Adán Augusto, ¿un paria dentro de Morena?
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La separación de la coordinación, que quedó fuera del alcance del manto de protección que le había extendido López Obrador, es un mensaje hacia el interior de Morena, donde el recálculo es que el rumbo no irá de más a menos
El futuro de Adán Augusto López es menos claro de lo que se ve. El senador ha perdido prominencia de manera acelerada y, aunque menos rápido, también fuerza política. No es lo que piensan varios de sus cercanos, pero es una realidad que tendrán que aceptar. Su renuncia como coordinador de la bancada de Morena en el Senado reflejó que ese cargo, que sostenía con el respaldo de Andrés Manuel López Obrador, había perdido tracción. En los últimos viajes del expresidente a la Ciudad de México, cada vez más frecuentes, ya no hubo peticiones para mantenerlo en el cargo.
López Hernández se había vuelto un foco de tensión con Estados Unidos en los últimos meses, por lo que se percibía una protección para garantizarle impunidad. El principal señalamiento era su relación con el crimen organizado, cuyas pruebas, solicitadas por México, no se las quisieron dar. Hubo la intención de enviarlo como embajador a Europa, pero tres países a los que se les pidió el beneplácito, de acuerdo con fuentes estadounidenses, lo rechazaron por omisión; es decir, nunca respondieron a la solicitud.
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Estados Unidos quisiera que rindiera cuentas ante la justicia, cuando menos ante la mexicana, lo cual tendrá que esperar, en el mejor de los casos, un tiempo. Lo que sí sucedió es lo mínimo que planteó el secretario de Estado, Marco Rubio, en su reunión con la presidenta Claudia Sheinbaum el año pasado: que saliera de la coordinación de Morena en el Senado. Un pequeño paso que parecía simbólico, pues no dejó la senaduría, ni el fuero. Sin embargo, a 18 días de renunciar, las señales están mostrando que no se trató de un acto lampedusiano.
Su equipo empezó a entregar al nuevo coordinador, Ignacio Mier, la administración y los puestos políticos controlados por López Hernández, que alimentaba una partida presupuestal discrecional que incluía su control sobre casi 2 mil millones de pesos anuales. La próxima semana se espera que entreguen las auditorías sobre su gestión y que la transferencia del poder concluya para finales de mes. En ese momento quedará en el limbo.
López Hernández está comenzando a darse cuenta de que los apoyos que tenía hasta hace poco se han ido evaporando. No pensaban algunos de sus cercanos que iban a restarle poder y que comenzarían a separarlo del núcleo central del régimen, como en principio habían planteado diplomáticos estadounidenses a la presidenta Sheinbaum. Su insolencia no lo ayudaba, ni la prepotencia de su red financiera que pensaba que seguirían los negocios como siempre, y que los respaldos de su grupo le permitirían seguir operando intereses ajenos a Palacio Nacional. Pero esa papa era demasiado caliente.
El senador no lo había calculado. Tampoco vio que se había vuelto tóxico, al alinearse el objetivo de Sheinbaum de controlar la bancada de Morena en el Senado con la creciente molestia de los estadounidenses. La decisión de moverlo de la coordinación se dio unos 15 días antes de que se oficializara, y la de suplirlo con Ignacio Mier, en las vísperas. Mier fue convocado a la Presidencia para hablar con Sheinbaum, quien le propuso la coordinación.
Aunque muy amigo de López Hernández, Mier es considerado institucional, por lo que pensaban que no iría a las contras de la Presidenta. Una primera prueba fue que hablara con el senador Gerardo Fernández Noroña para que dejara de hablar sobre la política exterior mexicana, que estaba afectando el delicado equilibrio con Estados Unidos. Varias peticiones a López Hernández para que controlara la incontinencia verbal de Fernández Noroña fueron desoídas. Y ahora, desde que Palacio Nacional pidió la intervención de Mier, el senador ha cerrado su boca.
López Hernández recibió, como aterrizaje de su salida de la coordinación, el ofrecimiento de ser el responsable de la operación electoral en la Cuarta Circunscripción, que abarca la Ciudad de México, Guerrero, Morelos, Puebla y Tlaxcala, donde se resuelve la parte nodal de las plurinominales, pero sin autorización ni permiso de ningún tipo dijo que haría trabajo político en otros estados, principalmente en Chihuahua, para impulsar la candidatura al gobierno de la senadora Andrea Chávez, que ha estado muy cerca de su proyecto. Su lance le produjo mayor animadversión interna.
El factor estadounidense fue últimamente lo que provocó la salida del senador de la coordinación, cuyas acciones en Venezuela y Cuba hicieron ver al ala dura del obradorismo que lo único predecible del presidente Donald Trump era su impredecibilidad. La salida de López Hernández fue el equivalente para los puros del régimen como un recorte de pérdidas. Para la Presidenta fue una decisión positiva al enviar la señal a Washington de que el statu quo vigente se había trastocado, estableciendo una nueva incertidumbre para políticos con el perfil del senador.
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La separación de la coordinación, que quedó fuera del alcance del manto de protección que le había extendido López Obrador, es un mensaje hacia el interior de Morena, donde el recálculo es que el rumbo no irá de más a menos. Sin embargo, López Hernández es una pieza muy importante del engranaje morenista: sabe mucho porque tiene mucha información.
Según las investigaciones de las agencias de inteligencia y policiales estadounidenses, es un pivote en las relaciones criminales que se construyeron durante el gobierno de López Obrador, por lo que tampoco se ve probable que se abra una investigación en su contra o que cuando menos se incluya, para efectos de deslinde de responsabilidades, en la carpeta de investigación de su exsecretario de Seguridad en Tabasco, cuando fue gobernador, Hernán Bermúdez Requena, fundador del grupo delincuencial “La Barredora”. Paradójicamente, fue este caso lo que cambió su vida en el Senado, porque fue advertido que su viejo colaborador, de acuerdo con información que le había compartido Estados Unidos al gobierno mexicano, estaba negociando con sus fiscales ser testigo colaborador del Departamento de Justicia.
Una de las mayores reticencias a quitar apoyo a los líderes de Morena era que, si llegara a caer uno, los demás vendrían en racimo. Con López Hernández hubo un cortafuego: el fuero constitucional. No será el primero de muchos, pero sí el primero en donde se probará la resistencia de Palacio Nacional para evitar procesos legales contra figuras del régimen, contra la voluntad política en Washington para decidir que unilateralmente irán por ellos.