Los humanos no tienen la realidad alterada, sino la realidad algorítmica
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Los algoritmos no son herramientas neutrales, sino ‘actores’ sociotécnicos que influyen en la construcción de la realidad social al determinar qué contenidos se vuelven visibles, relevantes o invisibles para los usuarios
La realidad física cambia vertiginosamente con la cultura digital; de hecho, hemos naturalizado en menos de 20 años (ni una generación humana) el uso regular y normalizado de las tecnologías y su incidencia en nuestra toma de decisiones e influencias de opinión. Es importante recordar que han pasado sólo dos décadas del uso doméstico y personal del Internet, frente a la experiencia social que los adultos han desarrollado a lo largo de su vida. En esta vorágine de cambios se encuentran las experiencias que asumen los usuarios digitales como certeras –o que no parecieran tener un ápice de duda–, como la definición de la “realidad alterada”. Actualmente, un término sumamente popular, pero como toda frase, tiene otros orígenes y matices a lo largo de la historia de las nuevas tecnologías y plataformas.
El término realidad –asociado con el Internet– se remonta a los experimentos de visualización computacional de las décadas de 1960 y 1970. En 1992, Tom Caudell y David Mizell enunciaron la noción augmented reality (realidad aumentada) cuando trabajaban para Boeing en el desarrollo de sistemas de apoyo para procesos de ensamblaje industrial. La realidad aumentada (RA) es una tecnología que integra elementos digitales –como imágenes, textos, sonidos, modelos tridimensionales o animaciones– en el entorno físico en tiempo real, permitiendo que las personas interactúen simultáneamente con objetos reales y virtuales.
Según Azuma (1997), la realidad aumentada se caracteriza por tres elementos fundamentales: combina información virtual con el mundo real, permite la interacción en tiempo real y registra los objetos virtuales en tres dimensiones dentro del espacio físico. Entre sus principales características destaca su aplicación en ámbitos como la educación, la medicina, la comunicación, el entretenimiento (videojuegos especialmente) y la industria.
Posterior a ello es que nace el término realidad alterada (altered reality), que no surge de los usuarios en concreto; sólo lo han reproducido y popularizado. La realidad alterada se refiere a la modificación, transformación o reinterpretación de la percepción del entorno mediante tecnologías digitales que intervienen sobre la experiencia de lo real.
A diferencia de la realidad aumentada, que añade información digital al mundo físico, la realidad alterada puede modificar, ocultar, sustituir o reinterpretar elementos de la realidad percibida. El concepto comenzó a desarrollarse en el ámbito de la interacción humano-computadora y los estudios de medios digitales durante la primera década del siglo 21, siendo explorado por investigadores como Steve Mann (2012), quien lo utilizó para describir sistemas capaces de mediar y transformar la percepción humana a través de dispositivos tecnológicos.
La realidad alterada, entonces, engloba diversas tecnologías, entre ellas la realidad aumentada, la realidad virtual y la realidad mixta, así como sistemas basados en inteligencia artificial que modifican imágenes, sonidos o entornos en tiempo real. Es más complejo de lo que parece, aunque este concepto resulta especialmente relevante para comprender fenómenos contemporáneos como los filtros de redes sociales, los entornos inmersivos, los deepfakes y las experiencias digitales generadas por inteligencia artificial (IA).
Lo interesante es que, frente a las IA que van surgiendo y mejorando, emerge una nueva noción que es la realidad algorítmica. Esta se refiere al conjunto de percepciones, interpretaciones y experiencias del mundo que son configuradas por sistemas algorítmicos capaces de seleccionar, ordenar, filtrar y jerarquizar la información a la que acceden los usuarios en entornos digitales. Aunque no existe un único autor fundador del concepto, su desarrollo se vincula a los estudios críticos sobre plataformas digitales, algoritmos y cultura de datos.
Desde esta perspectiva, los usuarios deben anticipar que, con la interacción con IA y plataformas que la usan (actualmente las redes sociales, aplicaciones móviles y sitios en Internet), se encuentran ya dentro de una cultura algorítmica, y los algoritmos no son herramientas neutrales, sino “actores” sociotécnicos que influyen en la construcción de la realidad social al determinar qué contenidos se vuelven visibles, relevantes o invisibles para los usuarios, así como aquellos que se muestran como verdaderos.
Entre las principales características de la realidad algorítmica se encuentran la personalización de contenidos (que genera el sesgo de confirmación), la automatización de decisiones, la opacidad de los procesos de selección, la producción de burbujas informativas, la segmentación de audiencias y la capacidad de moldear opiniones, comportamientos y formas de interacción social, por mencionar algunas. Esto significa que ya vivimos una realidad no sólo alterada, sino algorítmica, en donde se configuran nuestras experiencias cotidianas, mediadores de la información y la cultura digital que consumimos y reproducimos.
Lo preocupante no es únicamente que la tecnología altere nuestra percepción, sino que los algoritmos participen activamente en la selección de aquello que consideramos verdadero. Si los algoritmos deciden qué vemos, qué ignoramos y qué creemos relevante, ¿hasta qué punto nuestras opiniones están influenciadas por una tecnología? Dudar sigue siendo la capacidad humana necesaria para no asumir alteraciones.
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