El Nudo Gordiano. Lo que los imperios dejan a su paso

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Opinión
/ 9 abril 2026

La pregunta entonces resulta inevitable: ¿qué está dejando el Imperio Americano a su paso por la historia contemporánea?

Los grandes imperios de la historia no solo conquistan territorios: también dejan huellas profundas que el tiempo difícilmente borra. Roma es el ejemplo más elocuente que la historia registra. Por donde avanzaban sus legiones surgían ciudades con acueductos que llevaban agua limpia a miles de personas, calzadas de piedra que conectaban los extremos del mundo conocido, anfiteatros imponentes, foros públicos y mercados llenos de vida cotidiana. Roma entendió algo que pocos gobiernos han comprendido: para gobernar a un millón de personas en una sola ciudad, primero hay que mantenerlas vivas, alimentadas y satisfechas. El pan y el circo no fueron solo entretenimiento barato; fue una estrategia deliberada de cohesión social. Alimentar al pueblo era, en el fondo, una manera inteligente de gobernarlo sin recurrir permanentemente a la represión.

Los griegos legaron al mundo la filosofía, la geometría, la democracia y el teatro como herramienta colectiva para comprender la condición humana. Los españoles, con todas sus contradicciones históricas y violencias documentadas, dejaron un idioma que hoy hablan quinientos millones de personas, universidades, catedrales y una mezcla cultural que dio origen a pueblos nuevos en América. Cada gran imperio, al caer, dejó algo concreto que sobrevivió a su propia decadencia y que todavía podemos tocar o recorrer.

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La pregunta entonces resulta inevitable: ¿qué está dejando el Imperio Americano a su paso por la historia contemporánea?

Para responderla hay que mirar no solo el presente, sino el patrón que se repite desde los orígenes mismos de ese país. En noviembre de 1864, el coronel John Chivington ordenó el ataque al campamento indígena de Sand Creek, en Colorado, donde descansaban en paz familias cheyennes y arapahos bajo una bandera de tregua acordada con el gobierno americano. La mayoría de los habitantes del campamento eran mujeres, niños y ancianos. La masacre fue total. Cuando alguien cuestionó la orden de matar también a los niños, Chivington respondió con una frase que condensa toda la filosofía del exterminio: “Las liendres crean piojos”. Esa sentencia, pronunciada hace más de ciento sesenta años, resuena con una actualidad escalofriante. En abril de 2026, Donald Trump publicó en su red social que “toda una civilización morirá esta noche y nunca volverá a ser resucitada”, refiriéndose a Irán. Y cuando se le preguntó si bombardear infraestructura civil constituía un crimen de guerra, respondió que los iraníes “estarían dispuestos a sufrir eso con tal de tener libertad”. La distancia entre Chivington y Trump no es de principios. Es solo de siglos.

Antes de bombardear, el Imperio Americano perfeccionó un arma más silenciosa y más devastadora que cualquier misil: la guerra psicológica. Sus unidades militares de operaciones psicológicas llevan décadas aplicando tácticas de desinformación sobre poblaciones civiles, sembrando narrativas diseñadas para desmoralizar a quienes consideran enemigos. Contra Irán, esa maquinaria ha operado sin descanso: acusaciones de armas nucleares presentadas como certezas, campañas sobre la ausencia de libertades civiles, el sometimiento de la mujer convertido en argumento de guerra. Todo ello orquestado por un país que en su interior persiguió sistemáticamente a organizaciones de izquierda, que suprime la disidencia con el mismo rigor que condena en otros, y que justifica cada bomba con la bendición de Dios; el mismo Dios que invocan quienes acusan a Irán de teocracia. Amnistía Internacional calificó las amenazas de Trump como posible incitación al genocidio. El Papa León XIV las declaró “verdaderamente inaceptables”. La propia oposición republicana en el Congreso exigió que se le aplicara la Enmienda 25. Cuando el presidente de la nación más poderosa del mundo amenaza con destruir una civilización de noventa millones de personas, el mundo entero reconoce el eco de algo que ya ocurrió antes, en Sand Creek y en muchos otros lugares que la historia oficial prefiere olvidar.

Los medios de comunicación se convirtieron en las nuevas armas de este Imperio. Ya no es necesario enviar tropas para someter a un pueblo: basta con controlar el relato, repetir durante años que el enemigo es un monstruo, hasta que nadie cuestione el bombardeo cuando llegue. No dejó acueductos. Dejó bases militares. No dejó calzadas que unieran comunidades. Dejó fronteras y muros que separan familias. Se apoderó de la mitad del territorio mexicano en 1848. Convirtió a Puerto Rico en una colonia disfrazada de Estado Libre Asociado. Intervino militarmente en decenas de países cada vez que sus intereses económicos se vieron amenazados.

El ciudadano común norteamericano vive atrapado en una economía de papel y deuda perpetua: comprando a plazos lo que no puede costear, endeudándose para estudiar o curar sus enfermedades, hipotecando su futuro para tener un techo digno. Las élites acumularon riqueza de manera desproporcionada mientras la clase trabajadora veía desaparecer sus empleos, sus fábricas y su dignidad.

Roma cayó. Grecia cedió su hegemonía. España perdió su vasto imperio. Los grandes imperios tienen principio y fin inexorables; esa es la ley constante de la historia humana. La diferencia real está en lo que dejan cuando se van. Roma dejó una civilización tangible y duradera. El Imperio Americano está dejando, por ahora, una advertencia urgente: que el poder sin cultura, sin justicia y sin el menor respeto por la vida humana no construye legado. Solo acumula ruinas, cadáveres y la memoria imborrable de los pueblos que sobrevivieron para contarlo.

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Regidor por MORENA en la Ciudad de Saltillo. Soy doctorado por la Universidad Hebrea de Jerusalén.

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