La victoria estratégica de Irán

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Opinión
/ 10 abril 2026

Estados Unidos e Israel no han logrado ninguno de sus objetivos de guerra

Por Shlomo Ben-Ami, Project Syndicate.

TEL AVIV- Cuando se dio a conocer la noticia de que Estados Unidos había acordado un alto el fuego de dos semanas con Irán, inmediatamente me vino a la mente un intercambio descrito por el coronel estadounidense Harry Summers en 1982. “Nunca nos derrotaron en el campo de batalla”, le dijo Summers a un excoronel norvietnamita. “Sí, pero ganamos la guerra”, fue la respuesta categórica.

No nos equivoquemos: el acuerdo de alto el fuego sella la derrota estratégica de la alianza entre Estados Unidos e Israel en Irán. Esta guerra será recordada como un episodio más en el que los países poderosos caen en la trampa de la guerra asimétrica, en la que los ejércitos más poderosos fracasan invariablemente a la hora de traducir las ganancias tácticas en victorias estratégicas.

Estados Unidos e Israel -especialmente el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, que conoce la historia mejor que el presidente estadounidense, Donald Trump- deberían haberlo sabido. Los principios de la guerra, establecidos por Carl von Clausewitz en 1812, dejan claro que la destrucción de las fuerzas enemigas debería tener un impacto definitivo en su voluntad de resistir. Las guerras asimétricas desafían esta norma de la “batalla decisiva”. Y no había motivos para pensar que Irán fuera a ser una excepción.

Una civilización animada por el fervor ideológico, que ha soportado siglos de guerras de supervivencia, nunca se iba a rendir fácilmente. Un país que sacrificó unas 750.000 vidas de su pueblo, incluidos miles de niños, en su guerra de ocho años contra Irak en la década de 1980 siempre tuvo una enorme ventaja sobre enemigos que se desmoronan bajo el impacto emocional de unas pocas docenas de bolsas para cadáveres. Un régimen que en enero asesinó a decenas de miles de sus propios ciudadanos en apenas 48 horas no iba a dejarse intimidar dos meses después por amenazas contra civiles.

A pesar de que Estados Unidos e Israel han eliminado a muchos de los líderes políticos y militares de la República Islámica y han destruido gran parte de su capacidad militar, el régimen ha librado una guerra de desgaste contra la economía global. Como habría predicho cualquier planificador militar competente, Irán ha bloqueado el tránsito por el vital estrecho de Ormuz y se ha asegurado de que sus aliados hutíes estén preparados para cerrar la única alternativa, Bab al-Mandeb. Si a eso le sumamos los ataques estratégicos con drones y misiles, Irán ha logrado contrarrestar en gran medida la ventaja militar de sus enemigos.

En el proceso, Irán ha logrado reponer su presupuesto: ahora gana casi el doble por las ventas de petróleo que antes de la guerra, al tiempo que obtiene beneficios al cobrar impuestos a los barcos por el paso por el estrecho. Rusia también se ha beneficiado, gracias a la flexibilización de las sanciones estadounidenses sobre su petróleo. Mientras tanto, los ingresos de los aliados de Estados Unidos en el Golfo se han desplomado, lo que plantea dudas sobre si podrán cumplir sus promesas de invertir miles de millones de dólares en Estados Unidos y en su propia diversificación económica.

Para colmo de males, Estados Unidos e Israel no han logrado ninguno de sus objetivos de guerra. Ni siquiera la reapertura del estrecho de Ormuz puede considerarse una victoria, ya que estaba abierto antes de la guerra. Las capacidades de misiles balísticos de Irán y sus reservas de uranio enriquecido siguen siendo un problema que se abordará por la vía diplomática, tal y como se hacía antes de la guerra. Y las próximas negociaciones en Islamabad no van a dar lugar a un dictado estadounidense: los iraníes aún pueden dar una lección a los negociadores de Estados Unidos, sobre todo porque Trump está ansioso por reducir sus pérdidas y virar su atención hacia el frente interno, políticamente vital, y al escenario descuidado del este de Asia.

En cuanto al cambio de régimen, aunque ahora Irán está liderado por otras personas, estas no son más moderadas que sus predecesores. Más bien al contrario: la República Islámica se ha transformado en una auténtica dictadura militar, en la que los ayatolas proporcionan legitimidad religiosa al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, de línea dura.

Las implicaciones regionales más amplias no son más favorables para Estados Unidos e Israel. La guerra conducirá inevitablemente a un rediseño del mapa geopolítico de Oriente Medio. Los lazos entre los países que desafían más abiertamente el orden global liderado por Occidente -China, Irán, Rusia y Corea del Norte- podrían fortalecerse, y su determinación endurecerse.

Al mismo tiempo, los estados del Golfo, que han soportado el peso de los ataques de represalia de Irán, podrían empezar a considerar las bases militares estadounidenses más como un lastre que como un elemento disuasorio eficaz, y tomar medidas para diversificar sus alianzas. Podrían plantearse alinearse con una potencia regional como Turquía, que ya mantiene vínculos con el Consejo de Cooperación del Golfo, o con Pakistán, que tiene un tratado de defensa con Arabia Saudita y ha mostrado su disposición a compartir sus conocimientos nucleares con los estados islámicos.

De hecho, la probabilidad de que tenga lugar una proliferación nuclear en Oriente Medio ha aumentado, ya que los líderes de Irán y otros países han llegado a considerar las armas nucleares como la póliza de seguro definitiva. Irán también seguirá reforzando a sus aliados en Irak, el Líbano y Yemen, aprovechando el colapso de los estados -y el menor interés de Occidente por la construcción nacional- para consolidar sus zonas de influencia en la región.

En cuanto a Israel, a menos que se haga responsable a Netanyahu por llevar al país al abismo, su democracia está condenada. Con sus políticas violentas y mal concebidas, ha desgarrado a una sociedad que antes era cohesionada y ha socavado la posición de Israel en Estados Unidos hasta tal punto que el distanciamiento de los estadounidenses supone una amenaza estratégica. Su intento de utilizar a Irán para desviar la atención de la creciente brutalidad de Israel hacia los palestinos -lo cual ha sido esencial para la supervivencia política de Netanyahu- no hace más que agravar la catástrofe.

Durante la Guerra Fría, el difunto diplomático y estratega estadounidense George Kennan reconoció que la disfunción interna y la extralimitación externa provocarían el colapso de la Unión Soviética por sí sola. Así fue que ideó una estrategia de contención, centrada en impedir la expansión soviética al tiempo que se evitaba un enfrentamiento militar innecesario.

La misma estrategia podría haber funcionado contra la República Islámica, que tarde o temprano habría colapsado bajo el peso de sus contradicciones internas. En cambio, Estados Unidos e Israel iniciaron una confrontación que nunca iba a salirles bien. Y mientras que Estados Unidos podría ser capaz de absorber el impacto de otra derrota más en una guerra asimétrica, Israel no es una superpotencia, no importa lo que diga Netanyahu. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Shlomo Ben-Ami, exministro de Asuntos Exteriores de Israel, es autor de Prophets Without Honor: The 2000 Camp David Summit and the End of the Two-State Solution (Oxford University Press, 2022).

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