El retrato de Bob Ross
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Por: Ruth Elizabeth García Flores
¿Qué podría pasar si un adolescente va a una fiesta de disfraces? Probablemente su respuesta sea que accidentes. Y están en lo correcto, aunque no creo que adivinen las consecuencias de mis actos. Con octubre y sus espíritus rondando, las reuniones de estudiantes eran cosa de todos los días. Claramente no pretendía asistir, lo mío no eran los eventos sociales. Pensé en quedarme en casa y por fin terminar un cuadro que llevaba días pintando; pero ir a la fiesta era la única oportunidad de sacar a relucir mi increíble disfraz de Bob Ross, quien era mi inspiración en la materia, y educar a aquellos con falta de cultura que preguntan de qué o quién estoy vestido.
Cuando llegué a la dirección de la fiesta, me di cuenta de lo insoportable que era todo: el sonido retumbando, luces cegadoras y la temperatura de un horno. Estar ahí era peor que cualquier tortura de la Edad Media. Adolescentes fumando, tomando y bailando era el paisaje que me daba la casa de alguien, anfitrión que tampoco conocía. Sin saber bien qué hacer me dirigí a las bebidas. Mi plan era quedarme ahí hasta que alguien que buscara un trago notara mi atuendo. No era lo más emocionante del mundo, pero no tenía más opciones. Pasé una hora de pie y nadie siquiera me habló por curiosidad hasta que vi a Alex acercándose.
Cuando nos saludamos, él me dijo al oído que probara una pastilla que había creado. Por la música no entendí ni la mitad de las palabras que salieron de su boca. Lo que escuché claro fue: “Te hará viajar”. Cansado de solo estar parado, decidí probarla para mezclarme con los demás y ser parte del ambiente.
De inmediato me sentí mal, me invadió un dolor de cabeza terrible. Traté de hallar un espacio tranquilo, al menos en donde me pudiera sentar. Al no encontrar nada adecuado y sintiendo que me iba a desmayar, opté por el cuarto de baño. El olor de azufre combinado con cerveza fermentada era asqueroso. De un momento a otro la vista me fallaba y el suelo temblaba bajo mis pies.
En poco tiempo se encontraba el increíble intento de Bob Ross en un lugar no tan increíble. Si bien usar la enorme peluca provocaba calor, las llamas eran otro nivel. Cuando estás a punto de ser quemado en la hoguera sin previo aviso, las preguntas son constantes. ¿Esto es parte de la fiesta? ¿Cambiaron la temática? ¿Me reconocen? Demasiadas preguntas y dos problemas. En primer lugar, mi reputación está acabada. Llevo aquí una hora y en cierto modo los demás pensarán que estoy en el baño haciendo cosas raras. Después está la multitud de gente. Todos alrededor están gritando que arda, acusándome de brujería. ¿Brujería? Modestia aparte, la única magia que puedo mostrar es con mi pincel.
En ese momento donde la muerte está cerca, dicen que puedes ver tu vida pasar frente a tus ojos en segundos y así fue. Por eso recordé lo que un viejo maestro me dijo y es que se puede llegar al corazón de las personas a través del arte. Pedí a gritos que me dejaran demostrar mi inocencia. Les expliqué que lo que tenía en mi ropa no era una barita mágica sino un simple pincel personalizado a mi gusto de cabo a rabo. En definitiva, era muy moderno para la época. Entendí que comprar uno de los pinceles naturales más costosos del mercado con cerdas suaves de marta, customizarlo y traerlo a la fiesta para presumir, no fue lo más sensato. Controlé mi pánico y conseguí lo más parecido a un lienzo elaborado con trozos de madera y tela; luego con una mezcla de ingredientes pude hacer pintura de distintos colores. El cuadro que me hubiera tomado días terminar estaría listo en unas horas. El temor a perder la vida es un gran incentivo.
A pesar de no entenderla, todos se quedaron sorprendidos por la obra y cuando apenas iba a explicarla fui transportado nuevamente a la fiesta. Había terminado el efecto de la pastilla y yo desperté acostado en el baño. Miré el reloj y solo pasaron unos minutos.
Cuando salí me encontré con mi amigo Alex y le pregunté sobre lo que me había dado. Él me miró raro y dijo que de seguro bebí demasiado. También alabó mi disfraz diciendo que era el mejor de todos los Bob Ross que había visto en la fiesta. Me quedé pensando en eso. Según recordaba, no había nadie más vestido como yo. Cansado de esta noche salí del lugar y me dirigí a mi casa.
Mientras me quitaba los zapatos y alistaba para dormir, no dejé de pensar en mi experiencia con la píldora. Busqué en Internet el nombre de Robert Norman Ross. Para mi sorpresa ahora era muy conocido por sus obras, sobre todo por aquella pintura que data de la Edad Media con el peculiar estilo del artista norteamericano y presentador de televisión. Además, había dibujos de esa época donde se muestra a una persona con un gran parecido al famoso pintor.
Puede que la pastilla sólo durara unas horas, pero el cambio que hice será permanente. A final de cuentas, mi objetivo se cumplió. Bob Ross es conocido hasta por los más incultos como un pionero del arte.
RUTH ELIZABETH GARCÍA FLORES (Cuatro Ciénegas, 2006). Cursa el cuarto semestre de la carrera Técnico en Ofimática en el CBTa No. 22. Mostró desde pequeña su interés por la gran variedad de artes. Probó desde instrumentos a pinturas, pero con el tiempo descubrió que lo que realmente le apasionaba era el dibujo y los relatos. Cuando conoció el taller de narrativa, lo vio como el camino a seguir para unir ambas facetas. En 2022 publicó su relato “Divino origen” en el diario Vanguardia de Saltillo.