Ejecuta el procurador Pilatos al rabí de Galilea

+Seguir en Seguir en Google
Opinión
/ 31 marzo 2026

De la serie ‘Testimonio periodístico atemporal’

JERUSALÉN, miércoles, 24 de marzo del año 34. – Al filo de las 15:00 horas y en vísperas de la Pascua (Pésaj = “Saltar”), a la edad de 33 años, Jesús el Mesías (Yeshua Ha’Mashiaj) murió crucificado en el monte Gólgota (Gulgalta = “Calavera”), situado a las afueras de esta ciudad, cerca de un huerto, donde horas después fue sepultado.

Hijo de José y María, un piadoso matrimonio que, según se cree, descienden del gran rey David, exhaló su último aliento en medio de otros dos que también fueron sentenciados a la pena capital y a quienes los lugareños conocen como Dimas y Gestas, el primero de los cuales fue colocado a su izquierda, y el segundo a su derecha, igualmente fijados con clavos en sus respectivas cruces.

Al “rabí de Galilea” le sobreviven su madre, lo mismo que sus hermanos: Jacobo, José, Simón, Judas, María y Salomé, entre otros, así como María de Magdala, a quien algunas fuentes identifican como su cónyuge.

Los hechos tuvieron lugar a tres años y medio de que el ilustre maestro iniciara, en la comunidad pesquera de Cafernaum (Kəfar Nāḥūm = “Aldea de Nahúm”), una intensa campaña para instaurar lo que él anunció como “el reino de Dios y su justicia”, apoyado por 12 colaboradores cercanos o apóstoles (“enviados”), a quienes encomendó la tarea de esparcir la “buena noticia”, a saber, la salvación eterna de los pecadores, en función de su arrepentimiento.

Longinos, uno de los centuriones que participaron en el ajusticiamiento, traspasó con su lanza uno de los costados de Jesús, causándole una herida de la que pareció brotar agua y sangre, con lo que quedó confirmada su muerte, por lo que no fue necesario fracturarle las piernas —método que se utiliza para precipitar el fallecimiento de los crucificados—, lo que, en cambio, sí se les practicó a los otros dos condenados.

Nacido en Belén (Beth-lehem = “Casa del pan”), asentamiento de Judea que se sitúa a 10 kilómetros al sur de Jerusalén, pero criado en Nazaret (Nétzer = “Vástago” o “Renuevo”), localidad septentrional de la jurisdicción romana de Galilea, el sentenciado fue aprehendido la noche anterior en el huerto Getsemaní (Gath-smânê = “Prensa de aceite”) por una turba de soldados imperiales, ministros y guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, estos últimos, una influyente secta político-religiosa, afín a Roma.

Todos ellos fueron guiados por Judas Iscariote, uno de los doce apóstoles —oriundo de Keriot, en Judea)—, quien, a fin de que los captores pudieran localizar, identificar y arrestar al Cristo o “Ungido” de Dios, propuso, como señal, darle a este un beso, a cambio de lo cual había recibido de los sumos sacerdotes un soborno de 30 monedas de plata.

De manera irregular, Yeshua fue enjuiciado en dos ocasiones: primero, por la referida corte israelita, que, al ser convocada urgentemente a sesionar de noche, y estando ausentes una buena parte de sus integrantes, violó el proceso contemplado en su propia ley.

En estas circunstancias, la asamblea lo declaró culpable de blasfemia, considerada como una grave violación a la ley de Moisés, que irremediablemente se castiga con la muerte.

“¿Eres tú el Cristo, el hijo del Bendito?”, le preguntó el sumo sacerdote durante el juicio, a lo que el acusado respondió, contundente: “Yo soy, y verán al hijo de hombre sentado a la diestra de la potencia de Dios y viniendo con las nubes en el cielo”.

Tal declaración provocó de inmediato la indignación del Sanedrín, que terminó por sentenciarlo a morir apedreado, aunque fue la autoridad romana quien finalmente aplicó la pena capital, mediante el martirio de la cruz, pues, de acuerdo con la legislación romana, los judíos no están legalmente facultados para materializar esta clase de sentencia.

El segundo juicio estuvo a cargo del prefecto romano de Judea, Poncio Pilato, quien, al verse presionado por un tumulto incitado por los líderes del pueblo, quienes le dijeron que dejaría de ser amigo del César si se negaba a ejecutar a Yeshua, el cual se había autoproclamado rey, se vio obligado a ordenar su crucifixión.

Contrario a la crueldad que le caracterizaba, el gobernante se lavó públicamente las manos para dar a entender que no se hacía responsable de la muerte de quien consideraba inocente de todo cargo, esto, tras haberlo interrogado en privado.

Durante este acto simbólico, Pilato dijo a la agitada muchedumbre: “Soy inocente de la sangre de este justo; ¡allá ustedes!”. A esto, los incitadores le contestaron: “¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”.

Siguiendo una tradición que supuestamente se observaba por estas fechas, el prefecto puso delante de la multitud al nazareno y a Barʾabbā (Barrabás = “hijo del Padre”), con objeto de que le dijeran a cuál de los dos había que dejar en libertad.

Contra el pronóstico de Pilatos, eligieron al famoso sedicioso; por consiguiente, le entregaron a Yeshua para que fuese ejecutado.

Previamente, el gobernante de Judea había hecho que Jesús se presentase ante Herodes, tetrarca de Perea y Galilea, quien se encuentra temporalmente en Jerusalén, pues, según su jurisdicción, a él le corresponde juzgarlo, pero se negó a hacerlo.

En lugar de ello, lo interrogó con suma curiosidad, incluso le pidió infructuosamente algún milagro y, en medio de maltratos, lo sometió a escarnio, antes de enviárselo de regreso a Poncio Pilato.

A raíz de estos hechos, los gobernantes terminaron con la enemistad que había entre ambos.

Tras recibirlo de nuevo, el procurador ordenó que el reo fuese clavado de pies y manos a una cruz de madera, sobre la cual mandó colocar un letrero en hebreo, latín y griego, que se traduce: “Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos”.

Dicho acto provocó la indignación y cólera de los líderes israelitas, no solo porque lo desconocen como su rey, sino porque, al parecer, en la inscripción hebrea está implícito el nombre de Dios: היהודים המלך הנצרי ישוע, esto es: Yehshúa’ Hanotsrí Hamélej Hayehudim, cuyas letras iniciales en latín son: “INRI”.

La muerte del crucificado se suscitó en medio de aterradores episodios: al filo del mediodía cayeron tinieblas por tres horas, tiempo durante el cual la Luna enrojeció, hubo truenos, el templo prácticamente desapareció, habiéndose roto de arriba abajo su velo, al tiempo que tembló y se abrió una gigantesca grieta en la tierra.

Hay quienes me aseguran haber visto resucitar a un sinnúmero de muertos, entre ellos, los 12 patriarcas israelitas, incluidos: Abraham, Isaac, Jacob, Moisés y Job.

Otros testigos vieron recorrer las calles de Jerusalén a quienes identificaron como “las primicias de los muertos”, es decir, israelitas fallecidos hace 3 mil 500 años, que volvieron a la vida para lamentar la gran injusticia que se estaba cometiendo contra “el hijo de Dios”.

Ahora, corre el rumor de que el cadáver del crucificado podría ser sustraído y ocultado por sus discípulos para hacer creer que Yehshúa resucitó, ya que en reiteradas ocasiones anunció que volvería a la vida tras permanecer tres días y tres noches muerto en el sepulcro, a semejanza de un hecho paralelo y premonitorio que puede leerse en el libro del profeta Jonás, escrito ocho siglos atrás.

Esta es la razón por la que el gobierno romano asignó guardias en torno a la tumba del nazareno, donada por José de Arimatea, tío-abuelo de Jesús.

El rico funcionario se hizo acompañar de Nicodemo, reconocido fariseo, cuando acudió a solicitar en secreto el cadáver de Jesús, con objeto de depositarlo en un sepulcro sin estrenar, mismo que, tras la correspondiente inhumación, había sido sellado.

Mientras tanto, trascendió que Poncio Pilato, para distraer la atención de Roma, envió cartas al emperador Tiberio César, en las que le hace saber “la realidad” de lo sucedido. Según él, ordenó degollar y enterrar de inmediato a Yeshua.

En su versión de los hechos, también le aseguró que procedió a dicha ejecución después de que elementos de su servicio secreto le advirtieron que el predicador planeaba tomar Jerusalén mediante las armas.

davidguillenp@gmail.com

Temas



Localizaciones



Poseedor de un alto sentido de responsabilidad social, todos los días pone a prueba su compromiso ético y profesional, asumido a lo largo de 42 años como reportero, jefe de información, editor, cartonista, productor de radio, comentarista y docente.

Ha sido consultor y portavoz en siete campañas electorales y de instituciones como el STUAC, la Secretaría de Economía, el Instituto Municipal de Cultura de Saltillo (IMCS), la Comisión Estatal de los Derechos Humanos (CDHEC) y el Congreso del Estado de Coahuila, donde además fue asesor parlamentario en dos legislaturas consecutivas.

Estudioso del derecho y de otras disciplinas del conocimiento, desde hace más de tres lustros su columna politemática “Palabras Mayores” ha sido publicada en al menos una docena de medios impresos de la entidad y la región.

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM