La guerra está convirtiendo a Irán en una potencia mundial
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Su nuevo poder se deriva de su control sobre el punto de estrangulamiento energético más importante de la economía mundial, el estrecho de Ormuz
Por Robert A. Pape, The New York Times.
En los últimos años, la sabiduría geopolítica convencional ha sido que el orden mundial avanzaba hacia tres centros de poder: Estados Unidos, China y Rusia. Ese punto de vista suponía que el poder derivaba principalmente de la escala económica y la capacidad militar.
Ese supuesto ya no se sostiene. Está surgiendo con rapidez un cuarto centro de poder mundial —Irán— que no rivaliza con esas tres naciones ni económica ni militarmente. En cambio, su nuevo poder se deriva de su control sobre el punto de estrangulamiento energético más importante de la economía mundial, el estrecho de Ormuz.
El estrecho había sido durante mucho tiempo una vía navegable internacional por la que podían transitar barcos de todos los países. Pero la campaña militar conjunta que Estados Unidos e Israel empezaron a librar contra Irán este año ha llevado a Irán a crear un bloqueo militar selectivo del estrecho.
Aproximadamente una quinta parte del suministro mundial de petróleo y gas natural licuado se mueve a través del estrecho. No existen alternativas reales a estas rutas de suministro a corto plazo. Si el control iraní sobre el estrecho persiste durante meses o años, como creo que puede ocurrir, remodelará drásticamente el orden mundial en detrimento de Estados Unidos.
Muchos analistas creen que el control iraní del estrecho de Ormuz es solo temporal. Una expectativa generalizada es que las fuerzas navales estadounidenses y aliadas pronto estabilizarán la situación y el suministro de petróleo volverá a la normalidad.
Esa expectativa es errónea. Supone que para seguir controlando el estrecho, Irán debe cerrarlo físicamente. Pero como ya hemos visto, se puede controlar el estrecho sin cerrarlo. Actualmente, el estrecho sigue abierto a los petroleros. Sin embargo, el tráfico se ha reducido en más de un 90 por ciento desde que empezó la guerra, no porque Irán haya estado hundiendo todos los barcos que entraban en el estrecho, sino porque, ante la amenaza creíble de un ataque, las aseguradoras retiraron o revisaron el precio de la cobertura del riesgo de guerra. Atacar un carguero cada pocos días era más que suficiente para que el riesgo resultara inaceptable.
Las economías modernas no solo necesitan petróleo. También necesitan petróleo suministrado a tiempo, a escala y con un riesgo predecible. Cuando esa fiabilidad se rompe, los mercados de seguros se tensan, las tarifas de flete se disparan y los gobiernos empiezan a considerar el acceso a la energía como un complejo reto estratégico y no como una simple transacción de mercado.
El problema para Estados Unidos es de asimetría. Proteger todos y cada uno de los cargamentos de petróleo que pasan por el estrecho de Ormuz contra posibles ataques —minas, drones, ataques con misiles— es una operación a tiempo completo. Requiere una presencia militar continua. Irán solo necesita atacar un petrolero de vez en cuando para poner en duda la fiabilidad de los envíos mundiales de petróleo.
El presidente de Francia, Emmanuel Macron, lo dijo el jueves cuando declaró que era “poco realista” abrir el estrecho de Ormuz por la fuerza y que “solo puede hacerse de común acuerdo con Irán”. Estaba prácticamente admitiendo que el flujo de petróleo no puede garantizarse sin el acuerdo de Irán.
Durante décadas, el golfo Pérsico tuvo un acuerdo sencillo: los productores de petróleo exportaban, los mercados fijaban los precios y Estados Unidos aseguraba la ruta. Ese sistema permitía la rivalidad sin inestabilidad. Ahora, se está desmoronando.
Los estados del Golfo dependen en gran medida de las exportaciones de energía para obtener ingresos estatales. Cuando las tarifas de los seguros se disparan y el transporte marítimo se vuelve incierto, el impacto fiscal es inmediato. Los gobiernos se ajustan. Los cargamentos se desvían. Se renegocian los contratos.
Si persiste la incertidumbre, el acuerdo del Golfo cambiará inevitablemente, dando paso a un orden regional diferente, en el que los estados del Golfo se acomodan cada vez más al actor que puede influir más directamente en la fiabilidad de sus exportaciones. Ese actor es ahora Irán.
Las consecuencias globales serán más pronunciadas en Asia. Japón, Corea del Sur e India dependen en gran medida de la energía del Golfo. China, aunque más diversificada, también depende de la región para una gran parte de sus importaciones energéticas. Estas dependencias están arraigadas en las infraestructuras: refinerías, rutas marítimas y sistemas de almacenamiento que no pueden reconfigurarse rápidamente.
Si persiste la interrupción del suministro energético, los efectos serán generalizados. El aumento de los costos de los seguros y los fletes elevará los precios. Las balanzas comerciales empeorarán. Las monedas se debilitarán. Aumentará la inflación. La dependencia energética empezará a condicionar la política. Los gobiernos darán prioridad al acceso a la energía. Las opciones diplomáticas se reducirán. Será más difícil mantener las acciones que supongan un riesgo de mayor inestabilidad. El mundo de los años 70, en el que las crisis del petróleo provocaban años de estanflación, ya no será un recuerdo lejano, sino una realidad cercana.
De nuevo, Irán saldrá beneficiado.
China depende de la energía del Golfo para mantener su crecimiento. Rusia se beneficia de unos precios de la energía más altos y volátiles. Irán gana con su posición en el punto de estrangulamiento de Ormuz.
Cada una de estas tres naciones tiene incentivos que van en contra de la estabilidad económica de Estados Unidos y sus aliados. Estas tres naciones no necesitan coordinarse de manera formal. La estructura del sistema las empuja en la misma dirección. Así es como surge un nuevo orden: no mediante una alianza formal (al menos no al principio), sino a través de incentivos convergentes que se refuerzan mutuamente con el tiempo.
Otros escenarios plausibles en el nuevo orden mundial emergente son aún más oscuros. Imagina a Irán con el control de cerca del 20 por ciento del petróleo mundial, a Rusia con cerca del 11 por ciento y a China capaz de absorber gran parte de ese suministro. Formarían un cártel para negar a Occidente el 30 por ciento del petróleo mundial. No hace falta un análisis sofisticado para reconocer las catastróficas consecuencias: un precipitado declive del poder de Estados Unidos y Europa, y un desplazamiento global hacia China, Rusia e Irán.
Estados Unidos se enfrenta a una difícil elección: o se compromete a un esfuerzo a largo plazo para reafirmar el control sobre el estrecho de Ormuz, o acepta un nuevo acuerdo energético mundial en el que el control estadounidense ya no está asegurado.
Si opta por la aceptación, el resultado está claro: el sistema internacional se reorganizará con Irán como cuarto centro de poder mundial. Pero si Estados Unidos opta por reafirmar el control militar, le espera una larga batalla, que bien podría perder.
La guerra en Irán no es un conflicto militar del que Estados Unidos pueda simplemente retirarse, volviendo las cosas a como estaban antes. Irán seguramente exigirá un alto precio en un nuevo acuerdo con Estados Unidos, pero este precio seguramente será menos costoso que el del futuro alternativo. Esta es una guerra de transformación, y si estos cambios se prolongan aunque solo sea unos pocos años, el orden mundial cambiará irrevocablemente. c. 2026 The New York Times Company.
Robert A. Pape (@ProfessorPape) es profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Chicago, donde dirige el Proyecto Chicago sobre Seguridad y Amenazas.