La muerte contada por un Sapiens a un Neanderthal

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Opinión
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Las casualidades están para sembrar duda en la razón. Con la reciente visita de nuestros difuntos también se hicieron presentes las cuestiones del azar en el estante de libros que dejó caer uno (de los que se leen) sobre el tema en boga: la muerte.

Sí, libro de los que se leen porque hay verbos -como ese, leer- que no ejercen sobre todos los de su especie. Algunos textos solo son grandes decoradores y engalanan prestigios a la manera que señaló Carlos Monsiváis en su Autobiografía Precoz: «ya que no tuve infancia por lo menos déjenme tener currículum».

Ya encaminados, la cosa con los libros no es menor. Jorge Luis Borges lo definió como la extensión de la memoria y la imaginación. Pues mientras que la espada y el arado aumentan las capacidades del brazo; el microscopio y el telescopio dan mayores posibilidades a la vista, el libro (de los que se leen) es la prolongación de lo que habita en el casete interno.

Pero la memoria juega malas pasadas, a unos más que a otros, ni duda cabe. Por ello, el antídoto contra el olvido estriba en dejar por escrito los relatos de los rapsodas, las enseñanzas adquiridas o los pendientes por resolver. De lo contrario, aumenta el riesgo, incluso, de olvidar también los enceres anotados en la lista del mercado, las cuentas por pagar, la hora de entrada al trabajo o las películas para una tarde dominical.

Irene Vallejo documentó el tema de forma larga y tendida en su libro «El infinito en un Junco», donde ese remedio para una memoria que va por la cornisa de la amnesia ha transitado de las tablillas de arcilla hasta las páginas de papel y las pantallas electrónicas. Más de cinco mil años en una frase. No somos nada.

Si los problemas de la memoria son los de la preservación de las ideas, las broncas de la muerte son también las que competen a la eternidad. Para entrarle a eso en plena época de difuntos está «La muerte contada por un sapiens a un neandertal» (Alfaguara, 2022) de Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga. Esta es la segunda entrega de una trilogía en la que también se discute el origen de la vida y de la consciencia.

El leitmotiv es la vejez y la consciencia sobre el fin de la vida de una especie -la nuestra-, tan capaz de sobreponerse a las dificultades del entorno que reiteradamente se instala en el terreno de la extinción. Para ejemplo, la «Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible» de la ONU que busca salvar a un plantea que ha dado sobradas muestras de que puede continuar sin nosotros.

Millás y Arsuaga reafirman desde la ciencia y el periodismo lo expuesto por Borges y Saramago en la narrativa: la existencia cobra relevancia con la finitud de la vida. Una vida eterna solo tiene sentido si las condiciones para vivirla permiten ser felices en plenitud, de lo contrario, es un calvario. De momento, seguiremos desafiando la selección natural con la inteligencia artificial.

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Lector y economista por accidente

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