Habitar la nostalgia
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“Las ciudades, como los sueños, están hechas de deseos y de miedos”
Italo Calvino
En la dicotomía entre tradición y progreso, se gesta la nostalgia: este sentimiento de añoranza por algo —o alguien— que ya fue. La palabra proviene del griego nóstos que significa regreso, y álgos o algía, que alude al dolor; en conjunto, expresa el dolor del regreso imposible o el deseo doloroso de volver. Otras acepciones la definen como la pena que provoca la lejanía de la patria, de los afectos o de los amigos, o bien como una tristeza melancólica originada en el recuerdo de una pérdida.
Aunque históricamente la nostalgia ha sido asociada a un posible síntoma de trastorno mental, hoy se entiende, en términos generales, como el anhelo de que algo sea como antes. Recordar, paradójicamente, nos produce placer, lo que convierte a la nostalgia en un mecanismo de afrontamiento que se utiliza de forma consciente o inconsciente. En las representaciones de la cultura, la nostalgia se manifiesta de múltiples maneras: en la moda, la música, la arquitectura o en la recuperación de tradiciones de otras épocas. Sin embargo, más allá de la mera imitación, la reinterpretación y adaptación de estilos de vida del pasado parecen incorporarse al presente como una búsqueda de conexión o, quizás, como respuesta a un exceso de desconexión: la digitalidad de nuestros días, al tiempo que promete cercanía, fomenta una sensación ilusoria de vínculo que intensifica el deseo de experiencias más tangibles y significativas.
Un artículo publicado por La Jornada señala que las generaciones millennial y la denominada Generación Z muestran una marcada tendencia hacia lo análogo: escribir cartas con tinta y papel o a máquina, llevarlas al buzón, convivir con el cartero, recorrer la ciudad para enviarlas y/o recogerlas. Estos gestos responden al afán de bajar el volumen y la velocidad del mundo contemporáneo, reduciendo el ritmo a través de formas de comunicación que pertenecen a un pasado no tan lejano, pero cargado de sentido.
En la arquitectura, la nostalgia por el ayer se expresa en la recuperación de conceptos y métodos constructivos, que, lejos de replicarse de forma literal, se reinventan y reinterpretan para generar una conexión emocional basada en la memoria. Cuando nostalgia e innovación dialogan desde un sentido de pertenencia y humanismo, las manifestaciones resultantes promueven la identidad, la apropiación de los espacios y, en consecuencia, su cuidado. Sin embargo, volver al pasado por una nostalgia superflua o por mera tendencia, ignorando los avances tecnológicos, la complejidad inherente a nuestras ciudades y a quienes las habitan, no constituye una solución viable.
La creación de vínculos físicos, emocionales y culturales —en sintonía con los nuevos conocimientos y los aprendizajes acumulados con el paso del tiempo— implica una responsabilidad: discernir entre lo que fuimos y lo que aspiramos a ser. Si millennials y generación Z se encuentran de algún modo, en la búsqueda de una conexión más profunda a través del contacto físico y la limitación del entorno digital, entonces la reinterpretación del pasado en comunión con el presente —esa memoria atravesada por el afecto— puede dar lugar a espacios con vínculos más significativos. Espacios que refuercen la identidad y fortalezcan el sentido de comunidad, mediante la integración de la memoria representada en nuestros espacios construidos y que responden a las necesidades humanas. Porque es precisamente, gracias a esta emoción paradójica, que se ha consolidado la organización social desde la familia hasta la ciudad. Que la nostalgia, hecha de memoria y afecto, propia del cierre de un ciclo y del inicio de otro, sea el impulso para imaginar y construir nuevas formas de habitar nuestras ciudades y, con ellas, nuestro futuro.