EU y China comparten un sentimiento ante la IA
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Durante la cumbre celebrada la semana pasada entre Trump y el presidente Xi Jinping, ambos países acordaron futuras conversaciones sobre la inteligencia artificial, incluida la creación de importantes salvaguardas
Por Yi-Ling Liu, The New York Times.
A una hora de haber aterrizado en Shanghái, estaba sentada en la parte trasera de un taxi de Didi mientras el conductor me intentaba convencer de que engañara al algoritmo de la empresa. Didi es conocido como el Uber de China y tiene una presencia omnipresente en el país, donde despacha decenas de millones de viajes al día. ¿Podría cancelar el viaje y pagarle directamente por WeChat?
Explicó que había un exceso de conductores compitiendo por muy pocos viajes. Después de dejarme, lo enviarían de vuelta al aeropuerto, donde tendría que esperar horas por otro pasajero. Si yo cancelaba, él podría ocupar un lugar cerca de la parte delantera de la fila. “Espero que lo entiendas”, dijo. “Tengo que mantener a una generación mayor y a otra más joven”.
La difícil situación del conductor me recordó a la de los trabajadores de DoorDash en Estados Unidos, cuyos ingresos están controlados por sistemas de despacho optimizados, o a la de los trabajadores de Amazon Flex que compiten por los escasos bloques de reparto, sin saber nunca con certeza cuándo llegará el siguiente trabajo.
La visita del presidente Donald Trump a China hace unos días nos brinda un momento para comparar. He pasado años reportando y viviendo tanto en Estados Unidos como en China, y escribí un libro en el que hice una crónica de la historia y la evolución del internet chino. Al moverme entre ambos países, me ha sorprendido cómo han llegado a imitarse y parecerse. Hay una sensación compartida de precariedad que subyace a la envidia y la desconfianza: el futuro tecnológico está tomando forma a una velocidad vertiginosa, pero lo que promete no es para todos.
El crecimiento de la inteligencia artificial se ha presentado como una rivalidad entre dos sistemas fundamentalmente diferentes. Estados Unidos controla el capital y los chips, mientras que China reúne el talento de la ingeniería y la destreza en la fabricación. Estados Unidos tiene ventaja en la creación de software: herramientas empresariales y plataformas en la nube. China es líder en hardware: humanoides y vehículos autónomos. Estados Unidos avanza con modelos fronterizos, con sus laboratorios de inteligencia artificial que apuestan por construir una superinteligencia. China se enfoca en la escala y la difusión, con sus empresas tecnológicas que incorporan la IA lo antes posible en todos los sectores de la sociedad.
Se nos ha dicho que el objetivo final de la IA es alcanzar la inteligencia artificial general, o IAG. El país que encuentre cómo conseguirlo, según la teoría, establecerá el dominio mundial mediante un poder económico y militar turbocargado. En pódcasts y discursos políticos —formados por ejecutivos de Silicon Valley y expertos en política de Washington—, Estados Unidos y China casi siempre están luchando, compitiendo o enzarzados en esta carrera. China lleva años de retraso, no, meses de retraso; está avanzando; está ganando; está perdiendo, está corriendo hacia la IAG, no está corriendo hacia la IAG; está corriendo en una pista diferente.
La historia de la carrera creció el año pasado tras la presentación de DeepSeek R1, un modelo chino de código abierto que, según reportes, rivalizaba con los modelos de frontera estadounidenses a una pequeña fracción de su costo. Una oleada de envidia de China se apoderó de los líderes tecnológicos estadounidenses, quienes se maravillaron de la rapidez con la que China construía puentes, trenes de alta velocidad y prototipos avanzados. Marc Andreessen advirtió que Estados Unidos debía reindustrializarse o se quedaría atrás ante un mundo de “robots chinos”.
El influente de izquierda Hasan Piker viajó a China en 2025, con una copia de citas de Mao Zedong en la mano, para ver qué Estados Unidos podría “adoptar y emular”. El popular YouTuber Darren Watkins, conocido como IShowSpeed, transmitió su viaje a Shenzhen, donde bailó con humanoides y pidió KFC por dron. Al igual que los chinos se quedaron fascinados alguna vez por la abundancia consumista estadounidense —sus centros comerciales y sus suburbios en expansión—, los estadounidenses se han obsesionado con los robots y la potencia manufacturera de China.
Pero al ver más allá de los titulares y los videos de resumen, es posible observar la marcada división que la IA ha generado en ambos países. Los que construyen y financian la tecnología hablan del futuro como una promesa de la que sacar provecho, una oportunidad que explotar. En Silicon Valley, personas que dejaron la universidad hablan de que la IA abordará el cambio climático y curará enfermedades. Se corteja a los investigadores con salarios de nueve cifras como si fueran estrellas de la NBA, y las vallas publicitarias en las carreteras instan a los residentes a “Supercargar tu IA” y “Dejar de contratar humanos”. Los trabajadores de la tecnología han adoptado seriamente el infame horario de trabajo 996 de China: de 9 a. m. a 9 p. m., seis días a la semana. Se están esforzando y concentrando para asegurarse de emerger como los ricos y poderosos vencedores de la fiebre del oro de la IA.
Los centros tecnológicos de China están impulsados por un sentimiento de urgencia similar. En el Zhongguancun de Pekín, conocido como el Silicon Valley de China, las torres de oficinas permanecen iluminadas hasta altas horas de la noche, mientras los empleados de los laboratorios de IA se apresuran para superar a sus rivales del otro lado de la calle. Las empresas se roban mutuamente a sus ingenieros estrella, mientras que los programadores independientes queman decenas de miles de tokens de Claude para codificar productos intuitivamente mediante la IA. Los fundadores de empresas emergentes buscan lo que llaman el fengkou o “respiradero”, una oportunidad que, si se aprovecha en el momento adecuado, puede impulsar a un empresario directamente a la fortuna. Estudian traducciones de De cero a uno, de Peter Thiel, y ensalzan a Elon Musk porque, como me dijo un trabajador tecnológico: “Se mueve con rapidez, su ejecución es una locura y realmente puede entregar cosas”.
El emprendimiento más reciente de China fue “criar langostas”, una forma abreviada de referirse al entrenamiento del agente de IA OpenClaw, gratuito y de código abierto. Casi 1000 personas, desde programadores aficionados hasta amas de casa, hicieron fila afuera de la sede del gigante tecnológico Tencent para instalar el software en sus dispositivos. Los usuarios afirmaban que OpenClaw podía dar un empujón a sus empresas paralelas y duplicar el rendimiento de sus acciones; los padres contrataban servicios de instalación de langostas para que sus hijos en primaria estuvieran a la altura de sus compañeros. Las empresas tecnológicas se apresuraron a monetizar esta ansiedad y cobraron a los usuarios por los servidores en la nube y el acceso al software. “Esto no es ‘abrazar el futuro’”, describió así la locura de OpenClaw un usuario desilusionado en RedNote. “Es ‘ser cosechado por el futuro’”.
Más al sur, en Shenzhen, la capital china del hardware, las empresas emergentes se jactan de operar a la “velocidad de Shenzhen” y han incorporado la IA a todo, desde cafeteras hasta grúas de construcción. En una feria de alta tecnología en la ciudad, celebrada en 20 pabellones del tamaño de hangares de aeropuerto, pasé junto a puestos que anunciaban pianos de IA, fabricantes de fideos de carne de IA, guías turísticos holográficos de IA y tutores de inglés de IA. Me senté delante de un doctor de medicina tradicional china impulsado por IA que me escaneó la lengua y me dio un diagnóstico. Una multitud se reunió en torno a un ring de boxeo para animar a un par de contendientes humanoides fabricados por el gigante de la robótica Unitree.
“Ahora mismo, el entorno es muy competitivo”, me dijo un ingeniero de software de Shenzhen. “Siento que si me detengo, me quedaré atrás”. Su ansiedad no es nueva. Las situaciones laborales inestables y la inseguridad económica son anteriores al auge actual de la IA. Pero la IA ha potenciado esos temores y los ha vuelto mucho más difíciles de combatir.
Ha surgido un conjunto paralelo de memes para captar la sensación de impotencia. En Estados Unidos, la élite tecnológica de Silicon Valley se identifica como de alta agencia, mientras que el resto de nosotros somos bots condenados a la subclase permanente. En China, los trabajadores de a pie se describen a sí mismos como shechu (“ganado corporativo”) y jiabangou (“perros de las horas extras”). Estos mismos trabajadores han utilizado durante mucho tiempo el término viral “involución” para reflejar la sensación de estar atrapados en un ciclo de competencia sin sentido. En ambos países, quienes han perdido el entusiasmo por la IA se identifican con el meme de videojuegos del personaje no jugador, conocido por su sigla en inglés, NPC. Se sienten como el papel de fondo en el videojuego de alguien más, que solo existe para llenar el mundo pero no para darle forma.
En 2025, un grupo de investigadores de IA de Estados Unidos, Canadá y Europa acuñó el término “desempoderamiento gradual” para describir un futuro en el que una IA cada vez más capaz erosionaría silenciosamente la agencia humana. La tecnología dirigiría nuestras instituciones fundamentales sin tener en cuenta los valores humanos. Aunque enmarcado como un riesgo futuro, para quien ha estado observando de cerca a Estados Unidos y China, ya parecía un diagnóstico del presente.
Los trabajadores del conocimiento de ambos países sienten la presencia vigilante de la tecnología. La IA se utiliza ahora para la toma de decisiones sobre la contratación y el despido de empleados. Realiza un seguimiento de la asistencia al trabajo, predice el potencial de crecimiento de un empleado, señala las horas de ocio y aplica la disciplina.
Fuera de la oficina, tanto chinos como estadounidenses se han entusiasmado con la IA como fuente de compañía sin fricciones y como validación emocional, y ahora las empresas monetizan la intimidad emocional a gran escala. Más del 70 por ciento de los adolescentes estadounidenses afirman utilizar chatbots como compañía, y casi uno de cada ocho como apoyo para la salud mental.
Del mismo modo, en China, una encuesta reveló que casi la mitad de los jóvenes chinos habían utilizado un chatbot de IA para hablar sobre su salud mental. En un país en el que vivir solo se está convirtiendo rápidamente en la norma —se prevé que los hogares unipersonales alcancen los 200 millones en 2030—, la compañía de la IA ha surgido como una solución rápida a la epidemia cada vez mayor de soledad.
Este año, la aplicación ¿Estás muerto? —que avisa a un contacto si un usuario no se reporta— ha sido muy popular. (Su nombre chino, Sileme, es un juego morboso con el nombre de la popular aplicación de reparto de comida Ele.me, que significa “¿tienes hambre?”). Pero ¿Estás muerto? aborda una necesidad seria: el número cada vez mayor de personas que viven solas, lejos de sus familias y privadas de apoyo social, y que temen desaparecer sin que nadie se dé cuenta.
La gente de ambos países se vuelve hacia lo espiritual en busca de consuelo y agencia en un mundo que se acelera fuera de su control. Los veinteañeros estadounidenses consultan aplicaciones de astrología como Co-Star, que forma parte de una industria de 3000 millones de dólares. Algunos miembros de la generación Z están redescubriendo el cristianismo, y el conservadurismo religioso ha vuelto a la vida pública. En China, han aparecido bares de adivinación en las ciudades, aplicaciones de astrología como Cece se están haciendo virales y los jóvenes consultan DeepSeek para predecir su futuro.
El otoño pasado, en Pekín, estaba en una cena con un grupo de mujeres de entre 20 y 30 años cuya conversación giraba en torno a ansiedades familiares circulares: perspectivas de trabajo cada vez menores (e historias de terror sobre contrataciones), desencanto con las citas (ninguna quería casarse ni tener hijos) y una fascinación cada vez mayor por el bazi, el tarot y el ocultismo. Cuando le pregunté a una invitada por el atractivo creciente del tarot, respondió simplemente: “Nadie recurre al tarot cuando corren buenos tiempos”.
Cuando el futuro pierde su promesa, el pasado se convierte en un refugio. Ambas sociedades han visto surgir la nostalgia, la añoranza de un tiempo recordado como más sencillo y estable. Muchos chinos idolatran a los vloggers rurales, como la famosa youtuber Li Ziqi, que saltó a la fama viral durante la pandemia al compartir videos de su vida autosuficiente y pastoril en la campiña de Sichuan. Puedes ver la misma dinámica en la popularidad de la esposa de un rol tradicional, famosa en Instagram como Ballerina Farm, que documenta su granja en Utah, donde ordeña vacas y hace donas desde cero para sus nueve hijos. Ambas mujeres viven fuera del sistema de servicios públicos y encarnan un idilio imaginado en el que ni los chatbots ni las corporaciones existen.
La nostalgia también tiene un lado oscuro, pues fomenta que ideas antaño marginales y antiliberales asciendan a la corriente dominante. Esto lleva años ocurriendo en China, donde sus influentes e ideólogos rechazan las ideas liberales y se inclinan hacia una autoridad centralizada conservadora. En Estados Unidos, vemos la influencia cada vez mayor de expertos como Curtis Yarvin, quien sostiene que la democracia liberal debería desmantelarse en favor de una monarquía dirigida por un director ejecutivo, y sus ideas han encontrado eco entre la élite tecnológica y política estadounidense, desde Peter Thiel hasta JD Vance.
Ante un sistema así, la respuesta más sencilla es rendirse: aceptar nuestro destino, hundirnos en la apatía de la decadencia inevitable y, en palabras de los internautas chinos, dejar que se pudra. Es fácil huir de la fricción del mundo real por la comodidad de nuestros feeds y confiar en los chatbots en lugar de en los amigos. Al hacerlo, permitimos que nuestros dirigentes aprovechen nuestros miedos y trasladen nuestras ansiedades a la versión meme de un país extranjero.
En lugar de abordar los retos de la IA de forma aislada, ¿por qué no reunir a personas de todos los sectores de la sociedad para recuperar la agencia sobre nuestras propias vidas? Podemos buscar la colaboración, como ya han empezado a hacer científicos y responsables de políticas. Al margen de la Conferencia Mundial sobre Inteligencia Artificial celebrada en Shanghái el verano pasado, científicos de todo el mundo se reunieron para abordar los riesgos críticos de la Inteligencia Artificial, e hicieron un llamamiento a la cooperación internacional para garantizar que los sistemas avanzados de IA se mantengan alineados con los valores humanos.
Los trabajadores pueden unirse para oponerse a las culturas laborales tóxicas de las grandes empresas tecnológicas que sacrifican la dignidad humana en aras de la ganancia y la competencia. Apenas en 2019 los programadores chinos lanzaron la campaña 996.ICU en GitHub, para protestar contra las extenuantes horas de trabajo. Recibieron el apoyo de trabajadores tecnológicos estadounidenses y de cientos de empleados tecnológicos de todo el mundo, desde España hasta Singapur, una de las mayores movilizaciones en línea de trabajadores tecnológicos de la historia.
Durante la cumbre celebrada la semana pasada entre Trump y el presidente Xi Jinping, ambos países acordaron futuras conversaciones sobre la IA, incluida la creación de importantes salvaguardas. Pero no está claro cuándo tendrán lugar estas conversaciones. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, dijo que se sentía cómodo en cooperar con China porque “los chinos nos apoyan sustancialmente”.
Una vez que se da un paso atrás, es fácil ver el efecto distorsionador de la contienda entre Estados Unidos y China. Es una historia que se utiliza para justificar la carrera a toda velocidad hacia adelante, sin salvaguardas, en nombre de vencer al otro. Al enfocarnos en nuestra rivalidad, nos hemos vuelto ciegos a nuestra propia vulnerabilidad. En lugar de fijarnos en quién cruza primero la línea de meta, debemos trabajar juntos para mejorar las condiciones de las personas que ambos países han dejado atrás. c. 2026 The New York Times Company.
Yi-Ling Liu es periodista residente en el Tarbell Center for AI Journalism y autora de The Wall Dancers: Searching for Freedom & Connection on the Chinese Internet.