Las ‘guerras santas’ son las menos santas
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En una nación no puede haber más soberanía que la del Estado. De ahí vino el enfrentamiento entre las dos fuerzas, la eclesiástica y la gubernamental
En aquel tiempo yo era joven. Eso quiere decir que era rebelde. Así, cuando vi a aquel sacerdote vestido con sotana y con un jaibol en la mano a la puerta del hotel más lujoso de Saltillo le dije: “Padre: al verlo a usted siento ganas de hacerme protestante”. Recién había llegado él a la ciudad procedente de la Capital. Se decía que antes de sentir una vocación tardía fue banquero de importancia. Poco después de su llegada se las arregló para que uno de los cinco o seis riquillos que había aquí –ricos nomás había dos– le prestara una vieja casa por la calle de Victoria. Ahí el presbítero estableció un club al que llamo “Círculo de Estudiantes y Empleados de Saltillo”, con mesas de ping-pong, ajedrez y dominó; una barra donde podías tomarte una Coca y una radiola que tocaba las piezas de moda: “El jardín de los cerezos”, “Lisboa antigua”, “Doce cascabeles” y otras melodías asépticas, pero no “Amor perdido” o “Aventurera”, seguramente calificadas por él de melodías sépticas. Yo iba casi todos los días al CEES, pero no a tomarme una Coca, ni a jugar juegos de mesa o a oír la radiola. Iba a leer. En el último cuarto de la casa había una pequeña biblioteca a la que casi nadie asistía. Hallé ahí libros con temas de lo que unos nombran “la guerra cristera” y otros “la cristiada”. Novelas como “Entre las patas de los caballos” y “Héctor”. Al leerlas sentí ganas de salir a la calle gritando “¡Viva Cristo Rey!” o cantando a todo pulmón: “¡Mexicanos, volad presurosos del pendón de la Virgen en pos. En la lucha saldréis victoriosos defendiendo a la Patria y a Dios!”. Por fortuna, leí también –en otra biblioteca, claro– el libro “Cadete”, biografía de un joven que recién salido del Colegio Militar fue enviado a combatir a los cristeros en el Bajío y los Altos de Jalisco. Pude conocer entonces dos caras de aquel cruento conflicto en el cual se cometieron terribles atrocidades por ambas partes, pues se enfrentaron en él dos fanatismos: el de la Iglesia y el del Estado. Ya se sabe que las llamadas “guerras santas” son las menos santas de todas las guerras. No hay combatientes más sanguinarios y crueles que los que matan en nombre de Dios. La guerra de los cristeros –la cristiada– dio a la Iglesia una abundante cosecha de mártires, más de una veintena, aunque yo tengo para mí que los mártires no prueban nada, aparte de que murieron por sus creencias. Todas las religiones, y aun los credos políticos, tienen los suyos. Al final del conflicto la Iglesia dejó en la estacada a los creyentes. Pactó con el Gobierno unos “arreglos” que no arreglaron nada, tras de los cuales murieron más cristeros que los que habían muerto durante la guerra. En aquellos años –se cumplen 100 en éste– la Iglesia era un Estado dentro del Estado. Su poder sobre las conciencias era omnímodo, y se reflejaba en el ámbito de lo temporal. En una nación no puede haber más soberanía que la del Estado. De ahí vino el enfrentamiento entre las dos fuerzas, la eclesiástica y la gubernamental. La Iglesia azuzó a sus fieles cerrando los templos a modo de protesta contra las medidas dictadas por el régimen callista, y eso dio origen a levantamientos armados que el Gobierno reprimió con igual violencia que la usada por los rebeldes. En el centenario de esos sucesos sanguinosos, pensemos que el fanatismo de cualquier signo y la intolerancia que de él deriva son uno de los mayores males que puede sufrir cualquier país. Toda teocracia es una desgracia. Dios en el Cielo con su divinidad, y el hombre en la Tierra con su humanidad. Un lugar para cada cosa, y cada cosa en su lugar... FIN.