Block de Notas (93): Salvador Castañeda merecía funerales de Estado
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Era lagunero de abolengo. Nació en 1946 en Matamoros, Coahuila. Acaba de morir y aquí... nadie lo lee y nadie sabe quién es
Como siempre, y es ya un mantra en su servidor, nobleza obliga: gracias de corazón, palabra y pensamiento por leerme y atender estas letras e ideas. Muchas ollas en la lumbre, ¿y por dónde iniciar? Cuando he tenido cursos de periodismo en toda la República Mexicana, o carreras o seminarios (bueno, cuando fui joven), una de las aristas destacadas (todas son destacadas e importantes) era priorizar la información y, claro, en la edición de los diarios hacerla resaltar por la importancia de la misma.
No pocas veces, en este generoso espacio libre de VANGUARDIA, le he hablado recurrentemente de lo importante. ¿Qué es lo realmente importante y en lo cual poner acento? Todo mundo tendrá sus prioridades, pero para mí lo importante siguen siendo los mismos temas, los cuales son recurrentes en su servidor: la migración brutal de sureños, los cuales son completamente diferentes a los norteños. Los suicidas a pasto, los bellacos motonetos, los accidentes de tránsito y sus dolorosas muertes y un elevado porcentaje por la bestial ingesta de alcohol; la nula formación y lectura en las generaciones de jóvenes... y todo tiene que ver con todo. Duele lo siguiente, pero lea, por favor.
Es difícil habitar el desierto. Sólo se escucha el reptar de las víboras, el silbido del viento en los yerbajos y el crepitar de los insectos. El desierto tiene su encanto, sin duda, pero es tan difícil, feroz y hostil. Lo cual obliga a lo siguiente: lo más sano no es modificarlo ni ponérsele uno a uno, no; lo mejor es ser su amigo, entenderlo y comprenderlo.
Pero para mi desgracia, no veo quién lo haga. Pocos lo hacen. Habitamos el desierto, pero Saltillo en particular y Coahuila en general son una ínsula. Hay Internet, pero no formación. Es como aquella vieja metáfora del entrañable y malévolo personaje de “Pinocho”, de Carlo Collodi. Como era de madera y no tenía sentimientos, mientras se le quemaban los pies o las manos, éste, en su cabeza, no sentía absolutamente nada. ¿Se le quemaba su nariz? Las manos o la cintura no acusaban recibo de ello.
Y lo anterior y no otra cosa es el resabio de amargura, dolor e impotencia, lo cual siento al momento de redactar estas torpes y dolorosas líneas. El 1 de abril murió el gran escritor y ser humano admirable, Salvador Castañeda (1946-2026). Intelectual él, pero también aguerrido político y luego guerrillero, el cual estuvo preso –creo recordar, en Lecumberri– de 1971 a 1978. Estudió Agronomía en la ex Unión Soviética. Regresó y se unió a las Juventudes Comunistas. Pero luego se decantó por lo fuerte y duro, cuando la vida en México era fuerte y harto ruda: se enroló en el Movimiento Armado Revolucionario.
Salvador Castañeda era de roca y granito: un ser humano entero, un intelectual de primera línea. Lo conocí en la Ciudad de México. Lo había leído y sabía de sus trabajos de cuento y novela, pero en mis mocedades fue él, y nadie más, quien me invitó recurrentemente a presentar mi poesía, ensayos y ponencias de literatura en diversos foros y plataformas, entre ellas, el mismísimo Palacio de Bellas Artes. Salvador Castañeda era director de Literatura del INBA, cuando el INBA funcionaba milimétricamente en los años noventa del siglo pasado.
ESQUINA-BAJAN
Nota 1: Escribió una gran y buena novela que le valió la consagración nacional: “¿Por qué no Dijiste Todo?”. Castañeda me recibía siempre en sus pulcras y atiborradas oficinas cubiertas de libros y revistas, las cuales le mandaban de todo el país. Jamás me hacía esperar. Jamás. Me recibía con un abrazo, me ofrecía la reservación de mi hotel y los horarios de presentación y, como muletilla, me preguntaba siempre: “¿Cómo está Coahuila y Saltillo, maestro Cedillo?”.
Nota 2: Mi panteón particular tiene eso, más muertos a vivos. Tal vez, y sólo tal vez, ya estoy muerto, y sólo hace falta mi epitafio en mi tumba. Cosa de aforismos, los cuales ya tengo varios listos. Recientemente (para mí todo es cosa reciente) han muerto los grandes maestros: Eduardo Cerecedo, Raúl Renán, David Huerta, Gilberto Prado Galán... todos ellos amigos entrañables. Y grandes poetas.
Nota 3: ¿Sabe por qué el maestro Salvador Castañeda me preguntaba por Coahuila y Saltillo? Era lagunero de abolengo. Nació en 1946 en Matamoros, Coahuila. Acaba de morir y aquí... nadie lo lee y nadie sabe quién es. Merecía funerales de Estado. No sólo era un gran escritor; lo repito, parte de la política y de la cruda represión del Estado mexicano a sus intelectuales y gente pensante se debe a hombres como Castañeda, quien se atrevió a alzar la voz en una tierra de eunucos.
Nota 4: En dos de sus versos David Huerta escribió: “...los navajazos puntuales del envenenamiento,/ la cabeza hundida en la bolsa de plástico...”. Así está la vida cultural y política en este desierto: cabeza hundida. ¿Sabe usted cuántas notas han salido sobre la muerte de Salvador Castañeda en los diarios del vecindario...? Ninguna. Priorizar la información. Enseñanza básica. Mientras los estados de Morena arden, literal, como las piernas de “Pinocho”, aquí pocos critican a los claques de Morena. Unos pelmazos.
LETRAS MINÚSCULAS
Descansa, gran maestro y amigo. Pinche vida desértica... de lecturas e ideas.