De tequila y otras bendiciones
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Se discutía qué tequila es el mejor. Alguien recordó la sabida expresión según la cual el mejor tequila es el que más te gusta. La frase tiene un gran contenido de verdad. Sucede que un tequila de precio reducido, o medio, te gusta mucho, mientras que otro con precio de coñac no te satisface. “Compro tequila, no botella” –decía un conocedor haciendo alusión a los lujosos pomos en que esos tequilas caros son vendidos.
En aquella conversación que digo oí una frase que me pareció sumamente razonable. Cuando a un buen bebedor le preguntamos cuál, a su juicio, es el mejor tequila, él respondió con una frase que es para ser inscrita en bronce eterno o mármol duradero:
–El tequila es como la mujer: la mejor es aquella a la que estás acostumbrado.
¡Qué perla de sabiduría! Al paso de los años nos amoldamos a los seres y a las cosas –a la esposa, a los amigos, a la almohada–, y esa amable costumbre se vuelve parte de nuestra naturaleza. En aquellos años en que estrenar zapatos era martirio doloroso había un anuncio de calzado en que un hombre le manifestaba su amor a su mujer en los siguientes encendidos términos: “¡Te quiero más que a mis zapatos viejos!”.
Con el tequila sucede igual. Por una razón u otra empezamos a tomar tequila de una marca, y en tal manera nos habituamos a ella que los demás tequilas nos parecen aguados o rasposos. Si ese tequila no es de los caros, o de los que están de moda, no falta quién pregunte con desdén mal disimulado:
–¿Por qué tomas ese tequila?
Y uno tiene que inventar explicaciones más o menos plausibles:
–Es el que tomaba mi padre, y yo lo tomo, en su memoria.
–Me trae recuerdos de una novia que así se apellidaba, Orendáin.
–Era el preferido de John Wayne.
–Un trago de este tequila me salvó la vida. Me lo dio un pastor cuando estaba a punto de morir congelado en la montaña.
Todo eso, desde luego, será mentira grande, pero nos librará de la insana curiosidad ajena.
La verdad es aquella que arriba quedó inscrita: lo mejor es aquello a lo que nos hemos acostumbrado ya. Tal verdad se aplica lo mismo a la comida y la bebida que al amor. Eso de la costumbre y sus bondades me hizo recordar a aquel señor ya entrado en años que fue a una casa de mala nota, lupanar o mancebía. La mujer que lo atendió se esforzaba en vano por poner al añoso señor en disposición de hacer trabajo de varón. Luego de largo rato de ímprobos cuanto inútiles esfuerzos, el valetudinario cliente le dijo a la sexoservidora:
–Ya no te esfuerces, chula. A esta chingadera nomás mi señora le entiende.