Dos palabras sobre el piano a cuatro manos

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Opinión
/ 28 enero 2026

Hacia mediados del siglo XVIII Europa occidental, en particular la actual Alemania, parecía mosaico bizantino. Cientos de señoríos, principados, ducados, Estados eclesiásticos y una que otra ciudad libre e independiente, conformaban el llamado Sacro Imperio Romano Germánico con sede en Austria. Esta organización política apuntalaba una distribución de la riqueza más o menos equilibrada. La sociedad se estratificaba en Nobleza, Jerarquía eclesiástica, Burguesía, Campesinado. En general, los señoríos, por llamarlos genéricamente, al interior seguían esa misma estructura. Los ricos y la Iglesia procuraban las mismas cosas, mientras que el campesinado procuraba sobrevivir. Una de las demostraciones favoritas de la riqueza fue el arte, a través de mecenazgos, patrocinios y manutención de colecciones privadas —hoy llamados Museos— de todos tamaños y vocaciones. Por ejemplo, el Gabinete del holandés Albertus Seba, especializado en criaturas exóticas, insectos y serpientes. A los ricos les encantaban las capillas privadas con su respectiva orquesta de capilla, y si era posible, un teatro en casa. Y aunque la riqueza fuera mucha, no daba para mantener a una orquesta sinfónica de 50 o 60 músicos. Los señorones se tuvieron que conformar con orquestas de cámara. Éstas de una docena de músicos —cuerdas, bajo continuo, y vientos— se lucían en las Cámaras es decir, las salas principales de casa.

Si papá tenía su orquesta, las hijitas también querían. Para ellas se inventó el piano a cuatro manos. A finales del siglo XVIII el piano, primero llamado Fortepiano, terminaba de sustituir al clavecín, preferido sobre éste por su mayor capacidad expresiva. El clavecín, o simplemente clave, producía un sonido demasiado metálico, se apagaba rápidamente y presentaba graves limitaciones para generar matices. (A pesar de eso, las Suites Inglesas (BWV 806-811), por ejemplo, o el Concierto de Brandemburgo No. 5, BWV 1050 de Bach, escritas para clave, conservan su inmarcesible belleza).

Para los nobles y sus familias existió una nómina infinita de compositores, instrumentistas y directores sobre cuyos hombros recayó la ingrata tarea de satisfacer los señoriales deseos del patrón. Vivaldi (1678-1741) compuso más de 700 obras; el padre de la sinfonía, Franz Joseph Haydn (1732-1809), escribió más de 100 sinfonías, 68 cuartetos y 14 misas. W. A. Mozart (1756-1791) produjo más de 600 obras; o Beethoven, que con todo y su genio inmenso, escribió por encargo 211 obras, contra sólo 138 para sí.

Pero, así como había ricachones también había gente de medio pelo. Leopold Mozart era uno de ellos. Como músico de la corte del príncipe arzobispo de Salzburgo, recibía la friolera de 250 florines al año, (13, 600 euros actuales), comparados con los 500 que necesitaba un burgués acomodado para vivir, o los 25 al año de un artesano promedio. Esta medianía económica obligó a Wolfgang y a su hermana mayor Marianne (1751-1829), a compartir piano. A los 9 años Mozart escribió su primera pieza a cuatro manos. A Leopold le encantó la solución y fomentó la escritura de más piezas semejantes, ya como herramienta pedagógica, ya como demostración pública del talento de sus hijos. De aquellas obras tempranas para cuatro manos se conserva la Sonata Kv. 19d posiblemente de 1765, en tres movimientos y 10 minutos de duración.

Pronto los maestros de piano retomaron la idea pues permitía interactuar con el estudiante de manera directa: mientras el alumno tocaba la parte sencilla, el maestro completaba la obra. Así se ayudaban a desarrollar ritmo, escucha, coordinación y musicalidad. Lo demás es historia.

Actualmente los intérpretes se reparten las partes, uno el registro agudo y otro el registro grave y pedales, consiguiendo una textura más compacta e íntima.

Hoy jueves en la noche la orquesta filarmónica del desierto nos ofrece la oportunidad de ver y escuchar un concierto para piano a cuatro manos. Se trata de Folklórico, para piano y orquesta de cuerdas, del musicoterapeuta australiano John Carmichael, (1930), escrito en 1965. Lo interpretará el dúo catalán Carles Lama & Sofia Cabruja, especialista en la obra de Carmichael, quien grabó, para el sello KNS Classical, cinco de las seis obras para cuatro manos del australiano, contenidas en el álbum Fantasias for Four Hands: 1. Latin American Suite, 2. Dark Scenarios, 3. Puppet Show, 4. Bravura Waltzes, y 5. Tourbillon

En el álbum sólo faltó el concierto Folklórico, que se ofrecerá hoy en el Teatro de la Ciudad Fernando Soler, 8:30 pm.

Estudió Letras Españolas en su estado natal, ha escrito narrativa y ensayo. Su interés se centra en literatura policiaca, presente en sus estudios y en su obra de creación. Yo siempre estoy esperando que los muertos se levanten parte del viaje de su protagonista para realizar una investigación sobre la estancia de Francisco Villa en la ciudad de Delicias; la anécdota le sirve para la creación de una novela de suspenso con tintes policiacos. Su segunda novela, Nadie sueña, recrea y denuncia el mundo de la violencia, del crimen y la corrupción del sistema judicial y de los círculos del poder en los estados del norte. Sus personajes, al principio presos de un gran desaliento, logran rebelarse ante esta situación. En sus cuentos se repiten las mismas obsesiones del autor por la intriga propia del relato policiaco.

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