Dos crímenes
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Hace tiempo que no me funciona el azar para elegir una lectura. Cuando la indecisión se manifiesta al tomar la siguiente aventura literaria, el canon a seguir es siempre regresar a las páginas de Jorge Ibargüengoitia.
Esta disyuntiva no es producto de la escasez, pero temo a ella cuando puede alcanzar a un autor que me interesa en serio. Por ello, procuró dosificar el material y no agotar su obra de un golpe, en especial si la vida ya le ha puesto final al libro de su existencia.
Afortunadamente, y como consecuencia de esta conducta monacal, todavía me queda Ibargüengoitia sin explorar para un rato más.
Este preludio tiene como objeto la siguiente justificación: no se extrañe, usted lector, si con (mayor) regularidad retomamos la obra del primer cuevanense en este espacio, no es falta de respeto al infinito número de autores sobre los que podríamos comentar unas líneas, sino por mero gusto.
En 1979 se publicó la novela “Dos Crímenes” bajo el sello de la entrañable editorial Joaquín Mortiz dentro de la colección “Serie del Volador”, un famoso compendio en donde aparecieron otros titanes de la literatura nacional como Juan José Arreola, Rosario Catellanos, Vicente Leñero o Carlos Fuentes.
No quiero vender la trama, aún sabiendo que eso es una misión kamikaze cuando de recomendar libros se trata la cosa. En tal caso el deber ser transita por senderos como “toma, léelo, a ver qué te parece”. Mas este espacio demanda lanzar palabras como anzuelos para enganchar a potenciales lectores.
Somos seres del lenguaje, de la oralidad, desde la fogata primitiva tenemos la necesidad de charlar sobre lo que ocurre, y esa es una de las funciones de la cultura, generar la conversación. Cuando se encuentra una historia fascinante es casi imposible guardar el secreto, quedarse callado ante una buena narrativa equivale a ignorar el encanto que ha producido en nuestro pisque.
Marcos, un joven publicista de la Ciudad de México, huye hacia el pueblo de Muérdago luego de verse involucrado en un asesinato. Antes de que la autoridad le tienda el guante, y sabiéndose inocente, el joven decide ir en la búsqueda de un tío lejano a quien hace tiempo no frecuenta.
Sin embargo, lo que encuentra en el terruño dista del afecto fraternal del viejo, pues tiene ante sí la rivalidad de una pandilla de sobrinos que, como buitres sobre la presa, custodian al tío a fin de que no tenga la posibilidad de heredar a quien no pertenezca al cuadro chico de marras.
Esta disputa por los bienes ajenos lo mete en una serie de enredos, malentendidos, chismes y líos de faldas en la vorágine de una ambición familiar patológica que es capaz de aparecer hasta en las mejores familias.
Hay que recordar que Octavio Paz, nuestro Nobel, calificó como perfecta esta novela que, según su autor, no fue más que un mero entretenimiento para matar el tiempo entre dos obras que le merecían más consideración, Las Muertas y Los Pasos de López.
La verdad sea dicha: Ibargüengoitia logró un divertido relató con una trama bien estructurada y, al estilo de Rulfo, reclama un lector inteligente, atento, avispado, pendiente de una narrativa veloz y dispuesto a completar la fabulación sobre las cosas que no están dichas expresamente, pero requieren el remate preciso del interlocutor.
La relevancia de esto no sólo radica en la capacidad ingenieril para urdir historias y hacer retratos de época, sino en aspectos más concretos y domésticos, pero no por ello baladís, como el humor a pie de banqueta.