Cuauhtémoc Cárdenas: México está de luto
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Hombre de verdadera izquierda, luchó por las buenas causas de México
“Mi marido es un santo –decía siempre doña Cloralia–. Hombre de buenas costumbres, cumplido y responsable, se caracteriza por ser metódico y ordenado: de su casa al trabajo, y del trabajo a su casa. Nunca sale por las noches”. A pesar de ser un santo, al santo señor se le ocurrió pasar a mejor vida. Lo estaban velando cuando llegó a la funeraria una mujer de exuberantes formas. Llevaba consigo a un chamaquito, vivo retrato del desaparecido. Se plantó ante los dolientes y manifestó: “Este niño es hijo del desaparecido”. Dijo doña Cloralia: “¡Joder! ¡El cabrón era malanero!”... Premurio casó con Patrucia, oficial de la Policía de Caminos. En la noche de bodas el desposado inició el acto conyugal y lo terminó en 10 segundos flat. Le dijo la novia: “Lo siento. Tendré que multarte por exceso de velocidad”... El pajarito hizo el nido, pero le dejó abajo un agujero: Le explicó a la pajarita: “Es que no quiero tener familia”... Don Terebinto, señor octogenario, fue acusado de abuso sexual. Su abogado lo sacó libre. Demostró que la evidencia no se sostenía... Otro provecto caballero fue objeto de un señalamiento igual. “Lo que dice la parte acusadora es falso –declaró–, pero la acusación me halaga”... Seguramente mis cuatro lectores recuerdan a Jactancio Elátez, hombre faceto, ególatra y vanidoso. En una fiesta presumió: “Por mis venas corre sangre de españoles, ingleses, alemanes, austriacos, otomanos, griegos e italianos”. “¡Caramba! –se admiró uno de los invitados–. ¡Se ve que su mamacita viajaba mucho!”... Otro tipo indeseable es Capronio; este, por malaje, como dicen los andaluces para referirse a alguien de mala entraña, antipático, díscolo y malagradecido. Les comentó a sus amigachos: “Mi suegra vive a tiro de piedra de mi casa. Lo sé porque todos los días le tiro una”... Decía doña Colchona: “Cuando me casé mi marido era todo mi mundo, pero luego aprendí geografía” (Y universal, para colmo)... En el Bar Ahúnda, un parroquiano le dijo, entusiasmado, a su compañero de mesa: “¡Brindemos por mi nueva felicidad! ¡Mi mujer me dejó para irse con mi mejor amigo!”. “Oye –se quejó con sentimiento el otro–. Siempre pensé que yo era tu mejor amigo”. “Lo eras –acotó el sujeto–. No conozco al tipo que se llevó a mi esposa, jamás lo he visto, pero ahora él es mi mejor amigo, y tú ocupas un modesto, aunque honroso, segundo lugar”... Me contristó el fallecimiento del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. Hombre de verdadera izquierda, luchó por las buenas causas de México. El impulso que dio a la democracia, aunque frustrado ahora, es una de las mejores páginas en la moderna historia política de nuestro país. En memorable ocasión me dio el honor de visitar mi casa. Les pedí a mis hijos que estuvieran presentes a su llegada. Les dije: “Quiero que conozcan a un gran mexicano”. Hablamos largamente aquella vez. Luego, al paso de los años, mantuvimos permanente comunicación. Me decía que era mi quinto lector. Candidato a la Presidencia de la República, uno de los perversos “fraudes patrióticos” del más sucio PRI impidió que México lo tuviera de Presidente. Vástago de un destacado personaje histórico, el ingeniero Cárdenas no vivió a su sombra; tuvo propia personalidad y trayectoria. Fue, como decía Cervantes, hijo de sus obras. Profundo conocedor de la política y de la naturaleza humana, guardó distancia de López Obrador, lo cual no sólo habla de su sapiencia, sino también de su dignidad personal. La Historia de nuestro país tiene ya para él un sitio de honor. Por medio de estas insuficientes líneas le doy el pésame a su familia. También a México le doy el pésame... FIN.