La última actriz

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Opinión
/ 23 febrero 2026

Fue Dylan Thomas quien dijo “oh make me a mask”, hazme una máscara, quizá para ocultarse, para ser alguien más o mantener a salvo. Tal vez para que no le reconozcan, vivir una vida distinta y que los otros no abrumen con los asuntos que solo a uno le conciernen. De esa manera podría pasar desapercibido de las obligaciones que latosas, pujan por ser resueltas.

Mientras que el poeta pidió la careta para sí mismo, Oscar Wilde extendió la recomendación cuando entre sus ensayos dejó por escrito “dale una máscara y te dirá la verdad”.

Más allá de cualquier temor, la cuestión de ocultarse tras de algo encierra a la tentadora posibilidad que representa la otredad en el carnaval de la vida, donde un antifaz permite ir más allá de mirar tras la cortina del anonimato, actuar. Actuar, que en ninguna de sus acepciones es mentir.

Sabrina quería ser actriz, pero no pudo, o quizá no se atrevió. Se matriculó para estudiar artes y con prontitud demostró habilidad para una de las materias primordiales que demanda el mercado laboral, las relaciones públicas.

Dominó la jerigonza y supo granjearse un lugar en medio de esa camarilla. Gabriel, director de tesis y amante, le sugiere explorar el teatro judío en la Argentina. En medio del caos que supone reconstruir una época ignota, encuentra el deseo de sumergirse en ese tiempo a través del diario de una actriz que vivió a mediados del siglo XX.

El cuadernillo es uno de los documentos sobrevivientes del ataque terrorista a la Asociación Mutualista Israelita Argentina en los años noventa. Un superviviente en toda la expresión de la palabra, pues recoge vivencias cotidianas de Jana, una actriz de las postrimerías del teatro Ídish, quien parece un espejo de la propia Sabrina que se siente tocada por la diosa casualidad.

Ambas comparten circunstancia, sienten una profunda insatisfacción, se burlan de la moral de las apariencias y aprovechan el uso de las máscaras sociales que abundan en el festival del tráfico de favores.

La pluma de Tamara Tenenbaum deja sobre la mesa de los libros “La Última Actriz”, un relato minucioso sobre las incidencias que dan origen al misterio que mantiene en pugna a las convicciones más profundas con las demandas de una academia que desestima el alcance de los sentimientos que soportan la cotidianidad.

Fue Jorge F. Hernández quien dijo que la cultura solo es tal cuando trasciende su carácter etéreo para instalarse en la conversación, es decir, en el momento que transforma para siempre la mirada de quien es encontrado, algunas veces in fraganti, por los libros, el cine, la música y las conversaciones a pie de banqueta.

En medio de un mundo endogámico, de prestigios simulados, inconsciencia esnob y celo académico, el poder de la cultura cae por su propio peso. El de las emociones.

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Lector y economista por accidente

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