La diva sin pasado

Opinión
/ 17 noviembre 2022
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Tenía mucho tiempo sin ver televisión abierta, pero esta afortunada racha llegó a su fin ahora que he pasado demasiado tiempo haciendo antesala en clínicas y consultorios, donde al parecer se perdió la bonita costumbre de proveernos con Selecciones y Contenidos viejos para hojear (ojear) y optaron por el fácil recurso de colocar mejor una pantalla con la peor elección posible.

Ya sabía yo que la televisión abierta había caído en desgracia desde el advenimiento de las plataformas de streaming y los contenidos digitales en general. Pero no había imaginado a qué grado.

Recuerdo los shows de variedades de mi niñez. En los 70s, el programa nocturno por excelencia era “El Show del Loco Valdés”. Luego, todos los que en sus diferentes temporadas condujo Verónica Castro marcaron un hito en las pantallas domésticas. Y es que dichos programas tenían su antecedente en la época de oro de la radiodifusión.

Los programas de tv de antaño cubrían sobradamente los aspectos formales y el talento estaba garantizado. Pero lo que recién atestigüé me dejó mudo por lo paupérrimo y decadente de su producción: cero guion, cero gracia, cero talento... en horario estelar.

Era un programa nocturno conducido por un infumable del Canal de las Estrellas (o Canal 2, o como sea que llamen ahora al canal de las telenovelas); un hígado cuya carrera sólo se explica por el descenso al inframundo del gusto y del sentido crítico de las teleaudiencias.

Pero lo que llamó más mi atención es que la invitada estrella (la estrella invitada) era la otrora diva del pop, Gloria de los Ángeles Treviño Ruiz, AKA Gloria Trevi, presentando su “nuevo material” o cosa parecida.

Supe que era Gloria Trevi porque el “conductor” la llamaba por este nombre, sin embargo llegué a pensar que se trataba de una suerte de parodia o imitación. Pero no, era la mismísima Papa sin Catsup después de tantas intervenciones quirúrgicas que el cirujano ya se siente obligado a mandarle su almanaque en enero, como en las carnicerías (y sería irónico esto, siendo que ella fue en su momento la Reina de los “Calentarios”).

Mi azoro no dejaba de crecer, en parte por la total ausencia de valores de entretenimiento del bodrio televisivo, en parte por la propia presencia de aquella vieja gloria, la Gloria vieja.

¿En qué programa, televisora, país o realidad, se puede aún considerar grata la presencia de la Trevi? Dígamelo usted. El puro antecedente como líder activa (no como autoproclamada víctima ) del Clan Trevi-Andrade (¡Hello!: ¡El clan se llama TREVI-Andrade!), debería bastar para tenerla vetada a perpetuidad de cualquier escenario, espacio mediático y hasta fiesta karaoke.

¿Dónde está el #MeToo ahora que se le necesita? ¿Dónde el feminismo a ultranza que pretende corregir estupideces como la gramática para hacerla “más incluyente”, mientras condona los crímenes de la cabecilla de una secta de explotación y trata de jovencitas que incluso ocultó la muerte de su bebé en circunstancias misteriosas?

Pero allí estaba Trevi, tan fresca y redimida, haciendo lo suyo para una industria del entretenimiento a la que la palabra decadente ya le queda chica, y para un público acrítico y sin memoria.

El 4 de de junio de 2017 llamé por teléfono a un amigo cuya inteligencia, honestidad y criterio respeto lo suficiente para recurrir a ellos en momentos de dubitación:

“Oye, caón: Y ’ora... ¿Por quién votamos?”, le solté sin más.

Lo burdo y elemental de la pregunta no obedecía a una falta de convicción de mi parte. Estaba claro que el objetivo primordial era arrebatarle al PRI el poder Ejecutivo de Coahuila, derrotando en las urnas al tercero en sucesión del clan Moreira: Miguel Riquelme Solís (spoiler: no se hizo el guiso).

Por afinidad estaba compelido a votar por lo que entonces creía yo que era un movimiento de izquierda y, sobre todo, un movimiento medianamente serio. Pero el abanderado de Morena, Armando Guadiana, había hecho lo mínimo como candidato, como si calculadamente hubiera apuntado a una votación tan alta que significara un crecimiento para el partido oficial en ciernes, pero no lo bastante para acercarlo siquiera a el triunfo.

Entonces, por posibilidades –si de sacar al PRI se trataba– estábamos obligados a votar por Acción Nacional. Sin que el PAN hubiese hecho nada realmente por ganarse la confianza ni el sufragio. Sólo porque –como antigua segunda fuerza política del Estado– estaba en posición de alzarse con la victoria, llegar a la Gubernatura y ventilar un poco la madriguera priista en que está convertida.

Así le regalé mi voto al PAN, sin simpatizar con ninguno de sus preceptos o postulados, ya que me identificaba y me sigo identificando como alguien de izquierda, cosa que –ya me doy cuenta– no existe en nuestro País.

Con tan buen tino que el candidato azul, Guillermo Anaya Llamas, ganó dicha elección y estuvimos realmente a nada de romper con un siglo de priato en Coahuila y quizás ver algo de justicia que nos encaminara a una suerte de restauración para nuestra patria chica.

De no ser porque el muy judas, ruin y pusilánime de Anaya Llamas le regaló la elección al PRI a la última hora, vendiéndonos a todos; a los que votaron por él con plena convicción y a quienes con reservas le regalamos el voto de confianza. Lo he dicho en repetidas ocasiones: Guillermo Anaya apuñaló a la voluntad popular, a la democracia, a sus correligionarios, a propios y extraños; y debe ocupar el lugar que merece en el salón de la infamia coahuilense, junto con los consabidos Hermanos Macana y su clan.

Me quedó escaso de epítetos para describir la magnitud de la infamia cometida por el detentador de un partido cuya militancia solía significar algo, un sueño de alternancia al menos; cosas que Anaya Llamas resignificó como servilismo, complicidad, corrupción, simulación, traición y todas las bajezas posibles en política.

Vi hace unos días en entrevista a Anaya Llamas, en la cual el muy caradura “no descarta la posibilidad de contender en la sucesión por la Gubernatura”.

¡¿Perdón?! Le juro que la indignación y la náusea que me provocó Anaya sólo se equipara a lo que experimenté viendo a la delincuente de Gloria Trevi contoneándose como la tele-meretriz que es.

¿Tendrá Anaya los testículos tan azulados como para robarse otra vez la postulación de su partido y pedirnos el voto siendo que todo eso, junto con la gubernatura, ya se le dio gratis y el muy canalla infecto se lo fue a entregar de rodillas al PRI?

¡Y por qué no! Si ni su partido, ni Coahuila jamás le ha reprochado ésto como es debido y sigue conservando su lugar de privilegio como mandamás de los azules en el Estado.

Si el panismo local quisiera comenzar a recuperar un mínimo de la credibilidad que en otro tiempo tuvo, tiene primero que desmarcarse de éste sujeto, romper con él y formularle un severo juicio que marque su postura.

Pero se ve difícil ya que de momento el PAN está muy ocupado configurando su alianza -¡vaya ironía!- con el PRI.

En consecuencia, Anaya seguirá disfrutando los beneficios de ser una diva sin pasado, como la Trevi: gozando de una justicia que no lo toca, un partido que se hace soberanamente pendejo y lo sigue solapando y un electorado desprovisto por completo de memoria.

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Columna: Nación Petatiux

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