La exquisita belleza de Luis Duncker Lavalle
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Cuando el alemán Johann Friedrich Wilhelm Duncker van Goch llegó a Arequipa, Perú, en 1855, tomó las providencias necesarias para quedarse unos meses. Contratado como profesor de música e idiomas para los hijos de los comerciantes alemanes avecindados en la ciudad, se dispuso a cumplir el trato, echarse a la bolsa los soles acordados, y regresar a su natal Gondorf en la Renania. Sin embargo, Johann Friedrich Wilhelm Duncker van Goch se vio en los ojos de Celmira de Lavalle y Araujo, más altivos que el volcán Pichu Pichu, y se estremeció con su educada voz de soprano, por lo que mudó de planes. Se quedaría en Arequipa, cambiaría su nombre a Juan Federico Guillermo, y mantendría a la numerosa prole que Dios le mandara a base de su magisterio musical y políglota. Por aquel tiempo los Arequipeños disfrutaban de la ópera italiana y la zarzuela española, única música “culta” digna de escucharse; en el ámbito doméstico la comunidad alemana se solazaba con el vals y la polca traídos de Europa. Ni por asomo aparecía en las casonas solariegas el yaraví, la zamacueca o el huayno, ritmos de la gente del pueblo, reducido a mercados y chacareros. Este escenario musical cambió con las enseñanzas de Juan Federico Guillermo Duncker, educado en la Alemania postclásica y romántica. En sus lecciones introdujo a Beethoven, Chopin, Schubert, y Schumann. En esta atmosfera romántica e intelectual educó a sus nueve hijos. Luis, el tercero, nacido en julio de 1874, aprendió de su padre latín, griego, inglés, francés, alemán, e italiano, además de piano y las formas básicas de la composición, la armonía y el contrapunto. De su madre aprendió solfeo y canto.
Desde pequeño Luis Duncker cultivó el piano con devoción dando muestra de su talento, con el que animaba las reuniones familiares y amistosas, reunidas en las nobles tertulias de salón. A partir de las lecciones de sus padres, y provisto de un talento natural y una inteligencia despierta, Luis Duncker se dedicó al teclado, impartir lecciones de música y entregarse a la vida bohemia arequipeña. La doctora musicóloga Zoila Vega Salvatierra lo define como: “Bohemio inderrotable, espíritu agudo e irónico, rebelde extrovertido y amigo de la vida nocturna de su ciudad, llevó una existencia desordenada y no exenta de vicios”.
La definición de la doctora Vega Salvatierra aplica tanto para Chopin, Liszt o Schubert, lindos ejemplares del Romanticismo europeo. Por lo tanto, cabría concluir que Duncker fue también romántico. Más allá de esta charada de coincidencias, escuchar la obra para piano de Duncker, efectivamente lo ubica en el Romanticismo. Desde sus primeras obras, como el Minueto para piano en mí menor Op. 5, de 1901, o el Improntu de 1905, se advierte la expresividad, emotividad, y lirismo propio del género. A lo anterior, y como condicionante para ser considerado Romántico, agréguese el virtuosismo técnico de Duncker. El historiador Néstor Ríos Checllo, autor de la biografía Los Duncker. Vida y obra afirma que “Era un músico excepcional que podía improvisar frente al piano.” Este virtuosismo le valió una invitación al Teatro Nacional, en Lima, en 1905, para tocar ante el presidente José Pardo y Barreda. Tiempo después, en 1917, Pardo y Barreda, le otorgó una beca para estudiar en Boston y Nueva York.
Hacia principios del siglo XX, Luis Duncker escribió Quenas, obra en la que mezclaba el aliento andino de sus coterráneos, con el formalismo europeo del vals. El nombre completo es de suyo elocuente: Quenas, vals característico indígena del Perú, para piano, grabado en 1913 por RCA Víctor. Después de Quenas vino el vals Cholitas, con el que inició una producción innovadora a la que llegó en busca de una voz propia, quizá intermedia entre los dos mundos en que vivía: el de la formación paterna, riguroso, germánico y canónico, presa de los formalismos académicos, y el de la libertad y la camaradería de la gente sencilla del pueblo. Luis Duncker nunca habló de nacionalismo, sólo compuso música con los elementos a mano: la formación paterna y la música que escuchaban sus amigos en la calle.
En YouTube hay una hermosa recopilación de su obra interpretada por el pianista peruano Carlos Rivera Aguilar, de la que descuella Nostalgia, por su exquisita belleza; la mazurka Ella, y el capricho El picaflor y la doncella desconsolada. Las tres son invitaciones a reconciliarse con la vida.