Exagerocracia
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“Decir, representar o hacer algo traspasando los límites de lo verdadero, natural, ordinario, justo o conveniente”. No debería de ser necesario explicar su significado, pero empiezo citando esta definición de la palabra exagerar, según la Real Academia Española. También podríamos incluir algunas de las conjugaciones citadas por la RAE como: yo exagero, tú exageras, ella exagera, ustedes exageran y señalar que les falta una aclaración para señalar lo obvio: en estos tiempos es difícil encontrar a alguien que exagere más que un político encumbrado, y entre más alto el puesto, mayor la frecuencia y cantidad de exageraciones. Recitar la conjugación en tiempo presente de la palabra exagerar sería algo como: yo exagero, tú exageras, ella exagera, ustedes exageran, pero nadie exagera más que un político que no tiene resultados tangibles que presumir.
Y no, aunque creamos que el universo gira alrededor de México o de nuestro Presidente, la exageración no es un problema exclusivo de este País, ni del puesto más importante a nivel nacional, ni de quienes detentan el poder. En todos lados y en todos niveles se cuecen habas y está muy de moda, tal vez llegando a nivel descaro, como cuando Trump arribó al poder en 2017 después de una campaña que parecía surreal por las muchas exageraciones y la poca vergüenza. Y no, tampoco se estrenó el recurso de las exageraciones hace pocos años, es un fenómeno que ha estado presente en la vida de las sociedades por siglos. Tal vez lo que hace que las exageraciones parezcan más frecuentes o copiosas es que cada vez es más difícil para cualquiera, y en particular para un político, salirse con la suya pensando que los ciudadanos no revisarán y cotejarán sus dichos contra la inmensa cantidad de información que hay al alcance de la mano. Cualquier persona que se considere razonablemente inteligente debe poner siempre en duda lo que un político le dice, sin importar que el político en cuestión sea de su agrado. Es casi un deber cívico dudar del político, señalar las verdades a medias y las mentiras completas que vienen disfrazadas de exageraciones de la realidad. El problema es que ante la constante verificación que se puede hacer de los dichos de un político, el recurso que el político usa es saturar las redes, las pantallas y las páginas de más y más exageraciones, de manera que la tarea de verificar y saber qué es cierto y qué es fake sea cada vez más difícil.
Considero que gobernar con la exageración como herramienta favorita es un engaño que la gente no merece y es incluso más dañina entre los menos educados o informados. Y aún así, quienes se consideran estar ahí para apoyar a los menos favorecidos, a los más pobres, lucran con la ignorancia de quienes toman a valor nominal cualquier exageración que viene de quien debería estar velando por ellos. Y así es como las exageraciones derivan en polarización; los que compran todo lo que dice el político y los que son incapaces de comprar nada de ese mismo político, creando una división cada vez más palpable entre los buenos y los malos, los que están conmigo y los que están contra mí. Unos exageran diciendo que todo está bien y el contrario exagera diciendo que todo está mal. Para estas alturas, cualquiera que tenga cierto uso de razón debería saber, o por lo menos sospechar, que la verdad casi siempre está en un punto medio; que algo que suena demasiado bueno (o malo) para ser verdad seguramente será eso, demasiado bueno −o malo− para ser verdad. Subirse al templete, tomar el micrófono y empezar a decir que vamos requetebién, que se ha manejado la pandemia de maravilla, que la ciudad, el estado o el País es un paraíso, que ya se cumplieron 98 de 100 compromisos, que ya se acabó la corrupción y la impunidad, que la delincuencia organizada ya no manda como antes, que nos ahorramos miles de millones de dólares cancelando un aeropuerto, que ya no se violan derechos humanos, que Trump nos trató con mucho respeto, es solamente provocar a los ciudadanos que tienen más de dos neuronas a sentirse engañados y decepcionados. Un político, peor aún si es el presidente de un país, que es incapaz de hablar con la verdad y sin exageraciones a los ciudadanos no merece estar al frente de un Gobierno. Si miente sabiendo que miente es un mitómano; si miente sin darse cuenta de que miente, entonces es un pendejo. Y países con la grandeza de México no merecen tener exageradores en jefe que son mitómanos o son pendejos, y que en ambos casos creen que los pendejos somos los ciudadanos. Lo mismo aplica para quienes se ubican en el polo opuesto. Ellos empujan sus propias versiones de la verdad, sus exageraciones que van desde el “peligro para México” hasta el “ya somos Venezuela”. De pronto, la exageración de la realidad se convierte en el más importante recurso político y eso es una muy mala señal. No podemos dejar que el País acabe siendo no una democracia sino una exagerocracia.
@josedenigris
josedenigris@yahoo.com