Espacios laborales sin violencia

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Opinión
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Construir una vida laboral libre de violencia no es una aspiración ingenua ni una utopía distante; es una responsabilidad ética y jurídica que requiere transformar la forma en que concebimos el trabajo y a quienes lo realizan

Hace un par de años, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y la Lloyd’s Register Foundation-Gallup realizaron la primera encuesta mundial sobre violencia y acoso laboral, y encontraron que al menos el 25 por ciento de las personas trabajadoras han sufrido algún tipo de violencia en su vida laboral. Quizá este porcentaje parezca poco, pero en términos netos, estamos hablando de casi 750 millones de personas en todo el mundo. Y de ese universo, más del 60 por ciento ha denunciado que la violencia física, sexual, psicológica o económica que experimentaron se ha repetido en varias ocasiones.

Cuando hablamos de violencia, es importante nombrar las conductas que la constituyen. Respecto a lo físico, puede ser: golpear, empujar, abofetear, arañar, arrojar o atacar con objetos, bloquear el paso o destruir pertenencias de la persona. Por su parte, la violencia sexual se puede manifestar con comentarios, gestos, tocamientos, miradas, rumores, solicitudes persistentes o mensajes de contenido sexual.

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En lo que se refiere a la violencia psicológica, existe una gran variedad de modalidades: aislamiento social (excluir o ignorar sistemáticamente); los ataques a la reputación (rumores falsos, ridiculizar, hacer comentarios despectivos); manipulación del trabajo (privar del reconocimiento por lo realizado, cambiar constantemente las directrices, establecer plazos irreales); intimidación (amenazas o vigilancia); gaslighting (cuestionar la memoria, la percepción o la cordura de la víctima o negar hechos evidentes); y la crítica destructiva (ataques y humillaciones de forma pública).

Finalmente, la violencia económica incluye el no respetar la jornada laboral (horas y días de descanso); exigir que se esté disponible en cualquier momento; prestaciones inferiores a los mínimos legales; la discriminación salarial (por sexo, nacionalidad, edad o grado de estudios); o no proporcionar los materiales adecuados e indispensables para desempeñar un trabajo.

Frente a este panorama, urge repensar la forma en que trabajamos y nos relacionamos. Entonces, ¿cómo construir un espacio laboral sin violencia? Existen demasiadas opciones, y hoy me permito compartir dos alternativas. Por un lado, se encuentra la gestión humanística, iniciada por Elton Mayo en la segunda década del siglo pasado (porque sí, 100 años después seguimos peleando con mejorar los entornos de trabajo). Su propuesta consiste en colocar la dignidad humana, el bienestar integral y el florecimiento de las personas trabajadoras como fines en sí mismos, rechazando explícitamente la instrumentalización.

La gestión humanística se apoya en tres pilares: el respeto incondicional a la noción de dignidad; la integración de la reflexión ética en cada decisión que se toma; y el diálogo continuo entre las partes. El primero se refiere a que las personas no son medios de producción que sólo sirven para cumplir tareas, sino que cada una, con su trabajo, se refleja y se relaciona con el mundo de manera digna.

El segundo pilar propone que las decisiones empresariales o laborales deben regirse con una ética que ponga en primer lugar a las personas que trabajan, incluso si eso afecta la maximización de resultados. Y el tercer pilar busca la apertura de espacios de intercambio de ideas que incluya a quienes se ven afectados o tienen algún interés, y no solamente a los puestos gerenciales, directivos o accionistas.

Otra alternativa encuentra su fundamento en el confucianismo, a través de cuatro virtudes esenciales: Ren, que impulsa la compasión, la empatía y la consideración hacia los demás; Yi, que prioriza el bien común por encima de la ganancia personal; Zhi, que orienta hacia la sabiduría, la experiencia y el discernimiento moral al tomar decisiones; y Xin, que exige coherencia y transparencia entre los valores proclamados y la conducta real.

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Por lo anterior, considero que construir una vida laboral libre de violencia no es una aspiración ingenua ni una utopía distante; es una responsabilidad ética y jurídica que requiere transformar la forma en que concebimos el trabajo y a quienes lo realizan. Si entendemos que cada persona es un fin en sí misma y no un engrane productivo, entonces la organización del trabajo debe alinearse con la dignidad, la empatía y la justicia.

Tanto el enfoque humanista como la mirada confuciana ofrecen rutas para desmantelar lógicas que normalizan el abuso y para cultivar ambientes donde el reconocimiento, la corresponsabilidad y el bienestar sean condiciones, no excepciones.

En última instancia, el desafío no es únicamente técnico, sino moral. El trabajo es uno de los espacios donde mayor parte de la vida transcurre, y no podemos aceptar que se viva con miedo, humillación o desgaste. Reconocer la violencia es el primer paso; transformarla exige voluntad colectiva. Que este llamado sea una invitación para elegir relaciones laborales más humanas, justas y conscientes. Si el trabajo moldea lo que somos, entonces vale la pena construir entornos donde también podamos florecer.

El autor es profesor de Derecho Laboral de la Academia Interamericana de Derechos Humanos

Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA y la Academia IDH

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