Cuando los mercados se quedan sin combustible
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Dadas las complejidades de la economía global y la dinámica de la liquidez del mercado, nadie puede predecir con certeza qué tan cerca estamos del momento en que la capacidad de gastar ya no pueda seguir el ritmo de la voluntad de hacerlo
Por Mohamed A. El-Erian, Project Syndicate.
CIUDAD DEL CABO- A las puertas del verano boreal, un observador imparcial de los asuntos globales podría concluir que los mercados financieros se enfrentan a tiempos más sombríos. Un conflicto importante en Medio Oriente, que está afectando el suministro energético, ya lleva cuatro meses, y los efectos en cadena de las presiones inflacionarias y el crecimiento insuficiente en varias economías avanzadas siguen propagándose por el sistema global, con un desfase conocido pero impredecible.
Sin embargo, basta con echar un vistazo a la pantalla de la computadora de cualquier corredor de bolsa para ver una realidad radicalmente diferente, una disonancia que pone a prueba la mayoría de los modelos convencionales-. A principios de junio, el S&P 500 había registrado nueve semanas consecutivas de alzas. Los principales índices de Estados Unidos y Asia no solo han ignorado la inestabilidad geopolítica, sino que han alcanzado un nuevo récord tras otro.
Este notable desacople refleja una narrativa singular y poderosa que compensa con creces los crecientes obstáculos a los que se enfrenta la economía global: la promesa de la IA. Es comprensible que el mercado esté fascinado por la visión de un milagro inminente de productividad, apostando a que la eficiencia y el crecimiento que impulsa la IA serán suficientes para superar las crecientes fuerzas de la estanflación, la deuda, los déficits y la desigualdad económica.
Sin embargo, para anticipar lo que nos depara el futuro, conviene complementar la narrativa impulsada por la IA con un recordatorio sencillo pero esencial: la voluntad de gastar y la capacidad de gastar son dos cosas diferentes. Esta distinción fundamental se aplica de manera universal a los hogares, las empresas, los gobiernos y los inversores.
Hasta ahora, la voluntad considerable y resiliente de gastar por parte de todos los actores clave se ha visto acompañada por una capacidad suficiente, aunque cada vez más artificial, para hacerlo. Pero esta voluntad no se ha financiado únicamente con los ingresos corrientes o el flujo de caja orgánico. También se ha visto facilitada por un uso masivo de reservas -financieras, estratégicas y psicológicas- y una dependencia cada vez mayor del apalancamiento (deuda). Cuanto más persista la alteración de los mercados energéticos y las cadenas de suministro provocada por la guerra, menos probable será que esta capacidad pueda seguirle el ritmo a la voluntad de gastar.
Ahora bien, ¿por qué la voluntad de gastar se ha mantenido tan firme? Las razones difieren según los grupos. En el caso de los hogares, la era pospandémica se ha caracterizado por una aversión psicológica a recortar gastos en “experiencias” y consumo. En el sector empresarial, los CEO se ven impulsados por una necesidad existencial de invertir fuertemente en IA o arriesgarse a la obsolescencia, y el FOMO (miedo a perderse algo) se ha convertido, al parecer, en un indicador importante de asignación de capital.
En cuanto a los gobiernos, la presión que surge de electorados polarizados, junto con un mayor gasto en defensa, ha dificultado enormemente la reducción de déficits, incluso con el aumento vertiginoso de los intereses al refinanciarse la deuda de bajo costo a un costo significativamente mayor. Finalmente, los inversores, condicionados por una década de “promesas de los bancos centrales” y ganancias reiteradas, han adoptado la estrategia de “comprar siempre en las caídas” (independientemente de la causa) como principio fundamental de la gestión de carteras.
Ante esta dinámica, es prudente, aunque inquietante- suponer que la voluntad de gastar seguirá siendo fuerte, rozando lo irresponsable. La pregunta clave para la economía y los mercados globales, entonces, es si la capacidad de gasto se mantendrá. La evidencia sugiere que existe un límite.
El consumo de energía ofrece la señal más inmediata. Para mantener la actividad económica a pesar de la interrupción del transporte marítimo a través del estrecho de Ormuz, muchos países han recurrido a sus reservas energéticas, incluida la Reserva Estratégica de Petróleo de Estados Unidos. Estas reservas son, por definición, finitas. Cuando alcanzan su límite inferior, el consumo real debe ajustarse a los precios más altos que impone una cadena de suministro afectada (en caso de que el estrecho permanezca prácticamente cerrado). El resultado es una “destrucción de la demanda”.
Del mismo modo, la resiliencia de los consumidores estadounidenses, a menudo un motor del crecimiento global, parece descansar sobre cimientos inestables. Datos mensuales recientes indican que el consumo se ha mantenido en parte gracias al desahorro y al endeudamiento. Sin embargo, la morosidad en las tarjetas de crédito y los impagos de préstamos para la compra de automóviles están aumentando rápidamente, lo que sugiere que la capacidad de gasto de los hogares con ingresos más bajos ya está al límite. Asimismo, las empresas han incrementado significativamente su endeudamiento para financiar gastos de capital, al tiempo que siguen dispuestas a recomprar sus propias acciones. Al igual que los gobiernos, parecen decididas a seguir haciéndolo a pesar del aumento de las tasas de interés del mercado.
Los inversores han demostrado una notable disposición a financiar todo esto, considerando el aumento de las tasas de interés no como un obstáculo, sino como una prueba de resiliencia económica. El apetito de los mercados de capitales por nueva deuda sigue siendo sólido, incluso en vísperas de algunas de las mayores ofertas públicas iniciales de la historia, las acciones de SpaceX, Anthropic y OpenAI. Sin embargo, las reservas de liquidez que han sustentado este optimismo se están erosionando. Los estudios sobre asignación de activos, como los realizados recientemente por Bank of America, muestran que los saldos de efectivo de los gestores de fondos globales han caído a niveles extraordinariamente bajos, lo que implica que el sistema ya está prácticamente “apostando todo” a las acciones.
Dadas las complejidades de la economía global y la dinámica de la liquidez del mercado, nadie puede predecir con certeza qué tan cerca estamos del momento en que la capacidad de gastar ya no pueda seguir el ritmo de la voluntad de hacerlo. Esto es frustrante. Pero, desde un punto de vista analítico, podemos estar bastante seguros de que cuanto más se prolongue la guerra que altera el suministro energético en Medio Oriente, más cerca estaremos del momento de la verdad. Y si no se pone fin al conflicto, nos acercaremos a ese punto a un ritmo acelerado. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Mohamed A. El-Erian, expresidente del Queens’ College de la Universidad de Cambridge, es profesor de la Escuela Wharton de la Universidad de Pensilvania, donde también es miembro global sénior del Instituto Lauder. Es asesor económico jefe de Allianz, presidente de Gramercy Funds, autor de The Only Game in Town: Central Banks, Instability, and Avoiding the Next Collapse (Random House, 2016), y coautor (junto con Gordon Brown, Michael Spence y Reid Lidow) de Permacrisis: A Plan to Fix a Fractured World (Simon & Schuster, 2023).