Hacia las alturas

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Opinión
/ 27 abril 2026

Walter Bonatti (1930-2011) es considerado por muchos como el mejor alpinista de todos los tiempos. No se trata de una exageración nacida del entusiasmo, sino de un juicio reiterado por quienes conocen la historia de las grandes ascensiones. Cambió el curso del alpinismo moderno.

Fue pionero, quizá el mayor de todos, y símbolo de una manera de ascender comprometida, ética, austera y elegante. Su vida entera fue una larga odisea entre paredes de hielo, cornisas inciertas y cumbres nevadas, donde desafió lo imposible impulsado por una necesidad profundamente humana: ponerse a prueba únicamente con sus propios medios.

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EXTRAVAGANCIA

En su libro Montañas de una vida, Bonatti escribió palabras que parecen dirigidas a cualquiera que busque sentido en medio del ruido contemporáneo: “Pasaban las horas. Me encontraba inmerso en el laberinto de mis reflexiones que me llevaban inevitablemente a la búsqueda de mi verdad”.

Más adelante añadió que la vida tiene sentido cuando se vive con el máximo compromiso, procurando realizar todo lo que uno lleva dentro. Y remató con una observación luminosa: su extravagancia le parecía preferible a la cordura de muchos hombres de abajo, cuya existencia había sido encadenada por la rutina y convertida en mercancía.

LOCURA

Tenía razón. La extravagancia de vivir apasionadamente aquello que ennoblece el alma vale infinitamente más que la cordura gris de quienes avanzan domesticados por la costumbre, por el miedo o por la resignación.

Hay una sensatez que mutila, que administra la vida sin vivirla, que calcula tanto que termina perdiéndolo todo. Y existe, en cambio, una aparente locura que salva: la de quien decide entregarse a una misión, amar una causa, perseguir una cima interior aunque el mundo lo considere imprudente.

MAJESTUOSIDAD

Las montañas siempre han ejercido una atracción casi sagrada sobre el ser humano. Algo en ellas convoca. Algo en su silencio enseña. A mí me ocurre cada vez que contemplo una.

Me llena de vida observar su majestuosidad, su quietud antigua, su manera de rozar el cielo sin necesidad de pronunciar palabra. La montaña no discute, no presume, no compite: permanece. Y en esa permanencia parece recordarnos que también nosotros fuimos llamados a elevarnos.

Su sola presencia inspira a seguir adelante, despierta pensamientos nobles y nos recuerda la capacidad que toda persona posee para realizar aquello que se propone.

TRAYECTOS

Si alguien observa con detenimiento una gran montaña advertirá que existen innumerables caminos para alcanzar la cima. Hay sendas escarpadas que apuntan directamente hacia arriba, como si tuvieran prisa por llegar.

Otras avanzan lentas, rodeando, serpenteando, perdiéndose por momentos entre los árboles, pero finalmente también alcanzan lo alto. Algunas parecen caprichosas: prometen mucho al inicio y terminan abruptamente en un desfiladero.

También existen rutas que desembocan en remansos: claros verdes, superficies planas, lugares propicios para descansar antes de retomar la marcha. Hay caminos imposibles, cerrados por la maleza, las espinas, las piedras o los troncos caídos.

Hay trayectos falsos: parecen ascender, pero de pronto se precipitan en pendientes peligrosas. Y existen senderos estrechos que suben y bajan una y otra vez hasta que, después de innumerables esfuerzos, terminan arribando a la cumbre.

Así ocurre con la vida. No todos avanzan por el mismo sendero, ni todos llegan con la misma velocidad, ni todos enfrentan idénticos obstáculos. Cada destino tiene su geografía y cada alma su propia topografía moral. Pretender que todos caminen igual es ignorar la diversidad de las luchas humanas.

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ANDAR

Cuando se mira una montaña desde abajo suele parecer fácil conquistarla. La distancia simplifica lo difícil. Pero basta dar el primer paso para descubrir la verdad: ascender exige condición, conocimiento, destreza y, sobre todo, voluntad.

Voluntad para soportar caídas, frío, fatiga y ese desánimo que aparece cuando se avanza hacia arriba sin ver todavía la cima; o peor aún, cuando se la ve y se comprende cuánto falta por llegar.

Cada persona tiene su propia montaña por andar y coronar. Para algunos será formar una familia digna. Para otros, levantar una empresa honesta. Para otros más, vencer una enfermedad, salir de una pobreza heredada, recuperar la paz interior o mantenerse fieles en un mundo que premia la traición.

¿CUÁNTAS?

Llegar a la cima no depende solamente de la altura del reto, ni del clima adverso, ni de las dificultades del sendero. Depende, ante todo, del caminante: de su temple físico, de su disciplina mental y, sobre todo, de su fortaleza espiritual.

Sin embargo, para muchos las tormentas que aparecen en toda travesía no provocan la muerte, sino algo más frecuente y triste: el abandono.

Desvían el rumbo, renuncian al propósito, desertan apenas unos pasos antes de la meta.

¿Cuántas vidas se quedan a centímetros de su plenitud por rendirse demasiado pronto? ¿Cuántos talentos se marchitan por no resistir una temporada amarga? ¿Cuántas vocaciones se apagan porque confundieron dificultad con imposibilidad?

VIGENCIA

Siempre he creído que para vivir hacen falta dos fuerzas inseparables: fe y esperanza. Fe para continuar la marcha cuando no se ve el final del camino. Esperanza para saber que el esfuerzo no será inútil. La fe sostiene los pasos; la esperanza ilumina la ruta.

José Luis Martín Descalzo sostenía que la gran enfermedad de nuestro tiempo no era la falta de fe ni siquiera la crisis moral, sino la pérdida de la esperanza: el agotamiento de las ganas de vivir y luchar, el olvido de las zonas luminosas que existen en cada persona y en las cosas que la rodean.

Su diagnóstico conserva plena vigencia. Hay personas materialmente abastecidas y espiritualmente vacías; técnicamente conectadas y humanamente solas; rodeadas de comodidades, pero incapaces de entusiasmarse por algo grande.

Escribió también que el triunfo del mal no consiste tanto en volvernos ciegos, sino en ponernos gafas negras para que terminemos creyendo que el mundo es únicamente maldad. Qué imagen tan precisa.

Muchos caminan considerando sólo lo oscuro, lo negativo, lo mezquino. Ignoran la inmensa gama de colores nobles que aún persiste alrededor. Esa visión deformada los lleva a abandonar su viaje, a desertar de sí mismos, a caer derrotados cuando estaban a unos cuantos pasos de conquistar su montaña personal.

URGENCIA

La existencia no siempre es amable. Tiene zonas grises, y a veces abismos negros. Pero conviene mirar la vida de una manera que ayude a vivir, que alimente la esperanza, que nos impulse a encontrar la mejor ruta hacia la cima y que nos conceda valor para no desfallecer a pesar de los pesares.

Urge recobrar la alegría perdida. Urge volver a contemplar con gratitud los pasos que cada uno emprende hacia su propia cumbre. Urge rescatar el entusiasmo que dé sentido al esfuerzo cotidiano: al trabajo silencioso, a las responsabilidades familiares, a las pequeñas trincheras donde cada día libramos batallas que nadie aplaude.

Porque no toda heroicidad ocurre bajo reflectores. Muchas veces consiste simplemente en levantarse temprano, cumplir la palabra, sostener a los nuestros, resistir con dignidad y continuar avanzando.

MIRAR

Hay que subir la montaña. Hay que enfrentar gustosamente las cuestas y las bajadas sin perder de vista la cumbre, sin olvidar la misión personal que cada uno carga en el corazón. Conviene asumir, sin dramatismos innecesarios, las desventuras que todo viaje promete. No caer en la tentación de la amargura. No rendirse ante la angustia.

Hay que aceptar el reto de dar un paso más, incluso con dolor, incluso con decepción, incluso cansados. Hay que estar convencidos de que siempre tendremos oportunidad de mirar hacia arriba: a la cumbre, a las estrellas, a esas alturas que fueron creadas para ser conquistadas.

Escalar por la existencia tiene una recompensa incomparable: llegar un día a contemplar, desde la cima, el camino recorrido.

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Mirar con orgullo sereno la aventura vivida, la ruta elegida, las pruebas vencidas, la noble fatiga de haber luchado. Saber que se llegó no por casualidad, sino con compromiso, integridad y creatividad.

ASCENDER

Bonatti escribió otra verdad memorable: “Lo imposible y lo desconocido son dimensiones de la montaña; no deberíamos suprimirlas”. Y añadió que no sólo la fuerza atlética lleva lejos, sino la mente recta y el corazón firme.

En eso consiste también vivir. En avanzar hacia nuestras montañas interiores, en no traicionarnos durante el ascenso, y en llegar un día a contemplar la grandeza de lo vivido.

Porque al final, más importante que alcanzar la cima, será poder decir que no traicionamos nuestra esencia mientras ascendíamos; que supimos agradecer los paisajes; que resistimos también las tormentas; que honramos el camino, y que tuvimos la valentía de elevarnos hacia las alturas de nuestro propio ser.

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