La Perra
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La búsqueda de culpables es una actividad incesante en las desgracias, mayúsculas o minúsculas, pues encarna el deseo del desquite a toda costa. Ante el alivio de que una cosa no tenga más remedio, sino aceptar que algo se jodió para siempre, encontrar un redentor que asuma las culpas colectivas resulta liberador.
Para cada miedo hay un culpable. Algunos de los acaecidos en la infancia muestran la cara desconocida del mundo que enseña en los dientes cuan peligroso puede llegar a ser. Como efecto dominó, esos mismos temores devienen en creencias y supercherías.
Como ejemplo, y gran pretexto, el miedo a que le pase algo a la mascota o a quienes queremos y no estar ahí para protegerlos en el momento oportuno, como si nuestra sola presencia fuera capaz de revertir el curso de los acontecimientos. Los miedos que llevan a otros miedos como las tragedias que nos unen con quienes parecían ajenos, es decir, la compenetración emocional.
Pilar Quintana pone este tema sobre el mantel en «La Perra» (Random House, 2020). La culpa, los miedos y la búsqueda de una forma para salir a flote del mar de los temores constituye una tarea perenne o la claudicación ante el absurdo de la vida. El mismo mar que se traga a las personas y al futuro de las que se quedan en la orilla.
La historia es la de Damaris, una mujer madura que vive desde hace mucho tiempo con Rogelio en un poblado de la costa colombiana. El complicado vínculo que sostienen entre alfileres ha empeorado al paso del tiempo por no lograr quedar embarazada. La presión social y los anhelos propios convierten el deseo frustrado en una vorágine que se acuerpa en ella.
Un día aparece en su vida una cachorra a la cual adopta para salvarla del destino manifiesto que marca irremediablemente a los perros del lugar. Su fragilidad y dependencia convierten a Damaris en una figura proveedora hasta que crece, y con ello, resurgen en la mujer los temores adquiridos en la infancia a causa de una tragedia adjudicada.
Damaris siente que la vida ha sido desgraciada con ella. Le ha dado de beber muchos tragos amargos, pero no busca el lugar común de la venganza, pues lo que ella quiere es ser feliz. Las supercherías en las cuales fue asentada su educación sentimental le hacen creer (desear en estricto sentido) que aún está a tiempo y lo mejor está por venir, ya que de algún modo mágico las cosas cambiarán.
Para una sociedad que presiona pasivamente a la mujer, los hijos potenciales encarnan el valor emocional de la felicidad, una que -bajo esa lógica- solo ellos pueden brindar. Quien no los tiene se priva de esos afectos y el deseo de trascendencia del ser.
Así, los críos se convierten en el pilar fantástico de la felicidad de la vida familiar. Si para Schopenhauer el sufrimiento proviene del deseo insatisfecho, la ausencia de hijos en quien lo anhela es la cruz lacerante y pesada que les tocó cargar.
Para eludir este sufrimiento, la perra se convierte en la resignificación del deseo (o la esperanza) perdido, un advenimiento celestial, un trozo del paraíso prometido y el objeto de la felicidad. La otredad de la maternidad que no pudo ser... hasta que cobra libertad.
Pilar va y viene al núcleo emocional de Damaris para contarnos lo que le duele y, con ello, retratar un mundo tan real como descarnado en el que las cosas ocurren con sobriedad y desilusión. En una narración a contrapelo de las nuevas consideraciones para con las mascotas, pone contra las cuerdas las ideas preconcebidas sobre la maternidad, los valores familiares, el sentido de realización, las mascotas y la trascendencia.
Vamos leyendo que es gerundio.