Dos Leones y la misma advertencia: conectar

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Opinión
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El 25 de mayo, el Papa León XIV publicó su primera encíclica. No habló de fe, ni de aborto, ni de migración. Habló de inteligencia artificial. Y escogió ese nombre, León, a propósito: hace 135 años otro León escribió sobre las máquinas que estaban cambiando el trabajo del mundo. La historia, parece, no cambia de tema; solo de máquina.

Aquella encíclica de 1891 nació porque la revolución industrial estaba rehaciendo a las personas sin pedirles permiso: las sacaba del campo, las metía a la fábrica, las convertía en una pieza más del engranaje. León XIII no escribió contra las máquinas. Escribió a favor de las personas que se estaban perdiendo entre ellas. Siglo y cuarto después, León XIV hace lo mismo con otra máquina. Su encíclica no se titula “sobre la inteligencia artificial”: se titula Magnifica Humanitas, sobre la salvaguarda de la persona humana. El sujeto, otra vez, somos nosotras y nosotros.

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Y la advertencia que más me detuvo no es la que esperaba. El Papa no se conformó con decir que la máquina puede pensar por nosotros, eso ya lo sabíamos. Advirtió algo más íntimo: que puede hacernos olvidar cómo estar con las y los demás. Que puede debilitar, sin que lo notemos, eso tan frágil y tan humano que es la relación con la otra persona.

Vale la pena detenerse ahí, porque es contraintuitivo. Vivimos en el mundo más conectado de la historia. Cargamos en el bolsillo la posibilidad de hablar con cualquiera, a cualquier hora, en cualquier idioma. Y sin embargo nunca nos había costado tanto trabajo lo más simple: encontrarnos de verdad con alguien. Tenemos exceso de información y déficit de encuentro. Mil contactos y pocas conversaciones. Estamos, todas y todos, a un clic de distancia, y cada vez más solos.

Aquí la discusión deja de ser tecnológica, o teológica, y se vuelve cívica. Porque una persona no encuentra su propósito ni su identidad a solas frente a una pantalla, por más rápido que ésta le responda. Los encuentra en relación: en quien la saluda en la calle, en la maestra que se queda diez minutos más, en la comunidad que la nombra y la necesita. Primero una se reconoce a sí misma; después se reconoce en las y los demás. Y de ese reconocimiento mutuo nace una palabra que sostiene todo lo demás: confianza.

No es un asunto sentimental. No hay comunidad, ni sociedad, ni país que funcione sin confianza. Bernardo Kliksberg, uno de mis autores favoritos, junto con Robert Putnam, lleva décadas demostrándolo: el capital social, esa red de confianza, reciprocidad y cooperación que se teje entre las personas, es un activo tan real como una carretera o una escuela, y muchas veces más decisivo. Es más: para mí es el único capital que de verdad permite el salto, esa movilidad social que tanto anhelamos. Una niña puede tener talento, ganas y mérito de sobra, pero quien crece sin redes, sin vínculos, sin alguien que la acompañe o le abra una puerta, casi siempre se queda donde empezó. La confianza no es un lujo de sociedades ricas: es lo que vuelve posible que una persona suba. Y eso no se programa: se construye, una relación a la vez.

Por eso hablar hoy de educación cívica no debería ser una opción ni una materia optativa. No es un asunto del futuro: es la respuesta a un cambio de era que ya estamos viviendo, igual que la Rerum Novarum fue la respuesta a la era de las máquinas. Si aquella revolución amenazó con reducir a la persona a su función productiva, ésta amenaza con algo más sutil: reducirla a su pantalla, a su feed, a su soledad bien conectada. Y la defensa no es prohibir la tecnología, sería ingenuo, ni rendirse a ella, eso sería irresponsable. La defensa es formar, desde la infancia, a personas que sepan parar, mirar a los ojos y reconocer a la otra persona como un igual.

Suena pequeño frente a una encíclica entera y a los billones invertidos en máquinas que aprenden. Pero no lo es. Parar un segundo y conectar con quien tenemos enfrente es, probablemente, lo único que le dará sentido a nuestra vida, y a la de nuestras hijas e hijos, y a la de nuestras nietas y nietos. Ninguna máquina, por más afectuosa que suene a las tres de la mañana, puede hacer ese trabajo por nosotros. Puede simularlo. No puede sustituirlo.

Llevo años trabajando esto con niñas y niños, y son ellas y ellos quienes mejor lo entienden, aunque nadie se los haya explicado. No nacen con una pantalla en la mano: no conocen la tablet, ni el celular, ni el algoritmo hasta que se los damos nosotros, las personas adultas. Lo que sí traen, desde el primer día, es la certeza de que no les gusta estar solos. Reconocen la importancia de la otra persona porque la necesitan para jugar, para reír, para no tener miedo. Saben de confianza mucho antes de saber leer. Somos nosotros quienes, con el tiempo y con buena fe, les enseñamos a cambiar el patio por la pantalla.

Así que la pregunta que les dejo no es si la máquina nos va a alcanzar. Nos alcanzó ya. La pregunta es otra: en un mundo que nos ofrece mil maneras de estar conectados y casi ninguna de estar juntos, ¿qué estamos haciendo, hoy, para no olvidar cómo encontrarnos, pero sobre todo y para no enseñarles a las y los más chicos a olvidarlo? Porque de esa confianza, tan vieja como humana, depende algo más grande que nuestra felicidad personal. Depende el tipo de país que podremos construir, juntas y juntos. Más Ciudadanitos, por favor.

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