La Lupita
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Cuando me digan que una mujer está hecha ‘una Magdalena’, no pensaré en una mujer inundada en lágrimas: la veré sonriente, coronada de piedras rutilantes
El trayecto entre Guadalajara y Tepic es un bello trayecto. Los campos de agave, las barrancas y quiebros por donde alguna vez anduvieron los cristeros, dejan paso a una vegetación de trópico. A esa vegetación se le llama “lujuriosa”, a menos que pertenezcas a alguna asociación religiosa, pues entonces debes decir “exuberante”.
Lo primero que notas al ir saliendo de Guadalajara es la abundancia de moteles de paso, establecimientos que ahora se nombran “de corta estancia” o “de pago por evento”. Si Cervantes viviera aplaudiría su existencia como aplaudió en su tiempo la de celestinas o alcahuetas. Con el buen sentido que lo caracterizaba, don Miguel dijo que esas señoras eran “necesarias en toda república bien concertada”. Tenía toda la razón.
En el caso de los actuales moteles de paso, si no existieran esos beneméritos alojamientos, ¿a dónde irían muchas señoras casadas que dijeron a sus maridos que iban al súper? Tendrían que ir de veras al súper, con el consecuente gasto, o dedicar el tiempo a otras actividades, como por ejemplo el juego en las maquinitas, insana pasión lúdica cuyos peligros Dostoievski describió con acierto en su novela “El Jugador”.
La carretera que va a Tepic pasa por Tequila, ciudad que dio su nombre a la bebida de moda ahora en todo el mundo. Hay otro pueblo de alburero nombre: se llama Jala. Y hay un tercero que se llama Ixtlán. Ahí debe haber sucedido seguramente algún acontecimiento histórico importante, pues el nombre se presta para eso: Batalla de Ixtlán, Plan de Ixtlán, Abrazo de Ixtlán, algo así. No sé cuál acontecimiento habrá sido ése, pero algo tiene que haber pasado ahí, pues si no ese sonoro nombre quedaría desperdiciado.
Debemos llegar por fuerza a Magdalena. Es un pequeño lugar oculto –si no te fijas bien, lo pasas, como a la felicidad– entre altas sierras que esconden sus tesoros. Y muchos tesoros ofrece Magdalena: ópalos opulentos, sinuosos ónices, granates de color grana como las granadas; toda suerte de piedras que llaman, quién sabe por qué, “semipreciosas”, siendo que cada una es preciosa y medio. El valor de lo que sale de las minas no debería ser fijado por los financieros, sino por los poetas. Ellos harían que el lapislázuli, con ese azul tan bello, valiera más que el oro con su amarillo trumpiano. El jade y su traslúcido verde misterioso costarían más que la plata, cuyo color es blanco, frío y aburrido.
Pero lo mejor de Magdalena no son sus ópalos ni sus granates. Lo que aprecio más es un restorán que se llama “La Lupita”. Ahí probé un jocoque como el que hacía mamá Lata, Liberata, mi abuela materna, en jarritos de barro que dejaba sobre la estufa en la cocina. Ahí probé también unas tortillas de mujer –o sea hechas a mano– que ni sal necesitan para ser un manjar paradisíaco.
Desde ahora, cuando me digan que una mujer está hecha “una Magdalena”, no pensaré en una mujer inundada en lágrimas: la veré sonriente, coronada de piedras rutilantes, en la mano izquierda un vaso de albísimo jocoque –allá dicen “jocoqui”– y en la diestra una tortilla blanca como una hostia y sabrosa como una mujer.