Delmira Agustini, poesía inextinguible
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El tomo de “Poesías Completas” de la poeta uruguaya Delmira Agustini comienza con un poema titulado “Ofrendando el libro”, seguido de la dedicatoria “A Eros”. Así de clara y contundente es la entrega de su voz a la deidad griega de la pasión y el amor. Los primeros versos abren: “Porque haces tu can de la leona / más fuerte de la Vida, y la aprisiona / la cadena de rosas de tu brazo”. Después dice que el cuerpo de Eros es “la raíz, el lazo esencial de los troncos discordantes del placer y del dolor”. La luminosidad de sus palabras va más allá del asombro. Me atrevo a decir que Delmira es una de aquellas figuras literarias que marcan un antes y un después en la vida de cada lector. Al menos eso sucedió conmigo. El poema citado aparece en “Los cálices vacíos”, obra publicada en 1913, cuando la escritora tenía 26 años. No recuerdo con exactitud cómo llegué a su poesía, pero agradezco el hallazgo.
Delmira Agustini pertenece al grupo de poetas que lidian con la sombra de su propia historia. Nació en una familia de alcurnia y, como muchos artistas, fue despierta desde muy niña. Angel y Kate Flores, en el libro “Poesía feminista del mundo hispánico”, evocan el recuerdo de un amigo cercano de la autora, quien la describe de la siguiente forma: “Mostró desde los primeros años una inteligencia increíble para todo género de aprendizaje. A poco más de un año de edad ya hablaba claramente; a los cinco ya leía y escribía con toda soltura; a los diez hacía versos que, debajo de su forma muy simple, revelaban un temperamento que no tiene nada de pueril”. Los compiladores agregan que la vida literaria de Delmira duro únicamente seis años, pero la altura de su poesía le ha dado un lugar cumbre en el mundo de las letras. La tragedia de la poeta comenzó con su matrimonio. A los pocos días de casada regresó con sus padres e inició el proceso de divorcio. Tiempo después el ex marido la citó en un hotel para supuestamente hablar y la asesinó a tiros; él se suicidó después.
En 1914, este encuentro fatal se abordó como “un crimen pasional”, aunque ahora tenemos el verdadero nombre: feminicidio. Delmira era una mujer brillante, de un desbordado talento para la poesía y además era hermosa. Su poética giraba en torno al erotismo y escribió con un aire moderno y adelantado que no muchos entendieron. El divorcio, en esos años, era más que escabroso; aun así, la poeta estuvo dispuesta a pelear por su libertad. Demasiados atributos que un marido cobarde y ordinario no pudo tolerar. Sin embargo, la poesía fúlgida, apasionada y cristalina de Agustini se sostiene entre las obras más sorprendentes de su siglo.
La fuerza lírica de Delmira aparece desde los nombres de sus poemarios “Los cálices vacíos” o “El rosario de Eros”. Me recuerdan un poco a los títulos que usaba Ramón López Velarde como “La sangre devota”. Los versos del poema “Visión” son sencillamente magistrales. Dice: “a mi lado apareciste / como un hongo gigante, muerto y vivo, / brotado de los rincones de la noche, / húmedos de silencio, / y engrasados de sombra y soledad”. Le sigue: “Gota de nieve con sabor de estrellas / que alimenta los lirios de la Carne”. Así surgen las imágenes, como un puñado de luz que se abre en la página. “Desde entonces muerdo soñando un corazón / de estatua, presa suma para mi garra bella”, continúa otro poema. Parece como si toda su obra fuera un solo libro de versos que giran sobre la pasión, el deseo, la belleza y las posibilidades de cantar a todo aquello. Insiste en términos como “ardiente”, “Vida” (con mayúsculas), “lirio”, “Eros”, “labio”, la boca como “dos pétalos de rosa abrochando un abismo”. Declara: “Si así sueño mi carne, así es mi mente / un cuerpo largo, largo, de serpiente, vibrando eterna”. Llama “inextinguibles” a las pupilas del amado, donde bebe “en ellas la calma”. Tal podría ser una metáfora de la palabra: poesía inextinguible, “milagrosa”, “bajo un trapo de sombra o una blonda de luna”.