Caras vemos. Lo demás no lo sabemos
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Jorge Mistral estaba magnífico en ‘Misión Blanca’. Su actuación nos dejó muy edificados, según se decía entonces. Todos salimos del cine prometiendo que seríamos misioneros
–Era un desgraciado. Le pegaba a su mujer. Además era chaparro y cabezón.
Dejo entre paréntesis esas palabras –casi todas las palabras podría uno dejarlas entre paréntesis– y procedo a hacer la siguiente declaración: si al final de la vida me arrepiento de mis pecados –de la mayor parte de ellos no me arrepiento, tan deleitosos fueron– y Diosito me invita a ir al Cielo, sentiré la tentación de pedirle que mejor me permita volver a la Tierra, pero con el rostro y cuerpo de un Alain Delon o un Paul Newman. O de un actor que en los pasados tiempos fungió como el más guapo del mundo latino: Jorge Mistral, español él. En esa forma podría conseguirme delicias mejores que las que Alá reserva en su paraíso a los creyentes.
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Jorge Mistral... Lo vi por primera vez en una película cuyo nombre he olvidado. Era yo niño, y los hermanos del Colegio Zaragoza nos llevaron a ver ese film en el Palacio, con boleto pagado, para las Misiones. La cinta trataba del padre Damián, un misionero francés que por propia voluntad fue a la isla Molokai, en el Pacífico del Sur, a hacerse cargo de una colonia de leprosos.
Los franceses de antes eran muy cabrones. A los leprosos los arrojaban en aquella remota isla para que no fueran a contagiar a los demás. Quienes los llevaban allá ni siquiera iban a tierra: acercaban el barco y arrojaban a los lazarinos por la borda para que nadando llegaran a tierra. A los que no sabían nadar se les quitaba lo leproso. Y también todo lo demás, porque se ahogaban.
El padre Damián pidió ir a la isla a llevar el consuelo de la religión a aquellos infelices. Para dar dignidad a la vida de los enfermos, primero dio dignidad a su muerte. Hizo un cementerio, y en él sepultaba a quienes morían víctimas del mal. Antes de su llegada los cadáveres eran simplemente arrojados a una barranca, donde los devoraban las alimañas. ¡Qué mala educación!
El padre Damián decía cuando predicaba: “Nosotros los leprosos...”. Su frase, llena de caridad, se hizo verdadera cuando él mismo quedó contagiado de la lepra. Al final murió víctima de la enfermedad. Sin embargo, nunca le preocupó la lepra. Lo angustiaba, sí, la posibilidad de morir sin confesión. Cuando sintió cerca la muerte suplicó por carta a su obispo que le mandara un sacerdote para confesarse. Su Excelencia se dignó enviar a uno, pero el tal cura no quiso poner el pie ni aun en el muelle. El padre Damián tuvo que remar en una lancha hasta el barco y hacer su confesión en voz alta. El cura lo oyó en la borda, y desde ahí le aventó la absolución.
Jorge Mistral estaba magnífico en “Misión Blanca”. Su actuación nos dejó muy edificados, según se decía entonces. Todos salimos del cine prometiendo que seríamos misioneros. No habrían alcanzado los leprosos para tanto misionero.
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Vuelvo ahora a aquellas palabras del principio, las que dejé entre paréntesis. Una vez conversé en Villahermosa con la actriz de cine Leticia Palma, bella todavía a pesar de su avanzada edad. Ella me habló de los actores con quienes trabajó. Recordó a Jorge Mistral, y me contó aquello:
–Era un desgraciado. Le pegaba a su mujer. Además era chaparro y cabezón.
Recordé entonces al señor cura García Siller, quien debería estar en el Libro de Récords de Guinness por haber pronunciado el sermón más breve en la historia milenaria de la Iglesia. El evangelio del día era el que se refiere a los leprosos. Y dijo el señor cura:
–Los leprosos somos los pecadores.
Ése fue todo el sermón. De esto han pasado 70 años, y quienes lo oímos lo seguimos agradeciendo todavía.