John Polkinghorne: El hombre que cambió la física por la religión

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Opinión
/ 16 marzo 2026

El doctor Polkinghorne expone ‘su verdad’ del mundo, en donde la teoría evolucionista de Darwin es compatible con un Dios creador de todo y de todos

Un buen día, el científico John Polkinghorne, quien murió el 9 de marzo de 2021 y que en vida fuera un destacado miembro de la Royal Society de Inglaterra, tomó la decisión más trascendental de su vida: renunció a su cátedra de Física Matemática en la Universidad de Cambridge. Hasta ese momento, trabajaba en la elaboración de modelos matemáticos que permitieron predecir el movimiento de las partículas subatómicas, contribución que ayudó a comprender la estructura de la materia. Lo que nadie sabía era que Polkinghorne dejó todo para convertirse en sacerdote de la Iglesia Anglicana, en un esfuerzo por unir a los dos grandes rivales: ciencia y religión.

Autor de varios libros, entre los que destaca “La Fe de un Físico”, Polkinghorne es un entusiasta promotor de la compatibilidad entre la ciencia y la religión, las cuales, asegura, no se contraponen, sino que se complementan, pues se ocupan de temas distintos. Explica que mientras la ciencia intenta descubrir la realidad, la religión pregunta la razón de las cosas y que, al final, ambas tienen un sólo objetivo común: la búsqueda de la verdad.

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El doctor Polkinghorne expone “su verdad” del mundo, en donde la teoría evolucionista de Darwin es compatible con un Dios creador de todo y de todos. Argumenta que la evolución no se opone a la fe, sino que, al contrario, encaja a la perfección con el regalo que Dios nos hizo con la creación. Critica a los teólogos, pues dice que deberían adquirir un mayor conocimiento científico y pensar que la breve historia del hombre no es nada comparada con los miles de millones de años que tiene la Tierra. Critica también que los teólogos piensen sólo en nuestro mundo cuando existen miles de millones de planetas y galaxias en el universo.

El profesor Polkinghorne afirma que la ciencia puede decirnos de qué materia está hecho un cuadro, los compuestos de sus barnices y hasta la técnica utilizada, pero lo que no puede hacer es explicar las emociones que ese cuadro despierta entre nosotros, algo que se explica sólo a través de razones de naturaleza divina. Afirma que por sí misma la ciencia no da la respuesta a las cuestiones metafísicas, porque eso va más allá de sus capacidades, pues ni aun los más brillantes científicos han logrado responder a las grandes preguntas que por siempre nos hemos hecho: ¿Por qué es posible la ciencia? ¿Por qué es tan especial el universo? ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué o quién nos creó? Y quizás la más importante de todas: ¿Existe Dios?

Considera que “la cuestión de la existencia de Dios” es la pregunta más importante que enfrentamos para entender nuestra realidad. Y es que los humanos seguimos sin poder responder a la pregunta que hace casi 500 años hizo el gran matemático alemán Gottfried Leibniz: ¿Por qué hay algo en lugar de nada?

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El científico y sacerdote expone que campos de la ciencia, como la cosmología, la teoría cuántica y la del caos, pueden confluir con la teología de la creación y la naturaleza divina, sin problemas, a través de una fe firme.

Refuta a quienes dicen que es imposible que un mismo Dios, creador de todo, hubiera formado hermosos valles, montañas, mares, amaneceres y atardeceres, pero a la vez enfermedades y desastres naturales, bondad y maldad, felicidad, pero también desdicha humana. Como respuesta, el científico y sacerdote dice que la ciencia nos ayuda a comprender el proceso del universo y que, como en todo, la luz y la oscuridad son dos caras de la misma moneda.

Yo, desde una muy humilde opinión, agregaría lo que el filósofo y matemático Bertrand Russell dijo: “La ciencia es lo que sabes; la filosofía es lo que no sabes”. Que si bien es cierto que la ciencia no puede explicar por sí sola los misterios de la creación y respondernos si Dios existe, también es posible pensar que si Dios, en todo caso, fue el creador de todas las maravillas del universo y de nuestro planeta, incluidos nosotros, también es altamente probable que, dado lo que hemos hecho con nuestro planeta –contaminándolo y destruyéndolo– y como humanos –llenándonos de pobreza, violencia, injusticias y desesperanza; persiguiéndonos, torturándonos y matándonos–, quizá también sea cierto que, de existir Dios, hace mucho que se fue de esta Tierra.

Columna: Dogma de fe

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