La venganza comprueba que somos iguales a quienes acusamos de habernos faltado. ¿Tenemos el valor de descubrirlo?

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Opinión
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“La venganza es un platillo que se sirve frío”. También es un platillo que provoca una severa indigestión a quien lo sirve. Estoy viendo los capítulos nuevos de la telenovela que, aunque sea lenta y fastidiosa, me tiene atenta a las características de personalidad de los moradores del lugar imaginado para darles cabida. Y aún me captura la personalidad de la mujer, Matilde, que es considerada tan buena. Es justo una de las tipologías de personalidad a quienes tengo por costumbre sacar la vuelta. A estas alturas de la historia ella tiene la opción de vengarse de una mujer que ciertamente la ha tratado con desprecio y desdén. Esta segunda mujer es un caso aparte. Realmente es una persona mala, pero claramente y abiertamente mala, no como Matilde que es “buena” aparentemente, mientras no le queda otro remedio.

Tal vez ellas representan al ángel y el demonio que viven dentro de cada uno de nosotros y que funcionan a sus anchas mientras no tenemos conciencia de nuestras intenciones verdaderas. Ambas mujeres reaccionan ante las heridas que les han propinado la vida, ciertamente. Así como Blanca Nieves y la Madrastra malvada.

¿Es tan satisfactorio el hecho de que quien me ha faltado ahora haga lo que yo quiero que haga? ¿Lo que busco es provocar la desdicha de alguien más, mirándole sobre el hombro con orgullo, en vez de vivir con gusto mis propios logros? ¿No me convierto en lo mismo que odio? ¿No será que el pecado del orgullo me rebaja a un nivel más allá de la vileza de quien me ha ofendido? Lo cierto es que, si puedo ser vengativa, esa característica y la maldad que conlleva ha sido siempre parte de mí, parte del arsenal que forma mi propia estructura de carácter.

Me dirás, “Pero Dona, ella me hizo reaccionar así”. Eso es una explicación muy conveniente, pero falsa. Sólo podemos reaccionar con las herramientas y características que ya poseo. Son parte de nuestras polaridades y hemos de conocer la luz y la sombra que nos habitan. Pero, eso toma valor. Mucho valor.

Nacida en Detroit, MI el 25 de mayo de 1956. Residente de Saltillo desde 1974. Maestra y traductora por necesidad. Psicoterapeuta, empresaria, poeta, actriz y administradora de Foro Amapola porque la vida es dinámica. Madre de 4, abuela de 5. En 18 años de formación como psicoterapeuta ha hecho especialidades que incluyen terapia psico-corporal y Gestalt. Idealista insistente y ser humano en constante movimiento.

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