María Elisa: la saltillense que encuentra en la bicicleta una competencia con sí misma
Esta historia va más allá de ganar o perder una competición; se trata de confiar en el proceso, trabajar en el mismo y aprender a valorar cada avance logrado
La carrera empezó con incomodidad. El cuerpo no respondía como debía, pero tampoco se había roto. El Gran Fondo de Millars, en España, es una prueba larga y en eventos así a veces no basta con sentirse bien.
María Elisa Mejía Cárdenas vio cómo una ciclista cayó frente a ella. Tuvo que frenar, cambiar el ritmo y recuperar el terreno perdido. Otra competidora tomó ventaja, intentó alcanzarla y ahí estuvo el error.
La subida era larga, de casi ocho kilómetros, y María no la había estudiado con el detalle que necesitaba. Apretó más de la cuenta para cerrar la diferencia sin saber cuánto faltaba ni cuánto le iba a cobrar ese esfuerzo más adelante.
“Atacar en una subida te vacía”, reconoce María. Le ocurrió, el esfuerzo la drenó pero no la sacó de la carrera.
Administró lo que le quedaba y terminó segunda en su categoría. En el gran fondo compitió al mismo tiempo con hombres y mujeres. Y con este resultado consiguió su clasificación al UCI Gran Fondo World Championships.
Dos días antes de la carrera María Elisa todavía no estaba pensando en atacar una subida ni en pelear un podio, estaba tratando de llegar. Viajó en ferry con la bicicleta, las maletas y el equipo. Durmió mal, acumuló cansancio y llegó al día de la prueba con el cuerpo cortado, como si estuviera a punto de enfermarse. Aun así, se subió a la bicicleta.
El gran aprendizaje más allá del triunfo fue que en el ciclismo no basta con tener fuerza, también hay que aprender a leer la ruta, el cuerpo y la mente.
Hace poco ese aprendizaje le volvió a cimbrar en la cabeza. En Mallorca ganó en su categoría en la OK Mobility. La diferencia esta vez estuvo en la preparación. Estudió mejor la ruta, identificó los puntos complicados y corrió con más control. Había muchas subidas, pero no la sufrió igual, no porque fuera más fácil, sino porque llegó con otra lectura.
Entre una carrera y otra hubo una evolución clara. En Millars reaccionó y en Mallorca compitió con más cabeza.
LA BICICLETA LA ENCONTRÓ
María Elisa no empezó en el ciclismo desde niña ni creció compitiendo en clubes. Su primer acercamiento fue durante un intercambio académico en Australia, acompañando a su amiga Daniela Morales, también saltillense, a recorrer senderos en bicicleta.
En ese momento no entrenaba ni se consideraba ciclista. La bicicleta era una forma de turistear, de moverse distinto, de llegar a lugares que probablemente no habría conocido de otra manera. Ahí aprendió a sentirse cómoda sobre la bici, incluso a encliparse, pero todavía no hablaba de rendimiento, estrategia o competencia.
Evolucionó en su regreso a México. En la Huasteca regiomontana empezó a rodar con seriedad. Encontró grupos de entrenamiento, rutas exigentes y personas que entendían la bicicleta como algo más complejo que salir a pedalear.
A los pocos meses se ganó el apodo de “La Huasteca”, por qué entrenaba sola todos los días muy temprano en esa ruta.
Para poder progresar, sin embargo, notó que debía ser más estricta y hacerle caso a un coach. “No puedes auto entrenarte, necesitas que alguien que sepa te ayude”, reflexiona.
Por eso María Elisa no improvisa, confía en el método. Sigue sus planes de entrenamiento, escucha a sus entrenadores y entiende que hay decisiones que no le corresponden a la intuición, sino al conocimiento técnico. Para ella, decidir por ocurrencia qué entrenar sería como decirle a una nutrióloga qué debe ponerle en la dieta.
UN VALOR PROPIO
Gracias a su formación como biotecnóloga encontró en el ciclismo un lenguaje familiar lleno de datos, medición, adaptación y progreso. Mide watts, frecuencia cardiaca, cadencia, terreno, sueño y alimentación. Así no solo siente que mejora, puede verlo.
Al inicio podía sostener cerca de 130 watts con una frecuencia cardiaca aproximada de 140 pulsaciones. Hoy puede sostener cerca de 180 watts con el mismo pulso.
“Soy una persona muy intensa. Me gustan los retos difíciles”, dice.
Esa intensidad no se queda arriba de la bicicleta. María Elisa trabaja en una empresa creativa, estudia una maestría en mercadotecnia y negocios, y ha buscado una vida laboral que le permita entrenar. Un horario rígido de oficina difícilmente le daría la flexibilidad que necesita para sostener el ritmo de competencia. Hay días en los que entrena por la mañana, otros por la tarde, y otros en los que ajusta sus sesiones entre juntas, trabajo y estudio. Su rutina no gira alrededor del tiempo libre, el entrenamiento tiene un lugar propio.
También ha cambiado su relación con el descanso. Durante un tiempo todavía se desvelaba y al día siguiente intentaba cumplir como si nada. Iba al gimnasio temprano incluso después de dormir pocas horas. Con el ciclismo notó que ese estilo de vida le costaba demasiado.
Tras investigar sobre el sueño y su impacto, comenzó a valorar lo que antes parecía secundario: llegar descansada.
Lo cuenta como una decisión práctica. Si una salida le quita energía y no le da algo valioso a cambio, deja de tener sentido.
La disciplina, dice, viene en parte de casa. De su madre aprendió la autoexigencia y de su padre el orden de los horarios. No sabe exactamente de dónde nace su intensidad. Quizá, piensa, hay algo de eso con lo que se nace. Pero sí sabe que la bicicleta le dio una forma concreta de dirigirla.
Por eso el ciclismo le gusta tanto, porque no le permite esconderse. Entrenar en grupo puede ser más cómodo porque el draft protege del aire, el esfuerzo se reparte, el ritmo se vuelve más llevadero. A veces prefiere entrenar sola porque siente que ahí se exige más, no hay dónde ocultarse y si el plan marca un esfuerzo específico, lo tiene que sostener.
Cuando el cuerpo llega al límite y aparece una voz que pide parar, María Elisa la identifica casi como algo externo. En esos momentos intenta responderse con otra idea más simple: “sí puedes”.
“La bici se sufre”, dice. “Cada vez aprendes a tolerar más sufrimiento”. Para ella, el sufrimiento en el ciclismo también se aprende a interpretar. No siempre significa detenerse, a veces significa regular, respirar, administrar y seguir.
El reto mental, comenta, puede drenar más que el físico. En el pelotón hay que ir atenta todo el tiempo. A 50 o 60 kilómetros por hora, una mala colocación puede dejarte atrás. Si te cortas del grupo, puedes terminar haciendo el doble de esfuerzo que quienes van mejor posicionados. Ella describe el pelotón como un remolino, pues si no sabes mantenerte, la carrera te va tragando.
Por eso la importancia de estudiar más las rutas, de visualizar los puntos complicados y preguntar dónde se puede romper el grupo, dónde hay bajadas técnicas, curvas peligrosas o subidas decisivas. Que otros ojos le ayuden a leer la carrera le quita carga mental, le permite llegar con una idea previa del terreno y transformar el nervio en energía útil.
También escribe después de competir. Registra lo que pasó, lo que sintió, lo que pudo hacer distinto. Le ayuda a no quedarse solamente con la frustración. En una carrera, por ejemplo, perdió contacto con dos ciclistas muy fuertes y sintió que su oportunidad se había terminado. Después entendió que no era cierto, la carrera seguía, aunque ya no fuera como ella quería.
Ahí, dice, le ganó el ego. Ese tipo de aprendizajes han marcado su avance. No se trata solo de pedalear más fuerte, sino de competir mejor y no permitir que un error defina toda la prueba.
Actualmente vive en Palma de Mallorca, donde encontró un entorno de competencia mucho más constante que en México. Puede correr con frecuencia, rodearse de ciclistas de mayor nivel y aprender más rápido. Sabe que muchas mujeres en la élite llevan años en el deporte, algunas desde niñas. A veces esa diferencia aparece como una voz incómoda, pero también como motivación de que todavía tiene margen, todavía puede crecer, todavía hay tiempo.
El mundial en Japón será para ella una meta parcial, una nueva oportunidad, un nuevo test. Después vendrá otro.
Lo que la mueve no es solo ganar una carrera, sino demostrarse que puede sostener el proceso. Que el trabajo, la disciplina y la paciencia construyen algo real. Si gana, aprende. Si no gana, también. Su competencia es ella misma.