La política del ‘¿Y yo por qué?’ y el feo Síndrome Lord Molécula
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¿Por qué tendría que saber la secretaria de Gobernación dónde demonios está Rocha? ¿No forma parte ella del gabinete de seguridad? ¿No está al tanto de los asuntos más relevantes que conciernen a la seguridad nacional? ¿No le competen ni tantito los temas de Inteligencia?
Uno de los momentos más embarazosos que he visto en la política mexicana lo interpretó Vicente Fox Quesada cuando era presidente de la república. “¿Y yo por qué?”, respondió en enero de 2003, luego de que alguien le preguntó si pensaba intervenir en el conflicto entre TV Azteca y Canal 40. Él, como jefe de Estado, pudo haber intervenido para evitar que en un arrebato de prepotencia una empresa poderosa (Azteca, de Ricardo Salinas Pliego) robara la señal de una pequeña (CNI Canal 40, de Javier Moreno Valle), alegando un diferendo comercial.
“¿Y yo por qué?”. La frase lo retrataba de las botas a la cabeza: era un hombre que estaba sentado en la Presidencia, pero que a pesar de la desesperación popular que había por los abusos del priismo, nunca debió haber llegado ahí. Era un personaje que en muchos momentos renunciaba no sólo a ejercer el poder que le había sido conferido, sino a cumplir con sus obligaciones y a acatar las leyes que había jurado respetar. Era un político (es un decir) que no entendía la relevancia de que el Estado intervenga y regule muchas áreas en diversas circunstancias. Con su irresponsable inacción ante el crimen organizado, luego de la pax narca establecida por el PRI a nivel estatal y municipal, fue el funcionario que le heredó a Felipe Calderón un Gobierno Federal arrodillado ante los cárteles, frente a lo cual su hijo desobediente no tuvo más idea que iniciar una guerra que era necesaria para recuperar territorios, pero no sin una estrategia clara de entrada, pacificación y salida.
Ese señor fue, antes de Andrés Manuel López Obrador, el que arremetió contra la prensa, contra la libertad de expresión. En noviembre de 2001 soltó: “Francamente sí hemos estado bajo una metralla impresionante de ataques, por una sarta de babosadas que no tienen la menor importancia para nuestro país”.
Con azoro he visto esta semana que esa filosofía política, y el vacío gubernamental que genera, ha renacido en la 4T a través de las convicciones de la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez: cuando un colega le preguntó esta semana si el Gobierno Federal (representado por ella) tiene idea del paradero de Rubén Rocha Moya, emuló a Fox: “Ahora sí que y yo por qué”, dijo con una simpatía similar a la del panista. Al parecer ahí arrancó la segunda temporada de esa oscura serie llamada “abrazos, no balazos” que, como país, nos ha puesto bajo el asedio de Estados Unidos. No es cosa menor, es una forma de actuar desde el poder. Piénselo bien: ¿por qué tendría que saber la secretaria de Gobernación dónde demonios está Rocha? ¿No forma parte ella del gabinete de seguridad? ¿No está al tanto de los asuntos más relevantes que conciernen a la seguridad nacional? ¿No le competen ni tantito los temas de Inteligencia? ¿O ya nada más se dedica a grillas menores, a la politiquería, como diría su exjefe? No, no es así; Rosa Icela Rodríguez venía terminando una reunión que tenía sobre las desapariciones y se molestó porque los reporteros le preguntaron por su correligionario y no sobre el tema del día.
De ahí nos ligamos hacia las viejas tentaciones de Fox y su esposa Marta Sahagún, que deseaban controlar a la prensa co$tara lo que co$tara, como en tiempos del PRI y su interminable cuenta bancaria de chayotes para amansar periodistas. Vaya que lo intentaron los Fox y en algunos casos sedujeron a dos que tres despistados; tal como en el sexenio pasado AMLO y su Chucho concibieron una corte de zalameros para hacer maroma y circo en la conferencia mañanera a través del Síndrome Lord Molécula, que no es otra cosa que promover un conjunto de propagandistas en radio, televisión y prensa. Nos quieren a todos así, postrados. Y no, no se puede.
Siempre se los digo a los de Morena: cómo se parecen a los del PRI y el PAN. Y cómo se esfuerzan para superarlos en sus tentaciones autoritarias.