Historia de dos mujeres
Esta muchacha no tenía para comprarse medias náilon. Entonces se pintaba con lápiz tinta una raya en la pierna, para que pareciera la raya de la media
-¿Recuerda usted que le conté el caso de aquella joven mujer que salía a la calle sin medias, y una agria solterona confesaba por ella en la iglesia ese pecado?
-Ya lo recuerdo, licenciado. La beata pensaba que la muchacha se iba a ir al infierno por andar sin medias, y entonces le hacía el favor de confesarle al padre aquel pecado, que ella no había cometido.
-Tiene usted buena memoria. Es una pena, porque la buena memoria nos recuerda a veces cosas que no queremos recordar.
-Yo también siento ser tan memorioso, créamelo.
-Se lo creo. Siempre he pensado que es mejor tener buenos olvidos que buena memoria. Pero en fin, en esto no podemos escoger. De hecho, en casi nada podemos escoger, aun cuando pensemos que estamos escogiendo.
-Es cierto. Ahí hablamos nada menos que de la libertad, del libre albedrío y de otras cosas de similar jaez tan trascendentes como ésas.
-Cambiemos de conversación. Yo no me siento a gusto hablando de trascendencias. Lo mío es la minucia, lo efímero, lo baladí...
-Cada quien, licenciado, cada quien. Pero me iba a hablar usted de otra mujer que también salía a la calle sin medias.
-Y lo hacía cuando eso no se usaba. Ahora todas las mujeres andan con las piernas al aire.
-No exagere, licenciado.
-Quiero decir sin medias, no me malinterprete usted.
-Ya entiendo. Cuénteme entonces la historia de aquella otra mujer que salía sin medias.
-Era el tiempo en que se usaban las de náilon, después de acabada la Segunda Guerra. Esas medias estaban muy de moda. Y eran caras, pues la fibra sintética estaba recién inventada. Todas las mujeres querían lucir aquellas medias náilon, pero no todas tenían para comprarlas. Y menos ésta que digo, pues era pobretona, si me permite usar esa palabra.
-Conmigo puede usar todas las que quiera, licenciado. Claro, dentro de la moral y las buenas costumbres.
-Me está limitando mucho, pero en fin. El caso es que esta muchacha no tenía para comprarse medias náilon. Entonces se pintaba con lápiz tinta una raya en la pierna, para que pareciera la raya de la media. Como esas medias eran muy transparentes, no se notaba que no las traía, sobre todo si era de noche. Pero una vez llovió, y las piernas se le mancharon todas con el agua. La gente rio mucho al ver aquello, y ella quedó muy apenada.
-¿Qué hizo, entonces?
-Había un señor rico que la asediaba con sus pretensiones. La muchacha cedió –se dio–, y tuvo entonces para comprar las medias.
-Caramba, licenciado; creo que la pobre se pasó de la raya.
-Yo también lo creo. Pero ya no se la tuvo que pintar.
-Tiene usted razón. Hay que ver el lado bueno del asunto.
-Lo felicito por pensar así. De otra manera, quienes siguen esta conversación habrían pensado que de ella íbamos a derivar alguna conclusión moral.
-¡Dios nos libre, licenciado! Eso de andar sacando moralejas es cosa que ni a usted ni a mí nos va.
-Pintemos nuestra raya, pues.
-Pero no como la que se pintó aquella muchacha, ¿verdad?
-No. No como aquélla.