Elogio de la calle (II)

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Opinión
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El aspecto material de las ciudades es, precisamente, aquello tangible que las conforma. Desde todos los seres vivos que las habitan hasta el edificio más alto y monumental; pero también cada uno de sus vacíos, sus márgenes y sus intersticios forma parte de ellas. Sin embargo, la ciudad no termina en aquello que podemos ver o tocar.

Henri Lefebvre explica, en La revolución urbana, que lo urbano va más allá de los límites de la ciudad. Es decir, plantea que este concepto —lo urbano— se convierte en una condición capaz de reorganizar el territorio y las relaciones sociales, extendiéndose más allá de sus propios límites físicos.

El autor introduce posteriormente una tríada que permite leer el espacio de una manera integral: el espacio percibido, referido a su dimensión física y material, pero que incluye también las prácticas cotidianas, los recorridos y los flujos; el espacio concebido, una dimensión más especializada en la que intervienen urbanistas, arquitectos, instituciones en la que se manifiestan el conocimiento y el poder de quienes toman decisiones sobre las ciudades; y, finalmente, el espacio vivido.

Este último elemento de la tríada lefebvriana, quizá el más abstracto, corresponde a los espacios de representación simbólica: a la manera en que los habitantes sienten, recuerdan e imaginan los lugares como parte de su experiencia afectiva y cultural.

En la entrega pasada comenté en este espacio acerca de la dimensión simbólica de la calle, a partir de la intención —propuesta, o ¿acaso hecho? — de cambiar el nombre de una de ellas. Es precisamente en este punto en donde me gustaría detenerme y ampliar la reflexión: ¿de qué manera el lenguaje conforma o modifica nuestra percepción de la ciudad?

Lo que no se nombra difícilmente se reconoce. A través del lenguaje nos comunicamos; este constituye una parte fundamental de nuestra identidad y participa incluso en la manera en que organizamos nuestros pensamientos. Sin embargo, las ciudades también poseen un lenguaje propio.

Las ciudades comunican a través de sus componentes. Imagine usted, por un momento, que cada elemento de la ciudad fuera una letra o una palabra que, al relacionarse con otra, construyera una frase susceptible de ser comprendida, interpretada y, de alguna manera, “leída”. A estas relaciones y conexiones podríamos aproximarnos desde lo que se conoce como sintaxis espacial o urbana.

Así, cuando vemos una calle angosta sabemos —o al menos intuimos— que no debería recorrerse a gran velocidad; cuando encontramos un espacio abierto, poblado de árboles y bancas, reconocemos probablemente una plaza. Una banqueta, una fachada, una esquina, un umbral o una avenida nos proporcionan información acerca de cómo movernos, dónde permanecer y de qué manera relacionarnos con los demás. La ciudad, en ese sentido, se encuentra permanentemente diciéndonos algo.

Pero existe otro lenguaje, menos material y más simbólico, cada ciudad, cada barrio, cada edificio, cada plaza y cada calle posee una denominación que nos permite identificarlo mediante las palabras. Nombrar los lugares nos permite ubicarlos, pero también incorporarlos a nuestra memoria.

La ciudad comunica entonces su identidad por medio de sus componentes, pero también a través de los nombres que decidimos conservar y de aquellos que decidimos borrar.

La acción de nombrar algo no es completamente neutra. Cuando se decide conservar, sustituir o recuperar el nombre de una calle, se está discerniendo también entre aquello que se desea recordar y aquello que se está dispuesto a olvidar. Esta acción atraviesa, de alguna manera, las distintas dimensiones de la tríada mencionada: constituye una decisión sobre un espacio físico y material, pero es también una decisión política, cultural y simbólica sobre nuestra memoria.

Como dice Italo Calvino: las ciudades son, entre otras cosas, signos de un lenguaje, cambiar el nombre de una calle no altera inmediatamente la manera en que la recorremos o la reconocemos a partir de sus componentes físicos. Sin embargo, sí modifica una de las capas de su patrimonio simbólico. Es ahí, en lo que conservamos y en lo que dejamos desaparecer, donde se revela una de las formas de construir y conservar la memoria.

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Argelia Isabel Dávila del Bosque es doctora en Arquitectura y Urbanismo por la UAdeC, grado que obtuvo con Mención Honorífica en 2024 y con el Premio a la Mejor Tesis Doctoral en 2025. Desde 2020 es profesora investigadora con perfil PRODEP en la Facultad de Artes Plásticas Prof. Rubén Herrera, donde fundó y coordinó el programa de posgrado acreditado ante el Sistema Nacional de Posgrados de SECIHTI.

Su trabajo enlaza investigación académica y creación artística. Fue becaria del PECDA Coahuila en 2012 en el área de patrimonio y, en 2021, en la categoría de creadora con trayectoria. Coordinó Umbrales. El centro de Saltillo. Visiones desde la transdisciplina, libro que obtuvo el primer lugar nacional en publicación editorial en 2023. En 2025 publicó Hybris Vernacular, obra que también recibió el primer lugar nacional de diseño en la categoría de publicaciones. Como periodista cultural, ganó el Premio Armando Fuentes Aguirre “Catón” en su 23ª emisión, categoría Prensa. Además coordina la plataforma In Signia, dedicada al estudio, promoción y preservación del patrimonio y los símbolos que conforman la identidad de Saltillo. Colaboradora en revistas de divulgación nacionales y regionales, es evaluadora de artículos científicos, proyectos artísticos y programas de posgrado. También se desempeña como analista, gestora y asesora en reglamentación urbana. Sus líneas de investigación se centran en el patrimonio, los imaginarios urbanos y los emblemas simbólicos, así como en la concepción, circulación y consumo de la imagen y su papel en la construcción de la cultura.

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