El que tiene tienda que la atienda

Opinión
/ 20 mayo 2023
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De mucho valor hubieron de echar mano todos los pequeños comerciantes que en el viejo Saltillo tenían sus tiendas, aquellos pequeños tendajos cuyas puertas se abrían antes de salir el sol y se cerraban mucho tiempo después que el sol se había metido. Tiendas de barrio aquellas, entrañables, que formaban parte de la vida cotidiana de los saltillenses. Los tiempos que se vivían eran muy difíciles y los compradores no podían comprar más que de fiado, y no podían vender los vendedores sino fiado.

Había un sistema llamado “de libreta”. Una tenía el cliente, otra el comerciante, y en las dos se anotaban las compras y ventas que se hacían. Periódicamente -en la quincena, al fin de mes- las dos libretas se confrontaban, se hacían cuentas, se pagaba y a comenzar de nuevo.

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Disposición muy generosa la de aquellos comerciantes, que a más de crédito daban también pilón. ¡Ah, el pilón! La estulticia y la mezquindad de estos empecatados tiempos que vivimos han acabado con aquella benemérita institución de mi niñez y la de todos los que vivieron antes de estas aciagas épocas. Nuestras mamás nos mandaban a la tienda y nosotros, que para cualquier otro mandado éramos renuentes y remisos, al de la tienda íbamos con pies más que ligeros. Como dicen, el interés tiene pies, y aquí el interés era el pilón, que consistía en un pequeño obsequio que el comerciante, a fuer de agradecido, hacía al comprador. Los niños lo recibíamos gozosos: un dulce, un chicle -entonces todavía gran novedad-, un pedazo de piloncillo sabrosísimo. Ningún niño salía de los tendajos sin pilón. Llegó uno y dijo al comerciante:

-Don Manolito, ¿no me cambia por favor este veinte por cuatro pepas?

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Las cuatro pepas dio el tendero, monedas de cinco centavos que mostraban la efigie muy severa de doña Josefa Ortiz de Domínguez, La Corregidora (los traviesos sacaban una pepa y te decían: “Fíjate bien y le verás las pompis a doña Josefa’’. Pese a lo poco atractivo que aun dando con el objeto buscado tenía tal visión, dábamos vuelta por todos lados a la moneda, a ver si en los trazos del dibujo podíamos ver algo que siquiera tuviera el más remoto parecido con una región glútea. Al fin nos confesábamos vencidos. “¿Qué? -nos decía entonces el bromista-. ¿Por un quinto se las querías ver?). Le cambió pues su veinte el comerciante al chico. Y después que éste hubo recibido los cuatro cincos, dijo al tendero con firmeza:

-Me da mi pilón, si es tan amable.

Así, con libreta y pilón, en largas jornadas agobiantes, yendo por aquellas calles oscuras muy de madrugada para traer la leche y el pan que poco después buscarían los parroquianos para su desayuno; haciendo en la trastienda velas de cera o parafina; hora tras hora pesando medidas de maíz y de frijol; haciendo alcatraces de papel periódico y de estraza; vendiendo leña antes y petróleo después, catorce horas o más todos los días; cerrando sólo el domingo después de comer para abrir antes de cenar, marido y mujer alternándose en el mostrador, mientras uno iba a comer el otro despachaba, y así día tras día, y mes tras mes y año tras año. ¡Qué tiempos!

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