Espaguetis y fetuccinis: la fauna nocturna de San Jerónimo
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La noche de Monterrey se divide entre mirones y torcidos. Los primeros contemplan desde la barrera del prejuicio. Los segundos habitan el laberinto de sus propios deseos.
En el corredor de San Jerónimo y la zona de Miravalle, las luces neón guían a los hijos oscuros de papá y mamá. Jóvenes de billeteras abultadas, criados en residenciales de San Pedro Garza García, buscan un amor de sopa instantánea. Evitan el gueto del Wateke en el centro profundo. Prefieren pagar trescientos pesos de cover bajo la promesa de barra libre. El precio incluye, de forma silenciosa, altas dosis de alcohol adulterado.
En estos antros de moda, la comunidad sáfica busca refugio tras el cierre de sus antiguos recintos. Mujeres con miradas felinas rastrean a otras mujeres entre el humo denso. En las esquinas, hombres espadachines se baten en duelos silenciosos. Buscan la confirmación de su virilidad en los ojos de otros varones. La avenida Miravalle, flanqueada por un casino y la librería del Fondo de Cultura Económica, exhibe su colección de espectadores de ligue. Es desfile de almas ahogadas en su propia locura nocturna. Todos cargan el after tatuado en la frente.
La ironía muerde fuerte en este ecosistema. Detrás del brillo de la opulencia sampetrina late un peligro real, sádico, invisible. Nuevo León registra estadísticas alarmantes de VIH. Los contagios anuales superan los miles de casos detectados. La ignorancia convive con el desenfreno en las mesas VIP. Aquí no se asoman las sutilezas del bar Muxets. Los travestis de este circuito pertenecen a una especie diferente. Son seres con el clóset dinamitado, orgullosos de su condición, listos para la batalla nocturna.
Marissa y Rogelio encarnan esta búsqueda del limón agrio del amor. Ella busca una caricia femenina legítima en una pista saturada de poses plásticas. Él persigue un romance fugaz, propenso a terminar en los baños del local. Ambos ignoran los riesgos sanitarios. Comparten vasos de dudosa procedencia. Ríen con humor negro, cínico, propio de una generación consciente de su autodestrucción. Algunos, más arriesgados, extienden la noche hacia el distrito de La Purísima. Terminan bailando ritmos electrónicos en el Topaz de Luxe, mezclando sudor y adrenalina urbana.
El amanecer regiomontano castiga sin piedad los excesos de la víspera. Julián vive en la colonia Colorines, una zona exclusiva de San Pedro. Regresa al hogar a las cuatro de la mañana del domingo, arrastrando los pies. El sábado resultó fatal. Pasó las horas previo al reventón recuperándose de una severa intoxicación alcohólica causada por el veneno barato de la barra libre. Sus vecinos, según sus propias quejas susurradas al viento, son personas aburridas, rectas, predecibles.
Julián estudia en la Facultad de Ciencias Políticas de la universidad pública. Aquella elección académica ahorra una buena lana a sus padres. Los progenitores ignoran el verdadero destino de esos recursos guardados. Con ese dinero acumulado, Julián planea asegurar su futuro inmediato. Pretende concluir la licenciatura, obtener el título, empacar maletas, volar lejos. Su meta final está fijada en los antros, playas y excesos de Ibiza. Al final, los espaguetis y los fetuccinis regiomontanos comparten el mismo destino. Buscan desesperadamente escapar de la realidad norteña, ahogados en su propia comedia trágica de fin de semana.