El giro político que necesita Trump
COMPARTIR
Trump ignora la simple idea de que hay más -y mejores- formas de ayudar a la industria manufacturera estadounidense y a sus trabajadores marginados que simplemente debilitando el dólar
Por Glenn Hubbard, Project Syndicate.
NUEVA YORK- La administración del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, considera que el estatus del dólar como moneda de reserva ha inclinado el campo de juego a nivel global en contra de Estados Unidos y ha socavado la competitividad del país. Aunque se equivoca en lo que respecta al dólar, la Casa Blanca tiene razón en una cuestión que los economistas -quienes, a diferencia de los votantes, abstraen los efectos distributivos del tipo de cambio- suelen ignorar. A medida que se acercan las elecciones de mitad de mandato de noviembre, la administración necesita un cambio de rumbo en su política si quiere alcanzar sus objetivos de reequilibrio y fortalecer la economía estadounidense.
Sin duda, el papel global del dólar, en igualdad de condiciones, aumenta su valor, pero también hace que Estados Unidos registre déficits de cuenta corriente mayores de lo que tendría de otro modo. Sin embargo, centrarse únicamente en los desafíos de una moneda de reserva pasa por alto sus beneficios y, lo que es más importante, las herramientas de política no arancelaria que pueden abordar los efectos colaterales internos -que fueron el motivo de los aranceles del “Día de la Liberación” de Trump, cuyo objetivo era frenar las importaciones y promover las exportaciones.
Los economistas han respondido a las preocupaciones de la administración Trump sobre las líneas de swap de divisas de la Reserva Federal de Estados Unidos con bancos centrales extranjeros argumentando que son una característica, y no un defecto, inherente a la posición del dólar, que obliga a Estados Unidos a suministrar dólares cuando sea necesario. También han señalado que, si bien los déficits de cuenta corriente pueden estar asociados a un dólar fuerte, Estados Unidos ha experimentado grandes desequilibrios comerciales, con la consiguiente inquietud, incluso cuando el valor del dólar en el mercado de divisas ha sido relativamente bajo.
Los economistas, en cambio, hacen hincapié en el “privilegio exorbitante” del dólar, que incluye menores costos de endeudamiento y la capacidad de imponer sanciones financieras a adversarios geopolíticos. Asimismo, argumentan que los aranceles no son una respuesta eficaz al impacto del dólar en las exportaciones estadounidenses, ya que elevan los costos de fabricación nacionales (aproximadamente la mitad de las importaciones estadounidenses son bienes intermedios) y no reducen los desequilibrios macroeconómicos que generan el déficit comercial general.
Estos argumentos son correctos, pero también incompletos. De hecho, las preocupaciones de Trump reflejan una cuestión crucial de economía política: las implicancias distributivas del dominio del dólar.
Para entender por qué, consideremos la gestión de Robert E. Rubin como secretario del Tesoro de Estados Unidos durante la administración Clinton. Su lema era que “un dólar fuerte es bueno para Estados Unidos”. Podría haberse referido a las características de la economía estadounidense que sustentan el estatus del dólar, como la estabilidad institucional y política y la solidez de sus mercados financieros. Sea cual fuere el significado exacto, su postura reflejaba la opinión predominante en Wall Street, que se beneficiaba de la fortaleza del dólar que implicaba su condición de moneda de reserva.
Pero, a pesar de todos los beneficios que les reporta a financieros y consumidores, un dólar más fuerte dificulta la competencia global de la industria estadounidense, en detrimento del empleo industrial, los ingresos y las comunidades. La postura de Trump recuerda, por lo tanto, el tira y afloja político que se produjo en 1925 en el Reino Unido en torno al retorno de la libra esterlina a su tipo de cambio anterior a la Primera Guerra Mundial bajo el patrón oro. A pesar de apoyar los intereses financieros y la fortaleza de la libra, el entonces ministro de Hacienda, Winston Churchill, afirmó: “Prefiero ver a las finanzas menos orgullosas y a la industria más satisfecha”.
La agenda económica de Trump reconoce los efectos adversos de la globalización y los avances tecnológicos en ciertos sectores de la sociedad estadounidense, en contraste con el énfasis que los economistas ponen en los promedios y los beneficios generales. Sin embargo, Trump ignora la simple idea de que hay más -y mejores- formas de ayudar a la industria manufacturera estadounidense y a sus trabajadores marginados que simplemente debilitando el dólar. Tiene a su disposición varios instrumentos de política que pueden abordar las preocupaciones de estos votantes y ayudar a alcanzar los objetivos de su administración, preservando al mismo tiempo el apoyo al papel del dólar como moneda de reserva.
Para empezar, la administración puede impulsar un sector industrial robusto aumentando la financiación pública para la investigación básica, que impulsa el desarrollo tecnológico, y una red de centros de investigación aplicada para difundir los avances en los procesos industriales. También será crucial agilizar las aprobaciones regulatorias para la construcción y la transmisión de electricidad.
En segundo lugar, para ayudar a los trabajadores a desarrollar nuevas competencias, la administración podría destinar más recursos a los centros de formación comunitarios, mientras que una ampliación sustancial del crédito fiscal por ingresos del trabajo aumentaría las recompensas por el trabajo. Por último, una ayuda más específica y adaptada a cada lugar podría ayudar a aquellas zonas que se enfrentan a graves trastornos derivados de la globalización y la tecnología.
Al centrarse en los problemas asociados a un dólar más fuerte, Trump y sus asesores económicos han planteado un viejo interrogante de una forma novedosa. Su error radica en insistir en responderlo con el instrumento equivocado. Debilitar el dólar, incluso erosionando la previsibilidad de las políticas y las instituciones económicas que sustentan su hegemonía, exacerbará las dificultades de acceso a la vivienda a las que se enfrentan muchos estadounidenses y perjudicará la situación fiscal del país. La pregunta ahora es si la administración comprenderá a tiempo la necesidad de un cambio de rumbo en sus políticas para influir en las elecciones de mitad de mandato. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Glenn Hubbard, expresidente del Consejo de Asesores Económicos de Estados Unidos bajo la presidencia de George W. Bush, es profesor de Economía y Finanzas en la Universidad de Columbia.