El Cartero de Neruda

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Opinión
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Mario Jiménez es un joven que abdica a su vocación de baquetón para emplearse en el desangelado servicio de correo de la localidad. Una vez dentro, su objetivo será hacerse con la tarea de entregar la correspondencia al único habitante de Isla Negra que recibe cartas a mansalva, Pablo Neruda.

Sabe de sobra que el sueldo es bajo y que los colegas del gremio complementan su raya con las propinas que reciben de los destinatarios regulares. Las desventajas que tiene el depender de un solo cliente le priva de una mayor recompensa económica, pero le brindan la esperanzadora posibilidad de entablar amistad con el vate y, en una de esas, hasta obtener una dedicatoria por escrito.

La misión de forjar un lazo no es tarea sencilla, no obstante, los crecientes y continuos encuentros redundarán en el surgimiento de un lazo donde la poesía, el mar, las caminatas y el delirio por las mujeres serán los salerosos ingredientes que amasarán aventuras de alto riesgo para este contubernio en ciernes.

Por si eso fuera poco, son los años setenta y la república chilena, como el resto del mundo, se encuentra convulsa. Hay cambios políticos y sociales a los cuales nadie es ajeno ni indiferente, aunque quisiera, la escasez carcome los abarrotes, los militares rondan las calles y la disidencia se castiga. En este entorno, el cartero y el poeta se darán cuenta que su amistad es a prueba de balas y, más aún, de dictaduras.

En estas páginas, Antonio Skármeta acomete una hazaña que ha logrado con creces en otros relatos, aclimatar al lector en los agitados días de los altos años setentas, donde el futuro de Chile asomaba incierto, rígido y con un deleznable olor a pólvora a nivel de calle. Entonces, las cartas del poder estaban más que echadas.

El Cartero de Neruda (Lumen 2018) es una lectura, no sólo clásica, sino también entrañable, ya que presenta la posibilidad de una ética alternativa donde las grandes palabras como gobierno o religión, son remplazadas por otras menos telúricas, pero de mayor alcance como lealtad, amistad o solidaridad.

Ahí, entre sus líneas, es posible reencontrarse con el amor por la belleza y el asombro de lo cotidiano, pues con bastante tino nos recuerda que “La poesía no es de quien la escribe, sino de quien la usa”.

Lector y economista por accidente

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