¡Ay Chihuahua!

Opinión
/ 1 febrero 2022
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Recuerdo prepandemia. Me dirijo al nuevo Centro de Convenciones de Chihuahua a dar una conferencia, y paso por el amplio bulevar que lleva el nombre de José Fuentes Mares. Evoco al gran historiador y polemista chihuahuense, que me invitó a presentar algunos de sus libros. Escribía muy bien Fuentes Mares, pero conversaba mejor. Fue él quien me contó aquel cuento del obispo que fue a visitar un convento de monjas. Al entrar al zaguán se resbaló, y diose al caer un fuerte batacazo.

-¡Perdone usted, señor Obispo! –exclamó consternada la madre superiora-. Es que enceramos el piso con cera virgen.

-¡Carajo! -masculló Su Excelencia levantándose todo dolorido-. ¡Si han encerado con cera puta me habría matado!

El boleto de admisión a mi conferencia cuesta 350 pesos, de los de entonces, no de los de la inflación marca 4T de ahora. ¡No dejaría yo de pagar eso para oírme! Y sin embargo la vasta sala se ha llenado. Entre el público está Patricio Martínez, el exgobernador. Muy poca gente fuera de Chihuahua sabe que Patricio es librero y editor de libros. El mismo Fuentes Mares solía decir que había tres cosas en la ciudad que él no se podía explicar: de qué vivía don Fulano (un señor de la alta sociedad sin oficio conocido); por qué alguien compraba un automóvil de la marca Borgward, y cómo es que que alguien se atrevía a poner una librería en un país de analfabetos. (Repito que eso lo decía Fuentes Mares).

La gente de Chihuahua es generosa. Al terminar mi perorata me despide con un aplauso, puesta en pie. Es temprano; apenas van a dar las 6 de la tarde. Mi presentación se anunció para las 4 de la tarde, horario sobremanera insólito. Cada comunidad tiene sus usos. Una vez, en Ciudad Anáhuac, Nuevo León, debía dar yo una conferencia a las 8 de la noche, en el único cine de la localidad. Dieron las 8 y no había absolutamente nadie en el local, aparte de dos de los organizadores y yo. Me dijo uno de ellos que subiera al escenario y empezara a hablar, pero sin hablar realmente.

-No le entiendo -respondí.

-Sí, licenciado -repitió el anfitrión-. Empiece usted a hablar, pero no diga nada importante hasta que llegue el público.

Yo pensé que aunque llegara el público de cualquier modo no diría nada importante. Comoquiera le pregunté a qué horas llegaría la gente.

-Usted empiece -insistió él.

Así que comencé. El que paga manda. Me sentía muy raro hablando a nadie en aquel galerón vacío. Y no voy a exagerar: en menos de 5 minutos se abarrotó la sala. Me explicaron después los organizadores que en Anáhuac es de mal tono ser los primeros en llegar a un evento, sea boda o sea función pública. La gente envía por delante a la criada, o a algún chamaco, a ver si ya comenzó el acto. Cuando regresan con el aviso de que ya empezó, entonces todos se apresuran al mismo tiempo para llegar a él. Muchas curiosidades como esa he visto en mi peregrinaje por la legua.

Pero vuelvo a Chihuahua. De regreso al hotel cae un diluvio fragoroso que dura desde las 6 de la tarde hasta la una de la mañana. Hacía muchos meses que no llovía en el Estado. Al día siguiente un periódico publicó: “Trae Catón buen humor, profunda reflexión política... y la lluvia”.

Eso me gustó. Pero luego pensé que los chihuahuenses sólo me invitarían de nuevo cuando hubiera otra sequía. Y eso sería mucho esperar para volver a una ciudad a la que siempre anhela uno regresar lo antes posible.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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