El borrado del Tíbet por parte de China se está acelerando
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El control físico del Tíbet no es suficiente para el presidente chino Xi Jinping. Quiere un control total y duradero sobre toda la meseta tibetana
Por Brahma Chellaney, Project Syndicate.
NUEVA YORK- La autoinmolación de la activista tibetana exiliada Lobga Rangzen frente a la sede de las Naciones Unidas en Nueva York el 2 de julio no fue una expresión de desesperación personal. Fue un intento desesperado por sacudir al mundo y sacarlo de su creciente indiferencia ante uno de los problemas internacionales más importantes de nuestro tiempo: la desaparición sistemática del Tíbet.
China ocupó el entonces autónomo Tíbet poco después de la fundación de la República Popular. La ocupación suele analizarse principalmente desde la perspectiva de los derechos humanos, y con razón. Pero también debe entenderse como un esfuerzo por hacerse con uno de los activos geopolíticos más valiosos de Asia: la vasta meseta tibetana, rica en recursos, domina el Himalaya, alberga las cabeceras de los grandes ríos de Asia y domina el sur, el centro y el sudeste asiático.
En las últimas décadas, China ha realizado importantes inversiones en la meseta,construyendo una amplia infraestructura militar, levantando megapresas en los grandes ríos de Asia y ampliando la extracción de minerales estratégicos, al tiempo que ha recurrido a la vigilancia, la coacción y las fuerzas de seguridad para sofocar la resistencia. Pero el control físico del Tíbet no es suficiente para el presidente chino Xi Jinping. Quiere un control total y duradero sobre toda la meseta tibetana.
Xi ha llegado a la conclusión de que la mejor manera de lograrlo es borrando la identidad de las personas que lo habitan. El pueblo tibetano es una etnia diferenciada, con su propia lengua, tradiciones, gastronomía y vestimenta. Despojarse a los tibetanos de su identidad , asegurándose de que ya no se consideren a sí mismos tibetanos, tiene un único objetivo: extinguir la resistencia al dominio chino permanente sobre el “Techo del Mundo”.
Con este fin, China ha ampliado de forma constante su sistema de internados estatales, enviando allí a los niños tibetanos a edades cada vez más tempranas. China presenta estos «internados» como motores del desarrollo. De hecho, el plan de estudios está diseñado para borrar la identidad tibetana de los niños y sustituirla por la lealtad al Estado chino.
Los expertos de las Naciones Unidas informan de que más de un millón de niños tibetanos de entre 6 y 18 años, aproximadamente el 78 % del tota, asisten a estos centros. Están separados de sus familias y de su cultura durante la mayor parte del año, reciben enseñanza en mandarín, solo están expuestos a la cultura y las experiencias han, y se les condiciona para que consideren su propia cultura, religión e idioma como inferiores. En otras palabras, China está criando a una generación de tibetanos para que se asimilen a la cultura china, y pierdan la suya propia.
China también ha tomado otras medidas para borrar el Tíbet. Desde finales de 2023, China ha sustituido sistemáticamente “Tíbet” por “Xizang” como denominación oficial en inglés en sus documentos gubernamentales, comunicaciones diplomáticas y medios de comunicación estatales. El nombre deriva de la terminología imperial de la dinastía manchú Qing para referirse al Tíbet. Su adopción tiene por objeto reforzar la afirmación de China de que el Tíbet no es una entidad histórica diferenciada, sino meramente un apéndice de China.
La comunidad internacional está facilitando demasiado este borrado. Algunos museos, universidades e instituciones de investigación fuera de China han aceptado este cambio de nombre imperial. El Musée du Quai Branly de París ha etiquetado los objetos tibetanos como procedentes de “Xizang”. El Museo Británico se ha referido al “Tíbet o la Región Autónoma de Xizang” en una exposición sobre la Ruta de la Seda.
Ahora, China está llevando este esfuerzo al siguiente nivel. El 1 de julio entró en vigor una nueva y amplia ley de “Promoción de la Unidad Étnica y el Progreso”, que codifica la campaña de Xi para forzar la asimilación de los tibetanos y otras minorías étnicas a una única identidad china definida por el Estado y centrada en la lealtad al Partido Comunista. Al tipificar como delito las amenazas, definidas de forma muy amplia, a la «unidad étnica», la legislación se convierte en otra arma más con la que China puede intimidar a activistas, académicos y comunidades de la diáspora tibetanas. Las familias del Tíbet ya se enfrentan a represalias por las actividades de sus familiares en el extranjero.
El momento en que se ha promulgado la nueva ley no es una coincidencia. La cuestión del Tíbet ha ido desapareciendo gradualmente de la agenda mundial en los últimos años. Esto refleja, en parte, la preocupación de la comunidad internacional por las guerras en Ucrania y Oriente Medio, las tensiones en torno a Taiwán y la grave incertidumbre económica mundial. Pero muchos gobiernos también se muestran reacios a poner en peligro sus relaciones con China. Así pues, aunque condenan con razón la destrucción cultural en otros lugares, ignoran en gran medida la destrucción de la identidad tibetana.
Pero este cálculo pasa por alto una realidad ineludible: el ataque de China a la identidad tibetana es inseparable de sus ambiciones de gran potencia. Un Tíbet asimilado de forma permanente consolidaría la ventaja militar de China sobre el piedemonte del Himalaya, reforzaría su control sobre los recursos hídricos de Asia, aseguraría inmensos yacimientos de minerales estratégicos y eliminaría lo que China percibe como la última fuente potencial de resistencia política en la región. Una China así estaría mejor equipada, y se sentiría significativamente más envalentonada, para imponer una mayor autoridad más allá de sus fronteras.
La respuesta internacional no tiene por qué ser extrema. Los gobiernos democráticos deberían sancionar a los funcionarios responsables de la campaña de asimilación forzada, rechazar la presión oficial para referirse a la región como Xizang y ampliar el apoyo a las instituciones educativas y culturales tibetanas en el exilio. Estas medidas, modestas pero significativas, ayudarían a preservar una de las civilizaciones más antiguas de Asia, al tiempo que dejarían claro que el borrado cultural no puede convertirse en un instrumento aceptado de la política estatal. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Brahma Chellaney, catedrático emérito de Estudios Estratégicos en el Centro de Investigación Política con sede en Nueva Delhi y miembro de la Academia Robert Bosch de Berlín, es autor de *Water, Peace, and War: Confronting the Global Water Crisis* (Rowman & Littlefield, 2013).