El tuerto

Opinión
/ 20 septiembre 2021

En la cineteca de Radio Concierto tenemos películas de todas clases, que compartíamos con un amable público antes de que la pandemia nos llegara. Hace años presentamos un ciclo de westerns, o sea películas del Oeste. El género es importante, y no debe ser menospreciado. En cierta ocasión me sentí profundamente herido. Estaba viendo en mi estudio ese film inmortal, “Shane”, y llegó mi nieta mayor, Mariana. Le echó un vistazo a la pantalla y luego salió del cuarto. Oí que mi esposa le preguntó:

-¿Qué está haciendo tu abuelito?

Respondió Mariana:

-Está viendo una película de rancheritos.

¡Dios mío! ¿Rancheritos aquellos épicos héroes con pistola, como John Wayne en “Río Bravo”, James Stewart en “Winchester .73”, Gary Cooper en “High noon”, o Alan Ladd en la ya citada “Shane”?

Adolfo Bioy Casares escribió que el western es el último género clásico tanto en el cine como en la literatura. En efecto, al modo de la tragedia griega los personajes de las películas de vaqueros son siempre los mismos. Nuestra infancia de matinés en el “Palacio” tenía bien clasificados a aquellos invariables arquetipos: “el muchacho”, es decir el héroe; “la muchacha”, o sea la heroína, con la que “el muchacho” se quedará al final; “el malo”, o sea el villano; “el viejito” -generalmente Walter Brennan-, un bondadoso anciano con experiencia de la vida; “el amigo”, leal compañero del héroe, y que muchas veces se sacrificaba por él; “el chistoso”, equivalente del bobo en el teatro del Siglo de Oro español, casi siempre Slim Pickens... Los mismos y lo mismo. A esa permanente unidad se le llama clasicismo.

Pero vuelvo a aquel ciclo que hace algún tiempo presentamos en Radio Concierto. Una de las películas fue “The rare breed” -algo así como “La extraña raza”-, que en español se llama “Sangre de toro bravo”. Nada tiene qué ver ese espantoso nombre con el tema del filme: la llegada de la raza vacuna inglesa Hereford, los “carablancas”, a las llanuras texanas, habitadas por las reses longhorns, ganado criollo de grandes y abiertos cuernos.

En esa película aparecen el arriba citado James Stewart y la irlandesa Maureen O’Hara, que se veía muy bien en blanco y negro y mejor todavía en technicolor, pues era espléndidamente pelirroja, y sin ayuda de Miss Clairol. “El malo” de la película es Jack Elam, actor de cine que hizo de su fealdad su capital mayor. En un pleito juvenil perdió el ojo izquierdo, y en el derecho tenía una mirada bizca, como de soslayo -”de sololayo” decía un pueblerino que quería pasar por culto-, que le daba un aspecto siniestro y repulsivo.

Gracias a esa traza feroz Elam se volvió indispensable como villano. Apareció en decenas de películas, ya haciéndola de gangster feroz, ya de malvado gatillero del salvaje Oeste. Actuó en “Vera Cruz”, pésima película que filmó Burt Lancaster; en otro western clásico, “Duelo en O.K. Corral”; en “Baby Face Nelson”; en “Río Lobo”, y en aquella película de horror, “El monstruo de la laguna negra”, que antes hacía gritar y ahora haría reír.

Si alguien puede justificar el viejo dicho: “No hay mal que por bien no venga”, ése es Jack Elam. Fue actor de cine gracias a haber quedado tuerto. No cabe duda: hay bendiciones disfrazadas.