Mague Mezquite
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Los saltillenses guardamos alborozados recuerdos de las muchas y muy buenas orquestas y grupos musicales que en Saltillo ha habido. Orquestas como la del maestro pateño Jonás Yeverino Cárdenas (1907-1957), del maestro José Tapia R., —entre sus músicos se contaba al compositor clásico Fernando Dávila Guzmán—; la orquesta de la familia Cuevas, y desde luego la del añorado Lorenzo Hernández (1917-1997), educaron sentimentalmente a varias generaciones. Quien no haya bailado al son de alguna de ellas en el Patio Español de la Sociedad Manuel Acuña, en el Casino de Saltillo, en la Sociedad Mutualista “Francisco Zarco”, en la terraza del Ateneo Fuente, o en los jardines centrales del Tec Saltillo, perdóneme pero no es de Saltillo.
En 1970 una agrupación saltillense dio el gran salto al grabar un LP para una compañía internacional, la Capitol Pops. Se trataba de La comparsa internacional de Saltillo, fundada y dirigida por José Cruz Grajeda de la Cerda (1949-1999). Hijo del músico José Grajeda Hubber, Pepe Grajeda supo abrevar en la sólida tradición musical saltillense a la vez que avizorar la modernidad en puerta. Al incorporar equipo electrónico a la Comparsa, y después al Grupo Mezquite Pepe se postulaba como puente entre generaciones. Y si con la Comparsa grabó un álbum espléndido, llevando como voz principal a Adolfo Dávila, con Mezquite alcanzó reconocimiento nacional. ¿Cuál fue la diferencia? La Comparsa era más orquestal que grupal, con un repertorio en consecuencia; sus integrantes eran todos varones, y los seguía una especie de sombra de la Comparsa Universitaria de La Laguna, que, al decir de Raúl Velasco, “...vendió 50 mil discos en un día en Nueva York”. Por su parte Mezquite se abría a ritmos modernos y, el toque magistral, contaba con una voz femenina. La primera en Saltillo: Graciela Margarita Gutiérrez.
Nacida en Matamoros, Tamaulipas, Margarita llegó a Saltillo a estudiar Psicología en la UANE, y Jurisprudencia en la Autónoma de Coahuila. ¿Música? No, Margarita no estudió música formalmente. Era cantante de talento natural. Contaba que de niña en su natal Matamoros, Tamaulipas, sus papás le habilitaron un columpio artesanal valiéndose de una rama de árbol. A este columpio salía Margarita a sentarse a cantar. ¿Qué cantaba? Pues las canciones que se escuchaban en Matamoros, es decir, canciones estadounidenses del rock de los años 60 y 70 que escuchaba en la texana KBOR-1600 AM de Brownsville. De ahí su perfecta pronunciación del inglés. Cierto día el columpio se rompió y Margarita no salió más a cantar. Su papá, saxofonista de Glenn Miller, siempre de gira carecía del tiempo para la reparación, por lo que un vecino se ofreció a arreglar el columpio para que la niña saliera a cantar.
La voz de Margarita Gutiérrez quedó grabada en los nueve álbumes LP y los cinco EP de Mezquite con arreglos de Pepe Grajeda, que van de 1979 a 1987, para los sellos EMI Capitol y Ariola. Son especialmente populares Cumbia disco, y Disco cumbia española ambos de 1979. Escuchándolos uno se da cuenta, sin remedio, de la pasión, profunda y luminosa de Margarita por cantar. Había amor por hacer música, más que pronunciar las letras de las canciones, paladeaba las sílabas, gozaba el discurrir de las notas. Con su timbre mezzosoprano creaba su propia versión de las canciones, sin importar que fuesen rancheras, boleros, o baladas en inglés. Quienes la escuchamos en vivo fuimos testigos de su entrega sin medida a la música. Presencié (disculpen la primera persona) su capacidad para improvisar. Cenábamos cierto día en un restaurante saltillense, cuando el vocalista del grupo que amenizaba la descubrió entre los comensales. Sin acuerdo previo la invitó a echarse un palomazo. Margarita dejó a la mitad su platillo, se levantó desenvuelta y risueña, y tomando el micrófono preguntó cuál les gustaría que cantara. Entre aplausos el público sugirió Venus, del Shocking Blue. Y sin ensayo previo, sin entonación, sólo armada por su alegría natural y su seguridad a toda prueba, cantó esa y dos más al hilo.
El 12 de marzo pasado una enfermedad imperdonable la minó. Hablé con ella un par de meses antes, le pregunté cómo se sentía y dijo: “Ya he vivido mucho, me puedo ir en cualquier momento.”
Margarita querida, donde estés, estás honrando a la música. Dios y santa Cecilia te guarden mientras haya música en este mundo terrenal.