba a asumir roles limitados por su condición de mujer: se subieron la falda que hasta hacía muy poco tiempo les llegaba a los tobillos, se cortaron el cabello y asumieron una nueva forma de ser mujeres.
Virginia Woolf, al referirse a la mujer y la literatura, cuenta que iba por la calle reflexionando en ello y se encontró con las escenas de todos los días: “El pintor bajaba de su escalera; la niñera empujaba con cuidado un cochecito de vuelta a casa para dar la merienda a los niños; el carbonero doblaba y apilaba los sacos vacíos, la mujer que regenta la verdulería sumaba las ganancias del día con las manos enfundadas en unos mitones rojos”.
Pensaba Virginia en cuál de estas ocupaciones sería “la más elevada, la más necesaria. ¿La del carbonero, la de la niñera? ¿Es menos útil al mundo la mujer de la limpieza que ha criado ocho hijos que el abogado que ha ganado cien libras?”. Difícil cuestión, concluía la escritora. No era posible responderla, pero se aventuraba a decir que, pese a no tasarse la importancia de una y otra actividad, las cosas podrían cambiar por completo en un siglo.
“De aquí a cien años, pensé, llegando ya a la puerta de mi casa las mujeres habrán dejado de ser el sexo protegido. Participarán lógicamente en todas las actividades que en otro tiempo les negaron. La niñera será carbonera. La verdulera conducirá una máquina (...) Eliminemos esa protección, expongámoslas a los mismos esfuerzos y las mismas actividades, convirtámoslas en soldados, en marinos, en maquinistas y en trabajadoras portuarias (...).
Y sí, todo lo que anticipaba Virginia Woolf se cumplió puntualmente. Pero aún falta, en el camino de la igualdad, derechos que siguen sin cumplirse en la figura femenina. Cuando la mujer levanta la voz, sigue pendiente ser escuchada.
La misoginia generalizada impulsa a su grito aún más alto. Escucharla sigue siendo una asignatura pendiente. El derecho a ser escuchada. A veces se cae en la cuenta de las cosas, con una frase, una expresión. En ello reflexioné luego de haber escuchado la interesante presentación y lectura de atril del libro “Nubecita”, de Nora Coss, en el Recinto Cultural Universitario Aurora Morales, de la Universidad Autónoma de Coahuila.
En parte de su exposición, la autora señaló el hecho de que todavía, en pleno siglo XXI, sea posible que estando en una mesa, la voz de una mujer sea acallada. Este hecho alcanza a la generalidad de las mujeres en muy diferentes ámbitos, que no son exclusivos del hogar. Ya en el hogar resultan despreciables en sí mismos.
Luchar todos los días en contra de la incomprensible y despreciable misoginia es el deber de la sociedad contemporánea para hacer de esta el mejor lugar habitable, en el que todos, sin distinción de género y orientación sexual, tengan perfecta cabida.