Votos invisibles
COMPARTIR
Hay decisiones que no pasan por la urna y, sin embargo, pesan más que muchas elecciones. No requieren credencial ni casilla, no se anuncian en campañas ni se cuentan en la noche de resultados, pero se ejercen todos los días, en cada gesto, en cada preferencia, en cada silencio.
Vivimos votando. No solo como ciudadanos de un país, sino como habitantes de una cultura, como custodios —o traidores— de ciertos valores.
El pensamiento de José Antonio Marina nos invita a reconocer que la vida social se teje, por lo menos, a partir de tres formas de voto: el democrático, el económico y el de prestigio. Tres maneras de influir, tres responsabilidades que no se suspenden nunca.
VOTO DEMOCRÁTICO
El voto democrático es el más visible. Se ejerce en fechas señaladas, bajo reglas claras, con la solemnidad de lo institucional. Elegimos representantes, proyectos, rumbos.
Es un acto que concentra la aspiración de orden y de futuro. Sin embargo, su propia formalidad puede engañarnos: creemos que ahí se agota la responsabilidad cívica, cuando en realidad apenas comienza.
VOTO ECONÓMICO
El voto económico es más constante. Se emite con la cartera, con el clic, con la elección de un producto u otro. Cada compra es una declaración, cada pago un respaldo.
No adquirimos solo bienes o servicios; sostenemos prácticas, premiamos decisiones, validamos modelos. El mercado es el reflejo acumulado de millones de elecciones individuales que, sin proponérselo, configuran el rumbo de la producción, del empleo y, en muchos casos, de la ética empresarial.
En nuestras compras nos mostramos, dado que nuestras elecciones hablan mucho de lo que realmente somos.
VOTO DE PRESTIGIO
Pero hay un tercer voto, más sutil y profundo, que rara vez reconocemos con la gravedad que merece: el voto de prestigio. No se deposita ni se paga; se concede. Y al concederse, legitima. Es el acto invisible mediante el cual otorgamos valor, respeto y reconocimiento a personas, ideas o conductas.
Es el crédito moral que entregamos cuando decidimos con quién nos vinculamos, a quién escuchamos, a quién defendemos, a quién invitamos a nuestra mesa... y también a quién dejamos pasar sin cuestionar.
El prestigio es un reflejo social. Nadie es prestigioso por decreto propio; lo es porque otros han decidido considerarlo así. Y ese es un voto.
Aquí comienza la incomodidad. Porque si el prestigio se concede, entonces somos responsables no solo de nuestras acciones, sino de las causas que respaldamos con nuestra cercanía.
No basta con “no hacer el mal” si, al mismo tiempo, lo hacemos respetable mediante nuestra presencia, nuestro aplauso o nuestra omisión.
Este voto se juega en el terreno de la percepción. Y cuando la percepción se corrompe, la realidad termina por ceder. Y luego qué decir: cuando se cede en las palabras, se cede en los hechos.
Este voto se ejerce por asociación. Nos gusta pensar que las relaciones son neutras, que juntarse con alguien es un acto privado, casi inocente. Pero toda cercanía es una señal.
Cada vez que compartimos un proyecto, una fotografía, una mesa o un aplauso, estamos diciendo algo, aunque no pronunciemos palabra. El prestigio es contagioso, pero también lo es el descrédito.
Quien se rodea de integridad se eleva; quien se acostumbra a la mediocridad o a la falta de principios, se deteriora, aunque no lo advierta de inmediato.
Terminamos pareciéndonos a aquello con lo que convivimos, adoptamos sus tonos, sus límites, sus permisividades. Elegir con quién caminar es decidir, en buena medida, en qué dirección se va moldeando nuestra identidad.
LEGITIMAR
Hay, sin embargo, una forma aún más sutil de este voto: la legitimación. No siempre nos vinculamos directamente con aquello que termina siendo validado por nosotros.
A veces basta con reír, con aplaudir, con difundir, con no incomodarnos. El problema no es solo el acto incorrecto, sino el entorno que lo vuelve tolerable.
Se aplaude lo que divierte, aunque degrade; se difunde lo que entretiene, aunque confunda; se tolera lo que incomoda, para evitar el costo de señalarlo. Y así, poco a poco, lo inaceptable deja de serlo.
Este voto tiene una capacidad corrosiva: puede transformar lo indebido en cotidiano porque modifica la percepción colectiva. Y cuando la percepción cambia, la frontera moral se desplaza.
OMISIÓN
La omisión también forma parte de este voto de la legitimación. No decir nada, no cuestionar, no marcar límites. En apariencia, no hacer es no participar. Pero en el ámbito moral, el vacío no existe.
El silencio comunica. Y muchas veces comunica aprobación. Callar ante lo evidente no es neutralidad; es renuncia. Renuncia a la responsabilidad de incomodar, de señalar, de sostener una postura cuando resulta más fácil diluirse en la corriente.
Es ahí donde el voto de prestigio adquiere su forma más inquietante: cuando deja de ser consciente y se convierte en hábito. Se normaliza lo indebido no porque todos estén de acuerdo, sino porque nadie está dispuesto a disentir.
El voto de prestigio evidencia la fractura moral: lo inaceptable se normaliza y termina por exhibirse sin pudor.
RESISTENCIA
Es aquí donde la voz de Ernesto Sabato irrumpe con una lucidez incómoda. En La resistencia, Sabato no denuncia primero la corrupción de los sistemas, sino algo más hondo: la erosión de la conciencia.
Advierte que uno de los signos más peligrosos de nuestro tiempo no es la presencia del mal, sino la pérdida de la capacidad de indignarnos frente a él. El ensayo invita a superar la cobardía y la resignación, lo cual implica volver a valorar la dignidad y sentir “vergüenza” ante la corrupción, las injusticias y la deshumanización.
Cuando algo deja de indignarnos, no deja de ser injusto: comienza a parecernos normal, y ahí la injusticia se legitima.
Porque si, como plantea Marina, todos ejercemos un voto de prestigio al reconocer o validar aquello que nos rodea, entonces la pérdida de la vergüenza de la que habla Sabato no es otra cosa que el resultado acumulado de miles, de millones, de votos mal otorgados.
La vergüenza desaparece porque dejamos de ejercerla, porque preferimos adaptarnos antes que incomodarnos, porque elegimos no señalar para no quedar fuera, porque sustituimos el criterio por la conveniencia.
Y así, lo que debería provocar pudor comienza a generar aplauso. Se celebra lo superficial, aunque vacíe; se admira lo inmediato, aunque degrade; se justifica lo incorrecto, siempre que resulte útil o rentable. Y en ese desplazamiento, lento y casi imperceptible, el prestigio cambia de manos.
Ya no se concede a lo digno, sino a lo visible; ya no se otorga a lo íntegro, sino a lo exitoso; ya no se reconoce la profundidad, sino el impacto.
Sabato lo intuía con claridad: el mayor riesgo no es que el mal avance, sino que deje de parecernos mal. Porque en ese momento pierde su condición de excepción y se convierte en norma, y cuando se convierte en norma ya no necesita esconderse, se instala, se reproduce, se enseña.
GRAVEDAD
Aquí es donde el voto de prestigio revela toda su gravedad. Porque no basta con no participar activamente en lo incorrecto; si lo hacemos respetable con nuestra cercanía, ya hemos participado. Si lo dejamos pasar sin cuestionarlo, ya lo hemos validado. Si lo toleramos por comodidad, ya hemos votado a su favor.
Y entonces la responsabilidad deja de ser abstracta y se vuelve personal. Cada relación que elegimos, cada idea que respaldamos, cada silencio que sostenemos es una forma de intervención en el mundo. No hay neutralidad posible en el terreno del prestigio: o elevamos el estándar o contribuimos a su deterioro.
Por eso, recuperar la vergüenza, en el sentido profundo que sugiere Sabato, es un acto de resistencia. Es reinstalar un límite interno cuando los límites externos se han debilitado, es volver a sentir incomodidad frente a lo que debería incomodar, es negarse a aplaudir lo que en el fondo sabemos que degrada.
DESAFÍO
El verdadero desafío es sostener, con responsabilidad, ese voto silencioso que separa lo que merece respeto de aquello que nunca debería obtenerlo. Elegir con quién estar, decidir qué no legitimar, atreverse a marcar distancia cuando todos se acercan.
Porque, al final, somos también aquello a lo que decidimos darle valor con nuestra presencia. Y en esa decisión, discreta, cotidiana, aparentemente menor, se está votando una y otra vez por el tipo de mundo que estamos dispuestos a habitar.
Por ello, a toda costa, debemos cuidar que nuestros votos invisibles no dignifiquen lo indigno, ni validen la corrupción, ni normalicen el cinismo.
cgutierrez_a@outlook.com