Andy López Beltrán: El apellido no basta
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Su irrupción política no ocurre al margen del legado de López Obrador, sino dentro de ese legado. Y eso cambia la naturaleza del escrutinio al que debe someterse.
Andrés Manuel López Beltrán tiene derecho a aspirar a un cargo de elección popular. Tiene derecho a militar en Morena, a recorrer Tabasco, a buscar una candidatura y, llegado el momento, a pedir el voto. No está descalificado por ser hijo de quien es hijo. La democracia no puede descansar en la idea de que los hijos deben pagar o responder por los padres. Tampoco en el prejuicio automático de que todo apellido conocido invalida una vocación pública.
Pero reconocer ese derecho no obliga a suspender el juicio crítico.
Porque López Beltrán no entra a la política como un ciudadano cualquiera. No llega solo con su historia personal, sus ideas o sus méritos. Llega con el apellido más poderoso de la historia política reciente de México. Llega como hijo del fundador de Morena, del expresidente que reordenó la vida pública del país y que todavía ejerce una influencia extraordinaria sobre su movimiento. Llega, además, hablando abiertamente de la felicidad de su padre ante el comienzo de su carrera electoral.
Es decir: su irrupción política no ocurre al margen del legado de López Obrador, sino dentro de ese legado. Y eso cambia la naturaleza del escrutinio al que debe someterse.
Por eso preocupa que una de sus primeras decisiones públicas sea recurrir al libreto familiar contra la prensa crítica. López Beltrán ha dicho que no piensa “legitimar” a medios que, según él, repiten mentiras. Ha dicho que no les va a “lavar la cara” con su presencia y ha sugerido que hablará solamente con los espacios que considere adecuados.
Es una mala señal. No porque un político esté obligado legalmente a conceder entrevistas a todos los medios. Nadie puede forzarlo a sentarse frente a un periodista. Pero los ciudadanos sí pueden y deben leer ese gesto como una declaración de principios: antes de pedir el voto, López Beltrán ya está anunciando qué pregunta acepta y cuál prefiere evitar.
El contraste con su padre es interesante y revelador.
López Obrador siempre fue reacio a presentarse ante medios incómodos, pero aun así lo hizo durante una parte importante de su carrera. Asistió a espacios difíciles. Dio entrevistas largas. Enfrentó cuestionamientos duros. Hay conversaciones suyas memorables e incómodas. Una, con Carlos Loret de Mola, es particularmente notable. También pueden recordarse sus charlas con Ciro Gómez Leyva. Yo mismo tuve oportunidad de entrevistarlo largamente en dos ocasiones, la última en 2017.
López Obrador no buscaba con entusiasmo las mesas de debate, pero no las rechazaba siempre. Debatió famosamente con Diego Fernández de Cevallos. Sabía, al menos en aquella etapa, que quien aspira al poder debe exponerse al choque con el adversario, con el periodista incómodo, con la pregunta que incomoda.
Por desgracia, una vez instalado en la Presidencia, López Obrador no volvió a conceder jamás una verdadera oportunidad de diálogo periodístico uno a uno. La conferencia matutina no cuenta: nunca fue un espacio donde el presidente se sentara frente a un interlocutor independiente, en igualdad de condiciones, dispuesto a responder preguntas sin controlar el escenario, el tiempo y la narrativa.
López Obrador se pertrechó en Palacio Nacional. Construyó una fortaleza discursiva desde la cual respondía, acusaba, premiaba, castigaba, descalificaba y ordenaba el debate público. Y ahora parece que ese repliegue presidencial le ofrece a su hijo el pretexto perfecto para imitarlo.
Pero hay una diferencia fundamental: López Obrador era presidente. López Beltrán no ha ganado una sola elección. Por eso, que comience su carrera electoral rechazando a la prensa crítica revela una concepción patrimonial del poder. No es una buena manera de construir legitimidad propia. Es, más bien, una manera de confirmar las sospechas más obvias: que en las pretensiones dinásticas de la primera familia del régimen no hay ruptura, ni propuesta, ni voluntad de renovación. Hay continuidad pura y dura. Bajo advertencia no hay engaño.