El día que el Presidente exoneró

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Opinión
/ 6 febrero 2026

La palabra “papigochi” sirve en la lengua rarámuri para designar a un ave zancuda de pico largo. Papigochi se llama también un río, y Papigochi es el antiguo nombre de la población que es hoy Ciudad Guerrero, en el estado de Chihuahua.

Don Eduardo Sáenz escribió páginas muy amenas para narrar los hechos y los dichos de la gente de ese lugar. En ellas cuenta anécdotas regocijantes, por ejemplo la del doctor Encarnación Brondo. Viudo acomodado, iba a casar en segundas nupcias con doña Antonia Casavantes, de no tan grandes bienes de fortuna. Poco antes de la boda, Chonito –así lo llamaba su futura– empezó a notar que Toña decía: “nuestra casa”, “nuestro automóvil”, “nuestro rancho”, refiriéndose al rancho, el automóvil y la casa del doctor. Él la corrigió con unos admonitorios versos: “Me preocupa tu sentir, / Antonia, pues saber tienes / que si nos vamos a unir / será para dividir / los males, mas no los bienes”.

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Y luego la historia de don Apolonio Romero, gran cazador y gran mentiroso –va una cosa con otra–, que relataba cómo un día, andando por el monte, se sentó a descansar a la sombra de un árbol. En la culata de brillante madera de su rifle vio el reflejo de un puma que desde lo alto de las ramas se aprestaba a saltar sobre él. “Levanté despacio el rifle y lo apunté hacia el animal –contaba después don Apolonio–. Bostecé, y luego disparé. El puma cayó muerto a mis pies”. “¿Y para qué bostezó, don Apolonio?” –le preguntó muy extrañado uno. “¿Cómo pa’ qué? –respondió–. El bostezo es contagioso. Con mi bostezo el puma bostezó también, y así le pude meter la bala por el hocico, pa’ no echar a perder la piel haciéndole un agujero”.

Recuerda el autor de este ameno libro a doña Rita Amaya, que gustaba de hablar con giros elegantes y magnílocuos. En cierta ocasión recibió en su casa a los amigos y amigas que solían hacerle la tertulia. Después de acabada la merienda les dijo señalando la puerta abierta de la sala, que daba al patio y por la cual empezaba a entrar el fresco de la noche: “Queridos: ¿no les parece a ustedes conveniente que entornemos ese madero? Temor me asalta de que entren los céfiros nocturnos, tan gélidos que bien podrían conducirnos a la oquedad del féretro”.

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Don Cipriano Estrada y su señora esposa, doña Leonor Brondo, recibieron por unas horas en su casa –la mejor y más decentita de Papigochi– al Presidente de la República y a la Primera Dama de la Nación, pues no había en el pueblo hotel o sitio alguno de mejor condición dónde pudieran descansar después del acto en que el Primer Magistrado inauguró la presa “Abraham González”. Se contaba en el pueblo que días después de la honrosísima visita presidencial a su domicilio don Cipriano y doña Leonorcita hicieron poner en la puerta del baño de su casa una placa que a la letra decía: “En este lugar exoneraron el Señor Presidente de la República, licenciado Fulano de Tal, y esposa, doña Fulana, de lo cual guardan grato recuerdo los propietarios de esta casa, Cipriano Estrada y Leonor Brondo de Estrada, que dejan aquí constancia del año, mes, día y exacta hora en que tan importantes actos se efectuaron”.

Cosas de pueblo son todas estas cosas, y por tanto muy sabrosas.

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Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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