Hablemos de Dios 273: ¿Qué piensa de Dios y sus acciones?
Escribí estas líneas antes de Semana Santa o Semana Mayor. Pero por razones de descanso de los compañeros del diario, esos días la edición impresa no fue posible. Por lo cual he modificado ligeramente el texto para que ahora sí, usted lo haga suyo como siempre. La esencia no cambia: es la siguiente. Mi madre y mi padre me enseñaron el devocional respeto el cual debe de tener y tengo a esta semana alta, mayor, dura y garbosa.
Cuando era un niño e incluso, hasta mi adolescencia, mis padres me llevaban a vivir y contemplar los actos solemnes de la semana fatal del maestro Jesucristo. Todo, todo lo vi, viví y ahora, pues lo he estudiado harto. Seamos francos: eso de la crucifixión del maestro en el Monte Calavera me pone los pelos de punta (usted vea la película de Mel Gibson). Quisiera recordar más y siempre al maestro de Cafarnaúm, como un buen tipo, bebiendo sus tragos, ayudando al jodido y asistiendo a bodas y meriendas. Pero no así, todo masacrado en la cruz de los romanos.
Pero caray, en este gran final de don Jesús, el carpintero y filósofo, se desprende una pequeña y gran historia la cual le presenté aquí hace muchas lunas. Es la siguiente. Cuando crucifican a Jesucristo en el cerro de la Calavera, junto con éste, también sellaron su destino dos malhechores. Uno de ellos le injuriaba diciéndole: “Si tu eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros”. (Lucas 23.39).
El otro, más ecuánime o miedoso, según sea el enfoque, le reprimió y le espetó: “Nosotros... justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos...” y enderezando sus palabras hacia el Maestro, le musitó: “Acuérdate de mi cuando vengas en tu reino”. A lo cual, generosocomo lo fue Jesucristo, le respondió: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. (Lucas 23.43).
Y sí, el ladrón, el malhechor... se robó el cielo; se robó el paraíso en un segundo. Fíjese usted que gran enseñanza se obtiene en una historia trivial, sencilla y de un solo jalón y apenas líneas en la Biblia. El tipo se robó el paraíso no obstante que había despojado, mentido, robado, no fue un buen ciudadano, etcétera. Por otro lado y como comparación, el buen Moisés tuvo que vérselas de la patada por 120 años de su vida para llegar a ser el libertador del pueblo escogido, preso en Egipto. Tuvo que soportar a un populacho traicionero, glotón, amargado, quejumbroso. ¿Cuál fue su premio? Murió en el desierto. ¿El malhechor? Se fue al paraíso. ¿Dios es justo?
¿Con cuál de estas dos historias se queda usted, qué siente ahora que ya las conoce? ¿Qué piensa de Dios y sus acciones? Las buenas maneras de la vida diaria, lector, hay que hacerlas no por una obligación cristiana ni por miedo a la condenación eterna, basura; hay que hacerlas como un imperativo categórico (Emmanuel Kant dixit), hay que hacerlas porque así es nuestra naturaleza y llamado humano. Piense entonces usted cómo se puede robar como el cuatrero, el cielo (de existir, pues).
Esquina-bajan
Y dentro de las actividades de la Semana Santa hay una la cual siempre me ha gustado y llamado harto mi atención: las famosas “Siete palabras”. Número cabalístico y sagrado. Son las siete últimas frases las cuales pronunció en la cruz el maestro antes de expirar aquí en la tierra. Aunque luego llegó transfigurado y nadie le reconocía. Y caray, cómo no había Internet en ese entonces ni celulares “inteligentes” para transmitir en tiempo real aquello, todo es un galimatías.
Los evangelistas Mateo y Marcos, registran solo una frase/palabra. El doctor Lucas relata tres. El oscuro Juan recoge tres más. Siete frases/ siete palabras. ¿Debemos creer en ello? Cada quien tendrá su posición al respecto. Yo en lo personal sí creo y lo respeto y admiro. A propósito de esto, hay hartas representaciones de alto calado de arte y claro, música clásica. Sé poco de esto, debe de haber más, pero escucho a dos compositores: Heinrich Schutz y claro, a uno de mis favoritos, o tal vez el mejor al menos para mí: Joseph Haydn.
En cuanto a obra plástica sobre el tema, tengo reproducciones de Tiziano, Miguel Ángel, Pietro Perugino, Piero de la Mandorla, James Tissot... ¿por qué me gusta y me atrae en especial lo anterior? Por algo sencillo: a esto me dedico, me dedico a las palabras. Ese ligero temblor de voz, un sonido humano el cual nos hace humanos y puede derrocar imperios de granito, argamasa y roca.
Las palabras del maestro Jesucristo en la cruz hoy son eternas y siguen siendo válidas y valiosas: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen...”, (Lucas). “... hoy estarás conmigo en el paraíso.” (Lucas). “Mujer, ahí tienes a tu hijo...” (Juan). “... ¿por qué me has abandonado?” (Marcos). “Tengo sed...” (Juan)”. “Todo está cumplido...” (Juan). “... en tus manos encomiendo mi espíritu...” (Lucas). Todas son de alto impacto y todas tienen que ver con nosotros, patéticos humanos sobre la tierra.
Pero eso de tener “sed” (lo escribe Juan) me hiere la piel y el esqueleto. Es decir, recuerdo, jamás he tenido hambre (la mitad de mi vida he hecho ayuno, por gusto y vanidad)... pero si he tenido sed alguna vez. ¿Sed espiritual o de plano, fisiológica? Tal vez y solo tal vez, las dos y al mismo tiempo.
LETRAS MINÚSCULAS
Medite usted lo anterior siempre. Así sea.