La “dolce vita” europea en la era de la IA

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Opinión
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Si al final la IA logra un aumento extraordinario de la productividad sin provocar ninguno de los escenarios catastróficos que predicen los tecnoescépticos, Europa podría convertirse en la meca mundial del “lifestyle”

Por Kenneth Rogoff, Project Syndicate

PARÍS- En muchos sentidos, parece probable que la Unión Europea sea uno de los grandes perdedores de la revolución de la inteligencia artificial, y que China y los Estados Unidos dejen muy atrás a las economías europeas. Incluso sin contar el hecho de que las políticas energéticas de la UE ya vuelven excesivamente cara la construcción a gran escala de centros de datos, la fragmentación de sus mercados de capitales pondría grandes trabas a la obtención de la financiación necesaria.

En particular, la alta presión tributaria europea dificulta la formación y retención de grandes talentos en IA, por no hablar de atraerlos desde el extranjero. Al mismo tiempo, su cada vez más voluminoso Estado regulatorio desalienta la iniciativa privada y la creación de empresas.

Pero incluso si no existiera el boom de la IA, el envejecido estado de bienestar europeo parece cada vez más insostenible. El crecimiento económico de Europa está congelado (su mayor economía, Alemania, está prácticamente detenida), al tiempo que el rearme genera una presión creciente sobre las finanzas públicas. A estos problemas se suma la escasez de líderes políticos de centro que puedan poner freno a los movimientos populistas de izquierda y de derecha, que de llegar al poder serían probablemente favorables a aumentar el gasto público. De modo que una crisis importante parece inevitable.

Aun así, lo cierto es que Europa tiene una ventaja decisiva: las sociedades europeas están mucho más avanzadas que las asiáticas y que Estados Unidos en lo referido a adaptarse a un mundo de abundancia. Gracias a la generosidad de sus estados de bienestar y a sistemas tributarios que alientan a la gente a buscar refugio en actividades no comerciales, los europeos en general están menos orientados a la carrera profesional que la mayoría de los estadounidenses o asiáticos, y valoran más el ocio, la comunidad y la cultura. Toman vacaciones más largas, trabajan menos horas y pasan más tiempo con la familia y los amigos (aunque esto no ha librado al continente del derrumbe mundial de las tasas de natalidad).

Es verdad que la UE está buscando la abundancia al mismo tiempo que priva a sus economías del dinamismo necesario para lograrla. De prolongarse el actual contexto de tipos de interés reales elevados en todo el mundo, la pesada carga de deuda de Europa seguirá frenando su crecimiento. En vista de las presiones sobre sus finanzas públicas, no está claro que las economías europeas puedan absorber una perturbación importante (una ciberguerra, un conflicto por Taiwán, etc.) sin que sobrevenga otra crisis financiera o de deuda.

La buena noticia es que tarde o temprano, las crisis de deuda terminan. Si al final la IA logra un aumento extraordinario de la productividad sin provocar ninguno de los escenarios catastróficos que predicen los tecnoescépticos, Europa podría convertirse en la meca mundial del «lifestyle». Tal vez la gente viaje a Europa no sólo para comprar bienes de lujo, sino también para aprender a aprovechar al máximo el nuevo tiempo libre obtenido.

Si Europa puede enseñar al mundo cómo vivir en una era de abundancia, quizá también tenga mucho que enseñar a los formuladores de políticas respecto de su gobernanza. Por ejemplo, el sistema europeo de impuesto al valor añadido (IVA) se parece cada vez más a una estructura tributaria diseñada para una economía poslaboral (o al menos, una con más tributación para el consumo que para los ingresos del trabajo). Los impuestos al consumo son en general más eficientes y menos distorsivos que los impuestos a la renta (además de que alientan el ahorro), aunque a veces sean un poco más difíciles de administrar.

Además, el IVA es políticamente más viable que los impuestos al patrimonio, y consigue muchos de los mismos objetivos, ya que reduce el poder adquisitivo del capital. Aunque puede tener efectos regresivos, son mucho menos preocupantes cuando la recaudación se usa para financiar grandes transferencias a los hogares de ingresos bajos y medios.

El viejo consenso político europeo a favor de la redistribución de la renta y de la riqueza puede resultar una fortaleza inesperada. Si la IA provoca una reducción significativa de la participación de los trabajadores en el ingreso, las sociedades que ya estén habituadas al uso de políticas redistributivas tal vez se adapten más fácilmente que otras organizadas en torno al trabajo como principal fuente de ingresos.

Pero subsiste un desafío importante: la inmigración. A los países europeos, con su estado de bienestar relativamente generoso, les costó mucho más la integración de grandes flujos de inmigrantes que al sistema estadounidense promercado. Entre los inmigrantes a Estados Unidos está muy difundida la conciencia de la necesidad de conseguir trabajo, porque el acceso a prestaciones sociales del gobierno federal suele estar supeditado a la situación migratoria. En gran parte de Europa, en cambio, los solicitantes de asilo y los refugiados reconocidos reciben vivienda y prestaciones financiadas con fondos públicos, lo que genera una carga adicional sobre un sistema de bienestar cada vez más sobreexigido. Con más tiempo libre y menos opciones económicas, tal vez la competencia percibida de los inmigrantes genere todavía más resentimiento y un terreno fértil para modalidades de política cada vez más dañinas.

Hoy Europa tiene muchos problemas en el área de la energía, pero puede que en unos diez años la situación sea muy diferente. Suponiendo que las tecnologías verdes sigan mejorando, tal vez el continente termine en el lado correcto de la historia energética. Por el contrario, el renovado énfasis de Estados Unidos en los combustibles fósiles bajo la presidencia de Donald Trump puede dejarlo con costos energéticos comparativamente altos y anular así una ventaja económica que disfrutó por mucho tiempo.

Además, Europa tiene otra ventaja política más sutil: no engendró la misma clase de tecnooligarcas que Estados Unidos. Esto, sumado a la ausencia de una figura política al estilo de Trump, puede ser una de las causas de que le haya ido un poco mejor en la preservación de las normas democráticas.

Nada de esto implica disminuir los enormes desafíos que enfrenta Europa en un mundo centrado en la IA. Es posible que su declive económico relativo continúe por muchos años. Aun así, si la IA cumple sus promesas y trae consigo una era de abundancia material, tal vez Europa descubra que su mayor ventaja comparativa no está en construir los sistemas más avanzados, sino en demostrar cómo llevar una buena vida en el mundo creado por aquellos.

Por desgracia, aquí vale lo que dicen los ajedrecistas: antes del final de la partida, los dioses pusieron el medio juego. Europa tal vez tenga buenas ideas sobre cómo vivir en una era de abundancia, pero primero tiene que encontrar el modo de llegar a ella. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Kenneth Rogoff, ex economista principal del Fondo Monetario Internacional, es profesor de Economía y Políticas Públicas en Harvard, ganador del Premio 2011 del Deutsche Bank en Economía Financiera, coautor (con Carmen M. Reinhart) de This Time is Different: Eight Centuries of Financial Folly (Princeton University Press, 2011) y autor de Our Dollar, Your Problem (Yale University Press, 2025).

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